La caída del dragón, de Peter F. Hamilton

La caída del dragón

La caída del dragón

La caída del dragón es un libro que me ha producido emociones encontradas.

Peter F. Hamilton, autor hasta ahora inédito en España, narra en él la historia de Lawrence Newton, miembro de una corporación interestelar que se dedica a colonizar nuevos mundos y los saquea de vez en cuando en busca de beneficios que justifiquen su inversión, en actos que podríamos considerar de piratería o un retorno al colonialismo imperialista del siglo diecinueve. Con tal de cumplir esta misión, Lawrence y los otros incursores disponen de una tecnología muy superior a la del planeta en cuestión, que les da la supremacía militar y el control de la situación. No obstante, aunque su misión como miembro de la compañía es ésa, Lawrence tiene una misión personal: encontrar un artefacto de origen alienígena cuya existencia sospecha desde hace años y cumplir, gracias a ello, su viejo sueño de convertirse en piloto espacial.

Decía que el libro me producía emociones encontradas porque Hamilton combina dos tramas paralelas. Por un lado están las aventuras de Lawrence en el planeta, en un ambiente bélico, desarrolladas de forma épica y con unas magnificas escenas de acción. Poco a poco se van dando las claves de que el modelo de control colonial se está quedando caduco al producirse un enfrentamiento cada vez más violento entre las fuerzas de ocupación y un foco de resistencia autóctono. Y por otro lado tenemos los recuerdos de Lawrence, su pasado, del que se nos van dando pinceladas de información, con una precisión prácticamente costumbrista. De esta forma se accede a la historia del protagonista, a la forja de su personalidad, sus sueños, deseos y miedos. Somos testigos de sus emociones o sus decepciones y se obtienen las piezas que encajan presente, pasado y futuro.

A lo largo de la historia ambientada en el presente se realizan continuas alusiones a eventos pasados que sólo se conocen cuando llega el momento en la vida de Lawrence en el que se producen, mientras que simultáneamente somos partícipes de sus anhelos de juventud y sus proyectos. Proyectos que sabemos que se malograrán porque su futuro, en cierto modo, ya es pasado para nosotros: Lawrence no será piloto, sino saqueador, y en algún momento de su vida tendrá que producirse la aceptación de este hecho.

Este entramado produce un curioso efecto: nos hallamos ante una narración ágil, con escenas de acción hábilmente dosificadas en el que la trama principal avanza muy lentamente. Tratándose de un libro tan voluminoso, 576 páginas, con un tamaño de letra bastante reducido, hay momentos en los que, para la cantidad de paginas leídas, parece que no están pasando muchas cosas y que la narración principal está estancada, cuando en realidad estamos absorbiendo todo un trasfondo del pasado de Lawrence vital para la plena comprensión de La caída del dragón. El resultado global es una obra en apariencia simple, que se lee de forma ágil, y de la que se va tomando información pausadamente, ordenándola en un puzzle mucho más complejo de lo que podría parecer y en el que cada pieza de información tiene su razón de ser. Comentarios aparentemente banales que parecen de relleno, se revelan luego como la excusa para encadenar un acontecimiento posterior que nos obliga a reformularnos la historia global.

Me ha gustado especialmente la forma en que Hamilton integra la tecnología en la trama; los diversos usos que le va dando, haciendo que parezca algo habitual en la vida de los personajes y creando la sensación de costumbrismo que comentaba anteriormente. Esta sensación de naturalidad ante la tecnología, combinada con el magnífico tratamiento del personaje del Lawrence juvenil, cuyas reacciones no difieren demasiado de las de un joven de nuestro mundo actual en circunstancias similares –la niñez, la adolescencia, la transición al estado adulto, la elección de una trayectoria laboral, el amor, la amistad, el colegio–, dan lugar a un conjunto muy poco habitual en la ciencia ficción.

Como curiosidad, el libro depara continuas reminiscencias a Tropas del espacio, de Robert A. Heinlein. De hecho tratan temas similares aunque difieren en su enfoque. En ambas el protagonista es un joven “típico” que representa los valores de la sociedad de su época y unos firmes principios. En la novela de Heinlein, la conquista es vista como algo necesario e incuestionable, una mera cuestión de supervivencia, y de demostración de la superioridad racial. Dentro de esta premisa, Jonhy Rico es el patriota por excelencia. De sus enemigos no sabemos prácticamente nada, salvo una mínima descripción física que no hace más que aumentar el distanciamiento. No son humanos. Son cosas.

En la obra de Hamilton, en cambio, el enemigo tiene una cara y un rostro, y aunque el bando invasor tiene unas motivaciones aparentemente válidas, acordes con la legalidad, éstas son cuestionadas junto con el modelo social que las rodea. El enemigo no es una masa informe sino que está formada por hombres, mujeres y niños cuyo sufrimiento es patente para los atacantes. Del mismo modo, Lawrence no representa los valores de la compañía. Es sólo un empleado, y aunque su principal motivación es enriquecerse es un individuo con capacidad crítica para discernir lo correcto y lo incorrecto por encima de la legalidad en la que se sustenta. Su personalidad se define también en base a unos principios caducos y anacrónicos para la sociedad en la que vive, una sociedad que ha perdido un poco la ilusión por lo desconocido y que se haya inmersa en una rutina inercial en la que los cambios no son concebibles ni deseados. Hay una reflexión que surge de la mayoría de los personajes, independientemente del bando en el que militan; un cuestionamiento sobre si lo que se está haciendo es lo que debe hacerse. Aparecen miedos, dudas, equivocaciones y espacio para el arrepentimiento. En definitiva, su humanidad es patente, aunque ésta se halle un tanto difuminada en los más fanatizados, cosa que me parece totalmente lógica y realista.

También existen algunas similitudes y divergencias en el plano tecnológico. Mientras que los soldados de Heinlein usaban un traje blindado, un exoesqueleto mecanizado que los llevaba a saltos de un lado a otro mientras empleaban armamento táctico, los de Hamilton utilizan un exoesqueleto orgánico que se relaciona simbióticamente con su ocupante, un concepto que me pareció sencillamente maravilloso. Las posibilidades de estos trajes, llamados Cueros, aunque espectaculares, resultan de lo más verosímiles y las ventajas y desventajas de su uso resultan hábilmente contrapesadas.

No sé si forma parte de la intención del autor, pero La caída del dragón también me trae a la mente algunos acontecimientos de la política internacional de los últimos años. Me resulta demasiado familiar toda la subtrama de ejércitos invasores, de intenciones supuestamente benévolas, que se encuentran con una oposición basada en la guerra de guerrillas y en el que se opone la superioridad armamentística a las tácticas terroristas. Conflictos en los que la legitimidad de un bando y otro es más que cuestionable y los inocentes son los primeros en ser dañados.

Resumiendo, nos hallamos ante una narración ambiciosa que presenta una ambientación coherente y meditada, y una trama de acción bastante absorbente, combinada con un magnífico tratamiento de los personajes en la que hay espacio para la acción, la reflexión y la sorpresa. No he mencionado nada sobre el dragón caído, el artefacto alienígena sobre el que pivota la trama. Sus misterios es mejor dejar que los desvele el propio autor. Sólo comentar que el detallismo y el nivel de profundidad de Hamilton a la hora de tratar el tema son similares a los que exhibe durante el resto de la obra, y su final está a la altura de todo lo demás.

¿Colma Hamilton sus ambiciosos objetivos? Creo que puedo afirmarlo sin duda alguna. Espero con ganas que publiquen alguna de sus otras obras, dado que por lo que he oído La caída del dragón es su libro más flojo. Y si éste es el flojo no quiero atreverme a pensar cómo serán los que se consideran buenos…

2 pensamientos en “La caída del dragón, de Peter F. Hamilton

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