Pequeños héroes, de Norman Spinrad

Pequeños HéroesLlegué a Pequeños héroes a través de la serie de artículos sobre las colecciones de ciencia ficción en España escritos por Julián Díez para la revista Gigamesh. Después de haber perdido la conexión con los libros de Acervo tras su deriva hacia las plomizas series de Stephen Donaldson (Thomas Covenant) y Ann McCaffrey (Pern), y los abismos pajeros de Terry Brooks (Shannara), no tenía ni idea de su existencia. Desde luego como penúltimo número de la colección, rodeado de los bestsellers que, en muchos casos, estaban muy por debajo de los primeros libros de la Dragonlance, ya es de por sí una rareza. Su escritura lo hermana no solo con el resto de la producción de Spinrad; también lo conecta con una corriente, el cyberpunk, de la cual el autor de Los jinetes de la antorcha e Incordie a Jack Barron fue inspirador, fan y estudioso.

El principal gancho de Pequeños héroes emerge de su personalidad ochentera. Estética y conceptualmente remite a aquella década o, más bien, a lo que podrían haber sido los 90 si la MTV se hubiera convertido en la estructura dominante del panorama musical, no se hubiera desarrollado la World Wide Web, el uso de sustancias estupefacientes se hubiera extendido a toda la sociedad, los grupos de phreakers y hackers hubieran tenido la oportunidad de golpear el sistema más allá de pequeños aguijonazos y la crisis económica que estaba por venir se hubiera convertido en la tormenta perfecta. Esta conjunción sirve de molde para un escenario distópico de esos en los cuales el mundo tiene cuerda para rato pero no apetece experimentar. Ni por aproximación.

Spinrad articula una obra coral protagonizada por media docena de personajes, categorizados en tres grupos. En Los Ángeles, Glorianna O’Toole, Sally Genaro y Bobby Rubin son los profesionales contratados por Muzik, Inc. para lograr el primer hit de una Persona Artificial, un reto que va de fracaso en fracaso y sin visos de cambiar la trayectoria. Cada uno ejerce su rol desde una faceta complementaria: Genaro pone al servicio de la empresa su bagaje con la parte técnica del sonido y su dominio de todo tipo de sintetizadores; Rubin es su espejo desde el apartado visual, capaz de cocinar con sus equipos atractivas recreaciones visuales; y O’Toole, vieja gloria del rock de los 60 y 70, aporta una base creativa que las máquinas no han conseguido emular. Los tres llevarán a este híbrido de artista/videoclip/himno a un nivel apenas soñado por los ejecutas de la megacorporación. En dos ocasiones.

El resto del reparto reside en la costa Este, en una Nueva York que, lejos de gentrificarse, se ha escindido en dos ciudades distintas con un feedback mínimo entre ellas. Paco Mónaco es el hombre del lumpen, el consumidor del material de Muzik Inc., portavoz de una masa que ha perdido su trabajo, sobrevive gracias a los pequeños subsidios de un estado marginal y apaños de diversa índole. Obtiene su soma de aparatos de realidad virtual donde se ve junto a sus ídolos al precio de terminar con el cerebro frito. En su camino se cruza Karen Gold, representante de ese precariado atenazado por unas condiciones de vida primas hermanas de los mileuristas que todavía se agarran a sus habitaciones alquiladas en las áreas urbanas de Madrid y Barcelona. El abismo de caer a un infierno peor se materializa cuando pierde su trabajo, un estatus del que medio escapa cuando entra en escena el Frente de Liberación de la Realidad; un movimiento contracultural con la mira puesta en derribar el sistema y que apenas lo parasita con pequeños programas informáticos que venden por unas decenas de dólares a quienes desean ver gratis la televisión por cable.

Little HeroesEsta mezcla de perspectivas y vivencias bebe de la MTV de colores chillones, brillos y polipiel, de la música creada en la mesa de producción a lo Stock, Aitken & Waterman, las discotecas regadas en derivados de la coca y las anfetaminas, y el mundillo subterráneo descrito por Bruce Sterling en La caza de hackers. Proyectado en su totalidad hacia ese futuro cercano en proceso de cambio donde no han surgido nuevas oportunidades a la voladura del mercado laboral tras la automatización y los sueños utópicos perecieron aplastados bajo la suela del fin de la historia.

