El buscavidas, de Walter Tevis

El buscavidas

El buscavidas

Esto de acumular libros como si fueras una hormiga psicópata, almacenando al año en La Pila tres veces más de los que puedes leer en uno, causa que leas cuatro años después de haberla adquirido una obra en la que tenías mucho mucho mucho interés. Me seducía la idea de acercarme a la novela en la que se basó una de mis películas favoritas, no sé si inédita en España o mucho tiempo fuera del mercado. Pero los caminos de La Pila son inescrutables.

Suena un poco estúpido contar lo siguiente sobre El buscavidas, cuya adaptación pasa por ser una de las películas más conocidas de Paul Newman. Pero debido al alarmante déficit de clásicos que pasan por la televisión española, especialmente en comparación con los que conocimos la época anterior a la llegada de las privadas, no viene mal recordarlo. Estamos ante una historia de crecimiento personal en el mundo del billar. Un ¿deporte? que en la cultura popular estadounidense no ha sido tan explotado como el football, el baseball o el boxeo, y que, como este último, permite un tipo de historia en la base del sueño americano: el hombre hecho a sí mismo que experimenta el rito de paso que pule sus últimas aristas gracias a la intercesión de un guía espiritual.

Lo interesante de la historia de Tevis está en su protagonista: Eddie Felson, Eddie el Rápido. Tiburón que atraviesa los salones de billar de EE.UU. sacando los cuartos a una variada fauna de incautos, fanfarrones o semi/profesionales del billar. Un ganador mediocre que necesita de un tutor que le ayude a poner de rodillas sus demonios internos y, así, franquear las puertas que lo mantienen alejado del olimpo de su actividad.

Felson es un profesional de lo suyo. Un manipulador nato que conoce todas las artimañas para lograr sus fines y tiene una manera de comportarse que no se circunscribe a las mesas de billar y que utiliza en cualquier otra faceta de su vida. Como, por ejemplo, en la forma de “seducir” a Sarah; una joven que padece las secuelas de la polio, a la que conoce una madrugada en la cafetería de la estación de autobuses de Chicago y con la que terminará compartiendo whisky y cama mientras se lame las heridas de una dolorosa derrota. En su peculiar visión el mundo, para Eddie todo se reduce a cuándo apretar, cuánto ceder, cómo simular… para terminar con los dólares del otro en el bolsillo o la otra persona ajustándose a sus deseos. Y si no lo logra, política de tierra quemada en la manera de su verbo afilado y todo el desprecio del que es capaz su resentimiento. No obstante la ciudad del viento es un entorno más oscuro que los lugares por los que se ha desenvuelto, inmisericorde con los cabezas de ratón llegados a disputar su corona a los leones.

Brillan los diálogos, agudos, ácidos, cínicos, sobremanera en las conversaciones que mantienen Felson y Sarah, amargas, tristes, o los que Trevis pone en boca de Bert. El manipulador supremo que quiere convertir a Eddie en su rey de la colina y que, aplicando a Felson el mismo tratamiento que este aplica al mundo, moldea su “indomable” carácter. Lo aprieta, hace que ceda, simula, con un discurso tan irresistible para el buscavidas como el ácido bórico enterrado en azúcar para un insecto:

-Yo. Tú y cualquier maldito jugador decente queréis ser héroes. Pero para ser un héroe hay que firmar un contrato contigo mismo. Si quieres la gloria y el dinero tienes que ser duro. No quiero decir que te desprendas de la compasión, no eres un timador ni un ladrón: ésos son los que no pueden vivir si sienten compasión. Yo mismo la siento. Tengo momentos blandos. Pero soy duro conmigo mismo y sé cuándo no hay que ser débil. Como cuando tienes que entregarte a una mujer, hay que darlo todo, sin contenerte. Duda después. O antes. Pero con una mujer haces un contrato; no sé cuáles son todas las palabras de ese contrato, pero están ahí y si no lo entiendes no eres humano, no me importa lo que digan todos esos cretinos y los hijos de puta y los que defienden el amor libre. Y cuando se lo das a una mujer o cuando haces el contrato que dice: voy a darte la gran paliza en esta partida de billar, no te contienes. No dejes que te convenza la voz que dice: libérate, no te comprometas. Haz callar esa voz. No intentes matarla: la necesitas ahí. Pero cuando empiece a decirte que no hay ningún contrato, hazla callar. Y cuando llegues a ese momento determinado de la partida en que te diga: no arriesgues el cuello, sé listo, retírate, no porque quieras salvar tu dinero, sino porque no quiere perderte, no quiere ver que pones tu maldito corazón en el juego. Quiere que pierdas, quiere verte sentir lástima de ti mismo, quiere que busques compasión.

Eddie lo miró

-¿Y si pierdes?

-Entonces pierdes. Cuando eres un ganador, perder te duele en el alma. Pero tu alma puede soportar el dolor.

Eddie no estaba seguro de lo que significaba todo aquello.

-Puede que tengas razón -dijo después de un rato

-Sé que tengo razón -contestó Bert.

Walter Tevis

Walter Tevis

Destacan las descripciones de las salas de juego, con un vocabulario que incide en esa atmósfera llena de humo, whisky de segunda, parroquianos de baja estofa, comerciales deseando matar el tiempo libre y perdedores añorando ser los reyes del día. Un estándar ya establecido desde el primer capítulo, que a partir de la apertura de una de ellas un día cualquiera nos introduce en su dinámica habitual. Tres páginas que marcan el hábitat donde nos vamos a mover durante las doscientas cincuenta páginas restantes.

Y si estos son puertos de primera, fuera de categoría quedan los tres duelos sobre los que se articulan los cambios en Felson. Fundamentalmente el primero, su enfrentamiento con su objetivo, Minnesota Fats, donde este último va a marcar la meta al que aspira el joven tiburón. Una aristeia épica narrada con un tesón que jamás pensé podría leer alrededor de una mesa de billar.

El buscavidas se puede comprar de “oferta” en Cyberdark.net. Una maniobra interesante para atraer algún lector a las otras novelas de Tevis que ha publicado la editorial: El color del dinero (también llevada al cine, esta vez por Martin Scorcese, y que cuenta el ocaso de Felson) y la reciente Gambito de reina. Esta vez la prueba está bastante asequible.

El buscavidas (Marelle, 2009)
The Hustler (1959)
Traducción: Rafael Marín
Rústica. 256pp. 5.95 €

3 pensamientos en “El buscavidas, de Walter Tevis

  1. Bien, otra reseña que me ahorro escribir. Por cierto, que lo de Gambito tiene tela. Supongo que algún día que me cruce con Luis me contará lo del precio.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *