Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro

Nunca me abandones

Nunca me abandones

Siempre que aterriza en nuestro querido gueto una obra que rompe con la socarrona definición del género dada por Norman Spinrad (“ciencia ficción es lo que se publica en las revistas de ciencia ficción”) se reaviva una de esas discusiones atávicas e insolubles que se desatan de forma más o menos regular sobre qué es o qué no es ciencia ficción. Debate que, visto desde los verdes prados de la literatura general, donde desde hace muchos años se han asimilado otros “géneros populares” sin mayor problema (la novela negra p.ej.), debe asemejarse a las evoluciones de un psicótico gastando preciosas energías arreándose cabezazos contra las paredes acolchadas de su celda o dos boxeadores sonados lanzando torpes golpes al aire antes de despatarrarse sobre la lona del ring.

Mientras, fuera del manicomio, autores insignes de esos que copan los suplementos literarios adoptan, con mayor o menor fortuna, los hallazgos más felices de la ciencia ficción, libres de prejuicios hacia la literatura de género y sin el hándicap de encontrarse inmersos en un entorno literario tan cerrado que roza el solipsismo; Houellebecq, Cunningham, Murakami, Gosh, Casariego, Mosley,… son escritores que, además, no sólo aprovechan los elementos más típicos y superficiales de la ciencia ficción como la ambientación o la parafernalia. Es algo más, más profundo, más esencial. Es algo que la propia ciencia ficción ha dejado de lado demasiadas veces en favor de la bisutería pulp y la autorreferencia estéril. Su valor más importante, lo que justifica su existencia y reivindicación como género literario: la ciencia ficción como poderosa herramienta para examinar la condición humana y su relación con el mundo. De entre estos autores, Kazuo Ishiguro, sin la más remota intención de escribir una novela de ciencia ficción, ha entendido, quizá involuntariamente pero a la perfección, la esencia de lo que es el género para facturar una de las novelas más hermosas, tristes, emotivas de entre las publicadas el año pasado.

Nunca me abandones se desarrolla alrededor de los recuerdos de Kathy, una cuidadora de treinta y un años que recorre Inglaterra asistiendo a los “donantes” en diversos hospitales del país. Mediante pequeñas anécdotas, que al principio parecen banales pero que al encadenarse unas con otras van adquiriendo nuevos y reveladores significados, revisitaremos su infancia en el internado de Hailsham para niños especiales, la vida cotidiana que siguen los muchachos durante su educación, las relaciones de Kathy con su compañeros y cuidadores y, en definitiva, como los chavales van creciendo, pasando por las confusiones de la adolescencia, las primeras amarguras del amor y la amistad y los juegos de poder implícitos en todas las relaciones humanas. Mientras, se intuye que algo no del todo correcto flota en el aire, una especie de maldición, de estigma, que marca a los muchachos, ominoso y omnipresente, que espera en la distancia de un futuro incierto. A medida que transcurre el tiempo y Kathy pasa de ser alumna a convertirse en cuidadora, esa presencia oscura y esquiva, mencionada con eufemismos pero siempre presente, se nos va descubriendo en toda su dolorosa realidad. La “donación”, se revela como el fin último para el que ella y sus compañeros han sido creados, que cumplirán sin dudar, a pesar de saber en su interior de lo injusto de su destino, porque no hay otra salida posible.

Éste es el acierto fundamental de la novela: Ishiguro cede la voz narrativa a Kathy, rememorando su pasado como si vagásemos por la mansión de su memoria sólo ocupada por objetos y fantasmas; subiendo escaleras, entrando en dormitorios, abriendo cajones. Una fotografía llevará a una carta, una carta a un olor a té, un olor a té a una irreprimible sensación de vergüenza, a una canción de un viejo disco, a una conversación que creíamos olvidada mientras paseamos por un jardín soleado. Así, yendo de la mano de Kathy de un recuerdo a otro, como si nos mostrara un álbum de fotos, Ishiguro se aparta a un lado y ella llena el libro con su presencia y su voz, logrando que el personaje nos importe tanto, sea tan cercano, que el golpe que recibimos al final es tanto para nosotros como para ella.

Curiosamente, la decisión de Ishiguro en el cómo ha de contarnos su historia, no difiere mucho de novelas clásicas del acervo de la ciencia ficción como Flores para Algernon de Daniel Keyes o, más aún, Muero por dentro de Silverberg. Ambas comparten con Nunca me abandones el mismo enfoque, el empleo de un recurso o “pretexto” argumental de ciencia ficción, evitando prolijas explicaciones tecnocientíficas, para, mediante una detallada y sutil exploración psicológica, plantear una eficaz alegoría sobre la condición humana, siendo, en el caso de Ishiguro, una reflexión sobre si, a pesar de ser los seres humanos los únicos conscientes de su propia muerte, de ese espectro ominoso que marca nuestra existencia, la vida merece la pena ser vivida. Asimismo, en el momento clave de la novela, cuando Kathy y Tommy se entrevistan con la antigua directora de Hailsham y se atisban las consecuencias y los dilemas morales que la clonación provoca en el mundo exterior, la novela se acerca al estilo de la ciencia ficción más “tradicional”, abundando en su relación con el género. Un tema, por cierto, que se plantea muy hábilmente, mostrando como el bienestar y el progreso de una sociedad descansa en el sufrimiento de unos pocos (al estilo de “Los que se alejan de Omelas” de Úrsula LeGuin). Sin embargo, en otros pasajes en los que la acción se centra en la relación triangular de amor-amistad de Kathy con Ruth y Tommy, abandonando el terreno de las metáforas, la novela se estanca ligeramente, convirtiéndose en una historia sobre muchachos jóvenes creciendo y enfrentándose a la vida que no tiene mucho que ver con lo que hemos leído hasta entonces, ni con lo que vendrá después.

Pero al final acaba elevándose de nuevo la alegoría, el brillante empleo de los símbolos para reflejar nuestra propia peripecia vital; los profesores que conocen el destino de los muchachos del internado, los trabajos artísticos de los alumnos como reflejo de nuestra necesidad de trascender la existencia, de encontrarle un sentido más allá de lo material. O la misma canción que da título a la obra y que toma diferentes significados según el momento en que aparece: desde las expectativas de una niña que se verán frustradas irremediablemente, hasta la inmensa, tristísima y desoladora escena final que nos acompañará mucho tiempo después de haber cerrado la novela, donde se convierte en la necesidad desesperada de contacto humano, de un simple abrazo, un consuelo ante la negrura que se cierra sobre nosotros. Por eso mismo, ésta es, finalmente, una poderosa historia sobre la dignidad, la de Kathy, de Ruth, de Tommy y de todos los donantes al enfrentarse a su destino. Como hacen ellos, cumpliendo con su deber hasta el final, nosotros también cumplimos con el nuestro, con la inmensa dignidad de los seres humanos que se enfrentan a la crueldad de una fugaz existencia a menudo injusta y ciega, o al hecho de que, por mucho que luchemos contra lo imponderable, todo desaparecerá y será olvidado, nuestra vida no significará nada. Y esa dignidad ante lo inevitable, en ese final donde la alegoría se transforma en pura emoción, es lo que nos une a los personajes. El rasgo común que nos convierte en seres humanos, prometiendo que nunca nos abandonaremos, dejándonos solos ante el espanto.

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