Antirresurrección, de Juan Ramón Biedma

Antiresurrección

Antiresurrección

Fiel como ese alcohólico que cierra cada día el bar de la esquina, he vuelto a mi anual novela de zombis. Sí, ya sé que hoy en día se estila tomar una posición entre distante y flagelante ante una temática “tediosa y agotada”; un sumidero especialmente indicado para ver tu nombre impreso en la portada de un libro y buscar un mini pelotazo con más chance que escribiendo una de horror psicológico o una gafapastada de ciencia ficción social. Pero a mi estas historias de horror ante la masa me divierten y, según el contexto, todavía me aterran más que los responsables del colapso de Lehman Brothers. En esta ocasión he solazado mis vísceras con Antiresurrección, la primera y única incursión de Juan Ramón Biedma en la temática. Y aunque el resultado final dista de ser completamente satisfactorio me ha parecido bastante más recomendable que las doZ novelaZ patriaZ máZ vendidaZ: la lamentable Los caminantes y el “homenaje” al blog de Alpha Dog, Apocalipsis Z. Tampoco significa mucho pero es un comienzo.

Dentro de las rígidas coordenadas de las historias de zombis, Antiresurrección toma toda la distancia posible del canon al hundir sus cimientos en la especialidad de Biedma: la novela negra con toques de hardboiled. Ya las primeras dos páginas marcan el tono: tres jóvenes encuentran a un muerto viviente amarrado a un columpio, lo liberan, juegan con él y lo rematan. Lo inquietante viene en el tramo final de sus escarceos, cuando la chica del trío, como si estuviera en pleno juego amoroso, acerca los labios a la nuca del resucitado y le arranca la oreja de un mordisco. Una locura que denota el estado de desesperanza y putrefacción en el que se encuentran parte de los supervivientes a la pandemia. “Citius, fortius, altius”, en el peor sentido de la expresión.

El argumento atraviesa de norte a sur y de este a oeste una Sevilla acechada por zombis que se han apropiado de amplias zonas de la ciudad, ahora conocidas como El Sudario. El estado de descomposición moral de la urbe es evidente y si no ha superado el punto de ruptura es por todos esos ciudadanos aferrados a una rutina que los mantiene cuerdos en su caída libre hacia el abismo. Padres que siguen llevando a sus niños al colegio antes de acudir a su trabajo, un funcionariado que mantiene la pantomima de un Estado a escasos milímetros del colapso, una policía todavía preocupada por resolver crímenes que a poca gente importan… Y todos sabiendo en sus entrañas que viven de prestado, que sólo están a la espera de pasar a formar parte de ese infierno en la tierra detrás de los muros que los rodean.

Este decadente paisaje urbano es el sembrado en el que crecen las habituales malas hierbas de Biedma; personajes dañados física y emocionalmente por un pasado que saldrá a la luz a medida que la realidad se vuelva a ensañar con ellos. Seres arrastrados por pasiones en ocasiones tan extremas como sea necesario para destacar en el desquiciado teatrillo sobre el que se mueven. Sexo salvaje, adicción a las drogas, asesinatos alambicados… son moneda de curso común en esta pequeña parada de los monstruos; vivos o muertos, tanto da.

Juan Ramón BiedmaBiedma es fiel a su estilo de capítulos muy breves que entrecruzan a cuatro o cinco personajes fundamentales de la trama hasta que sus existencias se solapan. En la agilidad que le da a la historia brillan las escenas macabras, de un mal rollo rayano lo insano, caso del enfermizo ataque a una guardería o la huida de una siniestra maternidad en el último tercio de novela. También llama la atención el humor. Antiresurrección es una tragicomedia negra y amarga sobro algunos de los aspectos más oscuros de esa España que nos duele hoy en día; en los pequeños detalles, como una burocracia sinsentido que se perpetúa hasta la nausea o brindis al sol como los que buscan integrar a los resucitados (y hablan de sus pequeños éxitos); y en los grandes, como la omnipresente influencia del binomio Iglesia y Ejército, instituciones arraigadas en una sociedad clasista hasta la nausea.

Si me cuesta recomendarla es porque tengo la sensación que Antiresurrección hubiera necesitado de un editor que hubiera ayudado a eliminar serias inconsistencias de una historia cuyos dos motores (el misterio detrás de los asesinatos y el centrado en la chica que aparece desnuda en el puente) jamás llegan a acoplarse. Además hay una secuencia narrativa completa la cual apenas se integra con el resto (la de los tres recolectores). La narración aqueja problemas de ritmo debido a un hilo argumental alargado hasta la extenuación y presenta redundancias y repeticiones evitables como las tres veces que se explica en apenas diez páginas lo que es el sudario. Tampoco le habría venido mal una corrección ortotipográfica adicional a la historia. De todas formas, con Sherlock Holmes y los zombis de Camford, es lo más potable que ha salido en la Línea Z de Dolmen. Como decía al principio, tampoco significa mucho pero…

Antiresurrección (Dolmen, Línea Z, 2011)
Rústica. 293pp. 18.95 €
Ficha en La tercera fundación

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