Fracasando por placer (IV): Minotauro 7, agosto de 1984

Minotauro 7

Algo que puede resultar curioso desde la perspectiva actual es que cuando llegué al fandom nos mirábamos siempre en el espejo de Argentina. Nueva Dimensión había cerrado unos pocos años atrás, y los ochenta fueron aquí un páramo: había algunos fanzines más o menos erráticos, salían autores españoles de pascuas a ramos en Ultramar… Pero eso era todo. Se hablaba siempre del pasado glorioso mientras se escuchaba el runrún de que en Argentina las cosas iban mejor, había varias publicaciones activas y escritores gigantes que aprobaban o practicaban ocasionalmente el género como Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.

A ello contribuía también, como luego supimos cuando la comunicación se hizo más sencilla, que al conocido hábito autodespectivo español se contraponía la fanfarria argentina, esa que impulsa a cualquier ganador del Certamen Tributo a Peter Capusotto de Salta presentarse a sí mismo como un elegido a la diestra de Julio Cortázar. Esa costumbre se ha terminado por filtrar y ahora son los subcampeones (más que campeones) del Juego Floral Homenaje a Agustín «Tato» Abadía de Logroño los que inflan de farfollas sus historiales, porque internet parece termina por sacar lo malo en algún grupo humano: es la maldición de Bradbury; las tecnologías no son malvadas, sino estúpidas algunas de las personas que las usan.

La única forma de acceder a las revistas argentinas resultó ser entonces una tienda de cerámica de Barcelona, a la que me encaminé de tardoadolescente. Más que los antiguos Nebulae, los Acervo descatalogados u otras maravillas arcanas, lo que me llevó por primera vez a Gigamesh creo que fue la posibilidad de conseguir revistas argentinas. No recuerdo haberle preguntado a Alejo Cuervo cómo las conseguía, supongo que en intercambios por material español con Luis Pestarini o algún otro corresponsal de allí.

Y sí, eran buenas. Eran muy buenas. Ya irán saliendo por aquí: El Péndulo, Cuásar, Pársec, las dos etapas de Minotauro, sobre todo. Las traducciones eran sólidas, los relatos bien escogidos, los ensayos de gente como Pablo Capanna o Elvio Gandolfo muy por encima del material español de la época, de las ilustraciones de gente como Chichoni para qué hablar… Sólo bajaba el nivel algún relato local, sobre todo si caía en plan «presencia de prestigio» el ganador del Premio Jorge Cafrune de Ultracorto de Comodoro Rivadavia de turno.

Tampoco recuerdo haber hablado jamás con Paco Porrúa de qué relación mantuvo con esta etapa de la revista Minotauro. Cuando se publicó él ya residía en España, pese a lo cual había una edición de los clásicos de Minotauro paralela a esta revista, con tapas específicas y distribución exclusivamente local. Algunos libros (los de autores argentinos y, extrañamente, el premio Nebula de Samuel R. Delany La intersección de Einstein) nunca llegaron a venderse en España salvo en Gigamesh, y de hecho Alejo recuperó uno de ellos, Kalpa Imperial, en una colección de prestigio que lanzó sin mayor éxito Martínez Roca, Alcor.

Marcial SoutoAl frente de esta Minotauro estaba otro personaje importante del que se habla poco, Marcial Souto. El más uruguayo de los uruguayos que jamás conocí (aunque nacido en Galicia, como Porrúa), de hablar indefectiblemente pausado y serena sonrisa contagiosa, Souto está detrás de incontables iniciativas en el género a uno y otro lado del charco siempre de manera eficaz, siempre sin llamar la atención, y siempre a un ritmo cadencioso. Seguramente es el hispanoparlante que ha ido a más Worldcons junto a un señor español de nombre indio, muy misterioso, del que apenas he encontrado referencias (esta historia es cierta) pero que parece que estuvo varias décadas acudiendo a todas. Souto también tradujo mucho, publicó algunos relatos y ensayos. Es de esas personas de más de setenta años que parece que se quedó para siempre en los poco más de cincuenta, supongo que gracias precisamente a lo poco que se le ve arrugar el rostro para mal.

Nunca tuve la indiscreción de preguntar a ninguno de los dos, Porrúa y Souto, cuál era la relación que les unía, aunque recuerdo que se referían el uno al otro con una suerte de cariño resignado, trasluciendo en lo que parecía ser una de esas amistades viejas, discontinuas y accidentadas, en las que el conocimiento de los defectos del otro hace difícil retomar la confianza plena del pasado.

