Caminando hacia el fin del mundo, de Suzy McKee Charnas

Caminando hacia el fin del mundoDe las admirables reivindicaciones de la ciencia ficción feminista de los años setenta, de todas esas páginas, se desprende hoy una fuerza que cristaliza en historias e imaginarios tan impactantes como lúgubres. Y si digo lúgubres es por lo oscuro de los mundos que tejieron esas autoras, por la visión tan crítica y desesperanzada que tenían de las sociedades coercitivas en las que nacieron, no tan diferentes de las nuestras. Pienso en autoras como Ursula K. Le Guin, Joanna Russ o, en la mejor de todas, James Tiptree, Jr., alias de Alice B. Sheldon. Pero, sobre todo, en una novela en concreto, oscura y tétrica, que por encima de eso es una pieza explosiva de rabia y causticidad ácrata. Me refiero a Caminando hacia el fin del mundo, de Suzy McKee Charnas.

Estamos ante la precursora directa de las escalofriantes novelas del argentino Rafael Pinedo y de la Kameron Hurley de Las estrellas son Legión. Charnas mezcla postapocalipsis, fantasía macabra y crítica social en un todo que se podría calificar de “ciencia ficción gore”. Es decir: el marco es ciencia ficción, y en ese marco tienen cabida la fantasía, la sociología y el relato de aventuras –no muy cantarinas– en la línea de indagación en el horror que planteaba El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad.

En un mundo postapocalíptico y empantanado, los personajes se mueven en rutinas gore-grotescas físico-orgánicas. La premisa es sencilla: en ese mundo involucionado, la relación padre-hijo está prohibida. Nadie puede saber quién es su padre ni quién su hijo, por motivos que es mejor no desvelar, pero se exceptúa un caso: un chico que sabe quién es su padre y quiere conocerlo. Y así, junto con otros personajes cercanos pero no amigos, se lanzan al camino hasta llegar al Coronel Kurtz particular de Caminando hacia el fin del mundo.

Cada capítulo lleva el nombre de uno de los protagonistas del pequeño comité de búsqueda, y aunque esté principalmente protagonizado por uno de ellos, no se excluye al resto. Así Charnas amplía el círculo de su narración, los detalles de su mundo moribundo a partir de la experiencia y el testimonio de cada individuo. Los diálogos, por ejemplo, están llenos de referencias atroces: “Lo único que puede darse entre tú y yo es una violación”. Y hay un estallido de crueldad hacia el final de la novela que no tiene, o no le recuerdo, parangón en el género, exceptuando quizá la obra del ya mencionado Rafael Pinedo.

Suzy McKee CharnasLos personajes no son su mayor logro, pero Caminando hacia el fin del mundo tampoco quiere ser un estudio de personaje, de psicología ni de emociones humanas. Prefiere ser un cuadro (deprimente) de la vida en sociedad, una estridente alarma por los peligros de la ecología asediada, configurado con una prosa densa y dura como las condiciones de vida de sus personajes. Todo es oscuro en esta historia. Chapoteante y oscuro.

Al narrar esa vida de miseria, de agresivo desprecio a las mujeres y a la naturaleza, brotan por ausencia –o por contraste– el feminismo y el ecologismo. Estas dos pasiones son el reverso oculto de tanto horror narrado. Sí, la novela es cruel. Abierta e indisimuladamente cruel. De final inesperado, la historia, como la realidad, no da tregua a las mujeres. En cada página hay una referencia atroz. David Pringle, en su Ciencia Ficción. Las 100 mejores novelas, lo deja muy claro: Charnas tiene una imaginación “más dura que la de Le Guin”. Sin duda.

Hay breves vislumbres al pasado que son sentido de la maravilla en esta puro: esas placas de metal descartado que aprovechan para construir los avances torpes del nuevo mundo. (Vislumbres muy bien dosificados por Suzy McKee Charnas).

Aparte del odio institucionalizado hacia ellas, las mujeres se llaman ‘fems’ y todo lo que no es un hombre se conoce, simplemente, como ‘nohombres’. El lenguaje también encorseta cruelmente la realidad en esta novela. Pero cuando hacia el fin aparece la atlética Aldera, de inteligencia y sensibilidad clandestinas, conocemos más detalles de la vida esclava de las mujeres, de sus heroicas intenciones. Vemos que, tal como están las cosas, no tienen solución. También vemos que necesitan un cambio de paradigma que sólo se puede conseguir con una revolución ilustrada. Y al fin vemos que Caminando hacia el fin del mundo es el primer paso de una revolución que se requiere dentro y fuera de la literatura.

Caminando hacia el fin del mundo (Minotauro, 1997)
Walk to the End of the World (1974)
Traducción: Teresa Gottlieb
Bolsillo. 304pp.
Ficha en La tercera fundación

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