Los aspectos más conseguidos obedecen a temas centrales en las dos mejores novelas del Spinrad de los 70, con permiso de El sueño de hierro. Con Los jinetes de la antorcha Pequeños héroes comparte una aproximación exhaustiva al hecho creativo, al que se dedican amplios fragmentos en los cuales, en el estudio de grabación, el terceto de Los Ángeles se entrega a componer sus canciones desde emociones eminentemente reactivas. Glorianna O’Toole, por ejemplo, se nutre de su deseo de poner de manifiesto la relevancia de la buena música de la que ella formó parte en los 60 y los 70 y que ha sucumbido a las nuevas formas de producción. Mientras la frustración de Genaro y Rubin, derivada sobre todo de una visión adolescente del amor plasmada a partir de los patrones del Cosmopolitan (ella) y el FHM (él), realimenta sendas neurosis; la primera al no ver satisfecho su enamoramiento por el segundo y éste por querer acostarse con cualquiera de las estrellas del momento. Mientras, con Incordie a Jack Barron comparte la visión descarnada del mundo corporativo y cinismo a priori extremo de sus profesionales, destinado a derrumbarse bajo la presión o una humanidad que siempre termina tomando cuerpo.

En la construcción estética de este lugar narrativo, sus habitantes, los temas tratados, creo percibir un aire satírico no compartido por muchos lectores. Basta revisar su ficha en La tercera fundación o el incisivo comentario de Sergio Mars para ver cómo contemplan estas cuestiones o el machismo rayano en lo exagerado en ciertos comportamientos y diálogos. Con una supuesta visión paradisiaca de las décadas precedentes, el flanco más controvertido de la novela que puede dejar a Spinrad como un carca reaccionario. Sin embargo, yo me siento más positivo. Me funciona el tono ácido del cuál la visión del pasado no queda exenta (básicamente, la única manera en que O’Toole puede engrasar la maquinaria de sus técnicos es motivarles con un buen psicoactivo. Así se componían los grandes himnos en su época). Un sarcasmo casi omnipresente, supongo demasiado pasado de vueltas para muchos paladares, pero también con mordiente en esa voluntad de romper con el adocenamiento estilístico tradicional en la ciencia ficción, capaz de crear imágenes como la siguiente

Era roja anarquía madura, desde luego, una ameba humana chisporroteando en una sartén. Golpeando el suelo con los pies, agitando los puños, retorciendo sus cuerpos y con las venas del cuello hinchadas, los asiduos del Slimy Mary’s llamaban a gritos a su Reina Cibernética.

al describir el clímax de un concierto.

Norman Spinrad

Lo que no me funciona ya tan bien, y hiere de gravedad mi percepción de Pequeños héroes, es su desmesurada extensión. Una vez se han presentado todos los actores, sobrepasadas sus primeras 200 páginas, el argumento itera y reitera una secuencia (la composición de la música; la presión de la empresa sobre los creadores; el ascenso de Paco Mónaco y su sinergia con el Frente de Liberación de la Realidad), con pequeñas, mínimas aportaciones en cada paso, pero también con un cansancio creciente, abundantes escenas alargadas y un curso errático del cual el clímax no consigue escapar.

Y mientras mi entusiasmo inicial mengua (sin llegar a despeñarse, pero con señales claras de gatillazo), no me queda otra que lamentarme. Spinrad pone en Pequeños héroes buenos mimbres para componer su desencanto con los residuos de los sueños contraculturales de los 60, un poco como Martin hiciera unos años antes en The Armageddon Rag, pero deja que se echen a perder por la falta de control. Esta historia demandaba de la locura del Rudy Rucker de Software, de su pegada y de su concisión. Sin embargo, se deja arrastrar por una paginitis mortal; el mal que pudrió la ciencia ficción a finales de los 70 y el antivirus de la inmensa mayoría de las sátiras.

¿Tiene sentido leer hoy un texto imperfecto y desmesurado como Pequeños héroes? Supongo que el mismo que escribir esta reseña, que ya sobrepasa las 1300 palabras, dedicada a un libro que ya casi nadie conoce, dista de ser uno de los buenos buenos de su autor y nadie va a reeditar jamás. Pero también, con sus fallas, muestra uno de los muchos caminos que una vez siguió el cyberpunk y ha sido obliterado por un estereotipo incapaz de hacer justicia a una corriente de una riqueza no siempre sencilla de acotar.

Pequeños héroes, de Norman Spinrad (Acervo, Acervo Ciencia Ficción nº95, 1991)
Little Heroes (1987)
Trad. E. Cortés / J. Fernández
636 pp. Tapa dura.
Ficha en La tercera fundación

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