El hecho es que Souto dirigió esta segunda encarnación ochentera de Minotauro, continuidad más de El Péndulo que de la propia Minotauro de los sesenta, muy a la manera Souto: los números aparecían cada tanto de forma impredecible, incluían a los sospechosos habituales (Angélica Gorodischer, Carlos Gardini, Elvio Gandolfo, Pablo Capanna), se alimentaban de un tipo de ciencia ficción muy concreta post-new wave, eran muy buenos.

Minotauro 7Este número siete he tardado muchos años en leerlo entero porque picoteé en su momento varios contenidos muy tentadores (como ya se verá) y porque reconozco que, entre los autores que me suponen pereza, está Samuel R. Delany. Es un defecto, lo admito sin paliativos, pero intentaré explicarme.

Había un sector del fandom antiguo que me consideraba un snob. Recuerdo gente que me dijo sin tapujos que en realidad yo no entendía a Ballard, Dick o Disch, sino lo simulaba porque me parecía que era la forma de ir de intelectual por este mundillo. El problema era que nunca me creyeron cuando les dije que yo empecé leyendo a Ballard, Dick o Disch; leí cuentos de los tres con trece años, antes que Fundación (que con catorce me flipó, tampoco era tan-tan rarito). Las que nunca me han parecido legibles, ni divertidas, son las historias predecibles de héroes y villanos, escritas de forma tosca. El viejo space opera me aburre no por presunción, sino por formación. Me resulta trillado y poco motivador, se me hace difícil avanzar en una trama que no me gratifica en ningún sentido. No he terminado un bolsilibro en mi vida (tampoco lo he intentado mucho), y temo que jamás ocurrirá.

Sin embargo, no todos los finos estilistas del género me resultan igual de gratos. Hay cosas de Zelazny, que es un autor que por lo general me gusta, que se me atragantan. El Sturgeon tardío me parece un plomo. Del Aldiss experimental huyo como de la peste. La mitad de la producción de Moorcock me parece una tomadura de pelo. Y hay un par de autores, Delany y M. John Harrison, que me parecen siempre buenos… y me provocan una enorme pereza. Son gente que escribe maravillosamente, pero por algún motivo me resultan una lectura ardua. La cosa es que cuando hago el esfuerzo sí me vale casi siempre la pena, al menos lo suficiente; pero al fin y al cabo uno lee por placer, y se van posponiendo cosas porque hay algo que mirar antes más deprisa, más inmediatamente satisfactorio.

El plato fuerte de este número de Minotauro es «El foso estelar», novela corta de Delany que quedó finalista en el Hugo de 1968 que ganaron ex aequo «La búsqueda del Weyr» de Anne McCaffrey y «Jinetes del salario púrpura» de Philip José Farmer (vaya pareja más rara; una espada y marujería resultona pero convencional y un experimento super macarra). La publicó Frederick Pohl, siempre de agudo olfato, en una atractiva revista de breve existencia, Worlds of Tomorrow, de la que ya hablaré aquí algún otro día.

Samuel Delaney Reading Book

Y como suele ocurrir con Delany, el esfuerzo vale ampliamente la pena. La riqueza de ideas del relato sobresale con mucho a las obras de la época. La trama se desarrolla en un futuro distante en el que la humanidad ya ha colonizado toda la Vía Láctea, pero se ha encontrado con que alejarse de ella produce una especie de vértigo cósmico que sólo unos pocos elegidos (gente por lo demás a la que no prestarías cinco euros) son capaces de afrontar. Pero más allá de la trama concreta, la historia está trufada de detalles especulativos que conforman un escenario absolutamente singular: familias formadas por decenas de personas, adicciones extrañas, telépatas que son capaces de manipular la visión de los demás, ecologarios que reproducen ecologías completas en el espacio de un terrario grande, niños de doce años que sienten claustrofobia por no poder visitar nada más que los miles de millones de mundos de la galaxia…

La melancolía de los personajes y la finura descriptiva de Delany redondean un relato memorable que, en efecto, resulta difícil abordar de entrada: cuesta varias páginas situarse en el futuro planteado, pese a la claridad de la prosa del autor, que por entonces aún no había cumplido treinta años. Sí, Delany es uno de los grandes. Y sí, me seguirá costando ponerme con las cosas suyas importantes que me faltan por leer.

El relato se complementa con una entrevista al autor de la serie que hizo en los setenta Charles Platt, recogidas en su libro Dream Makers. En ella se le reconoce como un señor tan raruno como interesante, con un amor casi imbatible por la literatura y por la ciencia ficción.

