Binti: Hogar, de Nnedi Okorafor

Binti HogarA favor: sencillez, frescura e imaginación. Al igual que su predecesora, Binti: Hogar brinda una lectura sin complicaciones, fluida y agradable. En contra: la ingenuidad excesiva que impregna toda la historia, en ocasiones rayana en la simpleza. Si pesan más los pros o los contras en el balance final dependerá, imagino, de las expectativas de cada lector a la hora de abordar la historia.

En mi caso, encontré la primera entrega de la trilogía (máxime cuando llegaba avalada por los premios Hugo y Nébula de novela corta, y envuelta en alabanzas de los mismísimos Neil Gaiman y Ursula K. Le Guin) un tanto infantil. Disfrutable, sí, y con algunos aspectos interesantes (la propia Binti y la cultura de la que procede son, a mi juicio, su principal atractivo), pero carente de la sofisticación que uno podría esperar a tenor de tan buena prensa. Binti: Hogar, segundo libro de la serie (Crononauta tiene previsto publicar el tercero y último, Binti: La mascarada nocturna, a finales de año), consigue preservar las virtudes del primero, pero también perpetúa sus defectos. Así que mi apuesta es que ni defraudará a quienes quedaron encandilados con el primer libro ni enamorará a los que, tras cerrar Binti con una sensación agridulce, nos preguntamos si la trilogía evolucionaría por sendas de mayor complejidad argumental.

La protagonista, Binti, es en la primera novela una adolescente de dieciséis años que consigue plaza en una prestigiosa universidad situada lejos del planeta Tierra. A pesar de que para estudiar en ella tendrá que abandonar a su familia y desafiar las costumbres de su pueblo (porque Binti pertenece a una tribu africana, los himba, que ni viaja ni ve con buenos ojos semejante muestra de independencia en una mujer), la joven decide aprovechar la oportunidad de potenciar al máximo sus dotes de matemática (en el universo concebido por Okorafor, la capacidad de “ramificar”, o resolver de cabeza ecuaciones complejas, abre la puerta a una serie de habilidades cuasi mágicas), pero todo se complica cuando la nave que la transporta al campus es asaltada por medusas, una especie alienígena muy agresiva. En Hogar, ambientada un año más tarde, la joven regresa a su pueblo acompañada por la medusa Okwu, con la que ha trabado amistad. Allí deberá enfrentarse al resentimiento suscitado por su fuga y averiguará secretos relacionados con su propio pasado y con una misteriosa tribu vecina de los himba: el Pueblo del Desierto.

Nnedi OkoraforAsí, en Binti prima la aventura y el descubrimiento, por parte de la joven, del mundo que la rodea, mientras que en Hogar el viaje es más bien interior: la búsqueda de su propia identidad y su lugar en el mundo. Sin embargo, hay un elemento que se repite en ambas entregas de una forma recurrente y nada sutil: un mensaje moralizante acerca de la tolerancia, la importancia de respetar y aceptar al que es diferente. En el primer libro, los conflictos derivados de actitudes prejuiciosas se ven reflejados en el desdén con el que los khoush (etnia dominante en el territorio en el que vive la familia de Binti) miran a los himba, o en la falta de entendimiento entre medusas y khoush. En la segunda novela se muestra la actitud defensiva de algunos humanos ante Okwu, la tensión (una vez más) entre himba y khoush y los prejuicios de los propios himba hacia el Pueblo del Desierto.

En ese canto a la tolerancia que encierran ambas novelas es precisamente donde, en mi opinión, se producen los fallos más importantes de la historia. El ejemplo más cafre es el desenlace de Binti, donde (atención, destripe para quienes no hayan leído el primer libro) la matanza de medio millar de personas inocentes, muchas de ellas niños, se acaba zanjando con poco más que un apretón de manos en el momento en el que el bando de las víctimas conoce los motivos de los agresores (un aguijón de gran valor para la civilización de las medusas había sido robado) y, aparentemente, los dan por buenos.

Un ejemplo menor, pero que me llena de estupor, es el uso del otjize, una pasta hecha a basa de grasa y arcilla con la que las mujeres himba se cubren el cuerpo, la cara y el pelo. El ungüento, útil para proteger la piel del calor del desierto, es además lucido por Binti con orgullo como símbolo de su cultura (varias mujeres khoush la hostigan en el aeropuerto espacial antes del comienzo de su viaje, acusándola de haberse embadurnado con “mierda”, lo que nos permite conocer el sufrimiento de la joven al ser acosada por su pertenencia a un grupo minoritario). Pero, aunque es comprensible que para Binti sea importante llevar consigo un tarro de esta arcilla (por valor sentimental, superstición u orgullo patrio), resulta pasmoso que se lo aplique siempre, en cualquier situación. No puedo evitar que me rechine la imagen de una persona con el cuerpo y el pelo cubiertos de arcilla recorriendo los pasillos de la nave espacial, las aulas de la universidad, el transporte público. “Tuve que embutirme entre dos individuos peludos que protestaron cuando les manché los pies de otjize y un okuoko [cubierto también con una gruesa capa de arcilla, como se especifica algunos párrafos antes] le rozó la cara peluda a uno”, es el relato de un viaje en lanzadera en una de las primeras páginas de Hogar. Hay varias situaciones similares en Binti —un estudiante se pringa los dedos de otjize al tocarle una trenza, un responsable del transporte interplanetario le da permiso “con frialdad” para que siga utilizando la pasta, siempre que no se ponga “tanto como para manchar la nave”…—y me pregunto si de verdad era necesario llegar a ese extremo para subrayar en todo momento el exotismo de Binti, su pertenencia a una minoría étnica y su derecho a expresarse tal y como ella es… incluso a costa de dejar aquí y allá algún que otro manchurrón.

Binti Home

No son esas las únicas situaciones que me resultan poco creíbles e impiden que la historia de Binti me convenza del todo. Aunque Okorafor ha afirmado en alguna ocasión que esta saga no pertenece al género juvenil, creo que tanto por la trama y los personajes (una chica de 16 años que se fuga de casa para estudiar en la mejor universidad de la galaxia) como por la estructura de la novela (su brevedad, su lenguaje sencillo, la explicitud con lo que se narra todo cuanto sucede) la trilogía sea probablemente más adecuada para lectores poco curtidos. Personas a las que no les rechinen cosas como que (en el comienzo de Hogar) una profesora y su alumna estén a punto de matarse la una a otra durante los exámenes finales sin que nadie le dé demasiada importancia al suceso, o que Binti y Okwu —dos jóvenes estudiantes en su primer año de carrera— decidan sobre la marcha que viajarán juntas al planeta Tierra con la medusa “en calidad de embajadora” de su especie.

A pesar de todas mis reservas, la lectura de Binti y Binti: Hogar no está exenta de diversión. En sus páginas hay naves estelares vivientes, civilizaciones exóticas que combinan un modo de vida milenario con la utilización artefactos de tecnología punta, una protagonista hábilmente construida, un ritmo bien llevado. No creo que la saga esté a la altura de su palmarés, pero sí que ofrece lo suficiente para pasar un buen rato.

Binti: Hogar, de Nnedi Okorafor (Ed. Crononauta, 2018)
Binti: Home (2017)

Traducción de Carla Bataller Estruch
Rústica. 196 pp, 14€
Ficha en la Tercera Fundación

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