Fin de raza, de varios autores

Fin de razaEl auge de las antologías (temáticas, generacionales, casuales) me despierta sentimientos ambiguos. Tanto aprecio la oportunidad de descubrir escritores o nuevos enfoques sobre temas generalmente no tan nuevos, como azuzan mi suspicacia sobre la búsqueda de un editor por ampliar su público potencial; ese agrupar entre sus cubiertas hasta (sí, amigos) dos decenas de autores, relajando el proceso de selección para multiplicar el número de presentaciones/lectores blanco de un libro que, generalmente, termina criando polvo en una estantería, más tenido que leído. En este sentido, me sorprende lo poco que se trabaja el formato desde una función editorial incapaz de alejarse de los caminos más transitados.

Fin de raza apuesta por dar ese lavado de cara al proporcionar una serie de valores añadidos a la antología tipo. Apuesta por una edición limitada con un volumen físico muy trabajado en el que destacan las ilustraciones con las cuales un artista, LAPRISAMATA, interpreta cada una de las historias; láminas a toda página impresas, como el resto del libro, en papel satinado donde se resume el alma de una decena de textos. Además la maquetación personalizada para cada historia aporta una puesta en página variada, con diseños que van de lo pertinente a lo gratuito, en un trabajo redondeado por una lámina exclusiva de LAPRISAMATA (firmada y numerada). Y reparte de forma más ecuánime los ingresos de su venta, a partes iguales entre editor, autores e ilustrador. A lo que habría que añadir listas de reproducción en Spotify pensadas por los autores de cada uno de los relatos. Pocos vienen a leer un libro por complementos así, pero el esfuerzo por darle este giro al formato tradicional ya me parece estimable.

Sobre el contenido, las narraciones recogidas en Fin de raza exploran, en su brevedad (la más extensa no debe pasar de las 3000 palabras), las regiones entre lo apocalíptico y lo distópico. Temáticas archimanidas en la ciencia ficción de esta década que destilan las pulsiones autodestructivas de nuestro presente, aquí representadas mediante una diversidad de sensibilidades. Así, del territorio de lo traumático, se pueden encontrar relatos enormemente poéticos como «Instrucciones para buzos del mar profundo», de Manuela Buriel. Una pareja de enamorados sobrevive al fin del mundo en un barco a la deriva, salvados por un amor sustanciado en el clímax del relato con una maquetación que rompe el formato cuando se afirma cómo han conseguido superar la destrucción. Un texto hermoso que se entiende tenga uno de los lugares de privilegio del libro. Mientras, en «Pájaros a la deriva entre constelaciones» Tere Sumozas recuerda el discurso estético de Plop, la obra maestra de Rafael Pinedo, con una serie de sucesos dramáticos alrededor de la aparición de una hoja en un paisaje yermo, transgrediendo algunos tabús habituales.

LAPRISAMATAEn ese terreno evocador Matías Candeira sitúa «Punto cero». Un nuevo fin del mundo donde la imprescindible conexión entre las personas en un entorno en descomposición se establece a través de la radio, con los supevivientes encerrados en sus casas y conectándose a estos aparatos para encontrar la válvula de escape de una angustia que, como es inevitable, se multiplica cuando lo incierto toma cuerpo a través del sonido y el mensaje recibido en los receptores. En esta ocasión con una maquetación con una caja más estrecha y, me temo, gratuita.

Esteban Feune de Colombi profundiza (y se revuelca) en la poética de lo apocalíptico en «Vladivostok». Mediante breves secuencias de dos o tres oraciones sublima el espíritu de esta ciudad rusa como fin del mundo con fugaces descripciones de cómo la enfermedad, lo miasmático, lo corrupto, se extiende en su interior devorando sus calles y a sus habitantes. Con este relato, el tercero del volumen, también he comenzado a tener una sensación que ha ido y venido a lo largo del resto de Fin de raza: cómo el no-cuento llega a dominar sobre narraciones más convencionales. La presencia de textos alejados de planteamientos tradicionales, sustentados en imágenes más o menos conseguidas, vigorosos desde la expresividad retórica pero un tanto romos desde facetas más narrativas. Especialmente por acudir a ciertos lugares comunes y sostenerse sobre ideas de escaso recorrido, en ocasiones ramplonas, provenientes de una macedonia de lata al que unas palabras esmeradas no siempre aciertan a dar el brillo debido.

De esta sensación me rescata «Rodillas», de Carlos Pitillas, y «Veinticuatrosiete» donde, entre la vigilia y el sueño, Antonio Rómar cuenta la pesadilla de un personaje que parece haber despertado tras dormirse en una sociedad que ha sacrificado el sueño en pro de la eficiciencia y la productividad. El hecho de acudir a imágenes turbadoras no significa quedarse exclusivamente en ellas, en otro texto donde la retórica se impone a cualquier otra cuestión. Mientras, el miedo al cambio de lo viejo y la perenne tentación de lo nuevo por terminar con todo se deslizan soterrados en «Algún tipo de utilidad», de John Tones. El cuento más pulp de todo Fin de raza protagonizado por unos mutantes cuyo potencial, diferenciado en generaciones, se despliega in crescendo hasta su clímax final.

Maquetación

En estos textos veo un poco lo que comentaba sobre la maquetación a raíz de «Punto cero». El juego con las sangrías, las tipografías, la fuente se antojan caprichosos y, en algún caso, me ha dificultado innecesariamente la lectura, caso de una página de «Algún tipo de utilidad», ocupando toda su extensión. Esta arbitrariedad, sin embargo, desaparece en otros cuentos como «Futuro imperfecto, pasado simple», de Sergi Puertas, cuyas dos primeras páginas a tres columnas recogen una semblanza de la vida en en año 2112 para, al dar la vuelta a la siguiente página, revelar un juego metaliterario inesperado con una maquetación de nuevo ajustada al contenido. Algo que también puedo decir de los tres poemas en prosa de Manuel Vilas recogidos al final, donde encierra el alma capitalista, contradictoria e insustancial contemporánea.

He dejado para el final el prólogo. Fernando Ángel Moreno vincula las ficciones de Fin de raza a la promesa de la felicidad en el sentido formulado por Sara Ahmed en su libro homónimo, y las frustraciones que acarrea. La manera en que esto da pie a la necesidad de leer textos distópicos y apocalípticos no solo explica la pertinencia de sus ideas sino que muestra por qué Moreno sigue siendo el divulgador teórico más importante de la ciencia ficción en España, creando sentido y nuevos enfoques a cada oportunidad que se le presenta de comunicar su sentido de lo prospectivo.

Fin de raza (2019)
Libro en tapa dura, 118 páginas.
Página web

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