El otro plato fuerte del número, y que era uno de los contenidos que ya había leído antes, es una artículo de Stanislaw Lem sobre su evolución literaria, «Azar y orden». Salpicado de algunos detalles autobiográficos, es sobre todo una reflexión sobre su evolución dentro del género, en la que habla con desprecio de sus primeras obras, con una cierta indulgencia de la parte mollar de su producción (Solaris, El invencible, Edén) y termina por presentar como una evolución casi inevitable sus trabajos derivativos sobre prólogos o reseñas imaginarias, que presenta como una respuesta consecuente y meditada a los pecados del género en el ámbito anglosajón. El artículo (que se reeditó en el número 2 de la revista Gigamesh) es muy curioso y tiene momentos esclarecedores, aunque también subraya la impresión ya conocida de que desde los años ochenta Lem estaba un poco regular de lo suyo.

En el resto de los relatos hay varias curiosidades. Alphonse Daudet es un autor francés decimonónico, hoy relativamente poco presente en nuestras librerías, que me llamó la atención en mi adolescencia por las versiones resumidas de las aventuras de Tartarín y algunos de los hermosos relatos de Cartas desde mi molino. No era muy consciente de su producción fantástica y sin embargo el cuento aquí presente, «Woods’town», es un eficiente alegato ecologista que se mantiene absolutamente publicable.

Carlos GardiniDe los relatos locales, como cabría esperar, el mejor es el de Carlos Gardini, «El sinuoso camino de la libertad», una eficaz parábola breve sobre fronteras, igualmente actual. Quizá habría que dedicar el espacio necesario a exponer la candidatura de Gardini como mejor escritor de ciencia ficción en lengua española, al menos si ponderamos la cantidad de su obra y su media de calidad. No digo que Gardini lo sea con certeza; pero sí afirmo que debería estar más en el debate de lo que lo está.

Sergio Gaut Vel Hartman, que suele ser un autor de mi agrado, no está en su mejor forma en el breve «Carteles». El escritor un poco de prestigio de pega incluido en el número, Antonio Elio Brailovsky, aporta un agradable e intrascendente «El día que incendiaron el aire», sobre la conquista de Siracusa por los romanos, sin elemento fantástico reconocible.

Pablo Capanna aporta un artículo sobre el desarrollo de la informática hasta ese momento que hoy parece prehistórico. «Fantasmas en la máquina» es característicamente suyo, divulgativo y con esa fina combinación de filosofía y ciencia que maneja de forma tan brillante como natural. Que Capanna es el mejor ensayista del género de que disfrutamos, aunque se haya prodigado tan poco, me parece una perogrullada sobre la que no estimo necesario ahondar. Siempre que le leo aprendo algo. O mucho.

Capanna y Gardini publicaron también sendas reseñas, la de Gardini bastante curiosa por cuanto es sintomática de la recepción que tuvo la edición en castellano de Visiones peligrosas, la célebre antología de Harlan Ellison, dieciséis años después de su aparición original. Gardini dedica como las dos terceras partes de su texto a ciscarse en la madre de Ellison por su egolatría y afán de promoción, que la verdad es que salpica bastante el libro pero no es exactamente la parte más significativa de esa publicación histórica. Luego dice que la mayoría de los cuentos están bien, incluyendo el de Ellison.

El número se cierra con una carta de Angélica Gorodischer. La revista no tenía correo, pero Souto decidió publicarla. Son apenas dos páginas de puro Gorodischer: irónico, chispeante, profundamente enamorado del género. Escribe:

La literatura fantástica me suena a alguien (puede ser un señor en una bergére; la cosa funciona igual) leyendo Los desposeídos y no pudiendo domir bien esa noche ni las noches siguientes. Ese alguien no dice qué barbaridá. Probablemente no dice un corno, se queda calladito, pero piensa. Lo que haga después es cosa suya. Pero piensa. Vos sabés que pocas actividades son tan peligrosas como la de ponerse a pensar. Y si alguien no lo sabe, que vaya y se lo pregunte a algún general de la nación.

Estábamos en 1984; quizá no era buena idea preguntar nada en ese tono a un general argentino. Pero cualquiera que haya escuchado cinco minutos a Gorodischer en persona se la puede imaginar siendo deliciosamente impertinente con quien corresponda.

Esta encarnación de la revista Minotauro apenas duró once números, publicados a lo largo de cuatro años. Sin embargo, me gustaría dejar clara una cosa. Si existe el cielo de los julianes, allí recibiré puntualmente un número nuevo cada mes. Me basta con que sea tan interesante como este.

 

Nota: Ilustración de cubierta de Minotauro 7 proporcionada por Euménides 

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