La mirada extraña, de Felicidad Martínez

La mirada extrañaCon permiso de Soy leyenda (que Richard Matheson arranca con esa escena inolvidable, Neville saqueando un supermercado relativamente tranquilo porque su reloj marca las tres de la tarde… hasta que un buen rato después vuelve a mirar la hora y comprueba que las manecillas siguen marcando las tres de la tarde), uno de los libros de comienzo más impresionante que recuerdo es Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline. Cualquiera que lo haya leído sabrá a qué me refiero: el desconcierto y el miedo de sentirte repentinamente envuelto en un combate; la confusión, la sensación de vulnerabilidad, la ira. Pues bien, todas esas sensaciones están también presentes de alguna manera en el poderoso arranque de La mirada extraña.

“Aniquilador contuvo un grito de rabia y frustración al comprender lo que estaba sucediendo en el campo de batalla: el enemigo, los huesosfrágiles, los estaban masacrando”. Estas son las palabras con las que Martínez arranca al lector de su sofá para soltarlo, sin anestesia ni preámbulos, en medio de una refriega de la que no sabemos nada: ni quiénes son los contendientes ni por qué están enfrentados ni del lado de quién se supone que deberíamos ponernos nosotros. Martínez no tarda en desgranar parte de esa información… pero los datos que proporciona, lejos de satisfacer la curiosidad del lector, le suscitan muchas más preguntas. Como qué clase de seres son esos y dónde están. O cuál es su historia. O qué costumbres tienen y cómo se relacionan entre ellos. O incluso —maldita sea— algo tan básico como qué aspecto tienen.

El primer episodio de La mirada extraña (el libro está integrado por cuatro novelas cortas, lo que no significa que la obra no tenga una sólida estructura interna) es una declaración de intenciones sobre lo que Martínez se dispone a hacer con el lector a lo largo de las siguientes páginas: obligarle trabajar para desentrañar qué demonios está sucediendo en ese mundo extraño e irresistible en el que lo acaban de introducir. La autora le da lo mínimo e imprescindible para seguir el hilo de la narración, pero nada más. Le incita a montar un puzzle del que, sin embargo, no le da todas las piezas. Le sugiere preguntas que no siempre encontrarán respuesta. Y le obliga a abrirse paso a machetazos por un texto demasiado complejo como para que pueda ser leído de forma pasiva y despreocupada, pero lo suficientemente interesante como para que tomarse la molestia de hacerlo merezca la pena.

¿Saben ese tipo de narraciones cuya lectura es como escalar una montaña? ¿Un recorrido placentero, sí, pero exigente, que obliga a hacer un esfuerzo que se ve recompensado con las vistas que uno tiene cuando logra conquistar la cumbre? La primera de las novelas cortas que integran La mirada extraña, “Fuego cruzado”, es una de ellas. De hecho, y aunque su final deja un regusto completamente satisfactorio, uno no la asimila en su totalidad hasta que ha terminado de leer la última de las cuatro historias del volumen (“La perversión de la luz”).

La estructura de “Fuego cruzado” es una réplica a pequeña escala del armazón sobre el que está construida La mirada extraña en su conjunto. Están presentes los frecuentes cambios de narrador, que obligan al lector a reacomodar continuamente su punto de vista acerca de las cosas que están ocurriendo. Está la manera peculiar de narrar: a través de pequeños relatos que forman parte de un todo y que, al superponerse, dan lugar a una historia poliédrica, mucho más compleja y rica en matices de lo que se hubiera podido alcanzar a través de recursos narrativos más convencionales. Está la hábil dosificación de la información: Martínez, como una experimentada Scherezade, se resiste a dar más datos de los estrictamente necesarios y jamás desvela todas sus cartas, dejando siempre al lector con ganas de más. En cuanto al fondo, en “Fuego cruzado” se abordan también todas las cuestiones que se tratarán en el resto de las novelas del volumen, si bien unas harán más hincapié en unos aspectos que en otros: el lenguaje (y hasta qué punto éste determina nuestra manera de pensar o simplemente la refleja), los roles de género, el sexo, los límites de la empatía, la religión o la especulación sobre distintos posibles sistemas de organización social.

Felicidad Martínez

“Fuego cruzado”, que se centra en los enfrentamientos entre tres especies inteligentes con intereses irreconciliables, tiene entre sus principales atractivos la jerga deslumbrante y novedosa que utilizan sus personajes. Y aunque a veces una desearía que la autora le “apartara el musgo de los ojos” para permitirle “masticar” mejor los entresijos de la historia, no cabe duda de que Martínez “no da a comer bocados de niebla” con una trama que plantea interesantes cuestiones sobre hasta qué punto nuestra propia parcialidad puede llegar a condicionar la manera en la que percibimos al otro. Martínez, además, desgrana en esta primera novela algunos detalles de un sistema religioso absolutamente fascinante (y muchas de sus reflexiones en este sentido son tan sugerentes como algunos de los relatos de ciencia ficción religioso-cosmogónica de Ted Chiang) cuyas auténticas implicaciones se intuyen, pero no se revelan, hasta la cuarta y última novela de las que integran el volumen.

La segunda historia, “En tierra extraña” (premio Ignotus 2017 en la categoría de novela corta), se centra en explorar una sociedad expansionista basada en un sistema de organización similar al de las hormigas, aunque también están presentes otras obsesiones de Martínez como el lenguaje (con ese primer acto conmovedor en el que dos criaturas se sorprenden sintiendo algo a lo que no son capaces de poner nombre), el sexo y, una vez más, la cuestión de la “mirada extraña” que da nombre a la obra: la dificultad de comprender al otro.

“Los dioses de Amarán”, quizá la más convencional en fondo y forma de las que integran el volumen, conecta de manera sutil y deliciosa con la historia anterior y aborda la lucha por la supervivencia de una sociedad en la que todo lo relacionado con la carne (desde el ejercicio físico hasta el sexo) es menospreciado y evitado hasta sus últimas circunstancias.

El círculo se cierra con “La perversión de la luz”, en la que, a través de un archivo del que sólo es posible la recuperación de algunos fragmentos (una vez más, Martínez juega con el lector interrumpiendo periódicamente el suministro de información, en esta ocasión de manera explícita con mensajes como “ERROR DE LECTURA”), se va desovillando el descubrimiento de un complot en el seno de una sociedad estamental y religiosa. La historia sigue la evolución de un aspirante a sacerdote que realiza un inquietante hallazgo y el relato, plenamente disfrutable per se, resulta ser un bocado especialmente sabroso por la manera en la que afecta a todo lo que habíamos creído entender sobre la primera historia, “Fuego cruzado”, que ahora se presenta a nuestros ojos con unos contornos diferentes.

¿Qué características debe tener un buen libro de ciencia ficción? ¿Sentido de la maravilla? ¿Hacernos reflexionar sobre nosotros mismos invitándonos a contemplarnos desde una perspectiva diferente? ¿Utilizar una óptica original para indagar en problemas de la sociedad actual? El libro de Felicidad Martínez tiene todo eso y más. Así que hagan el esfuerzo de abrirse paso a machetazos a través de esa jungla de nuevos términos, especies y situaciones que invade las primeras páginas. Serán recompensados.

La mirada extraña (Sportula 2016)
Rústica. 404 pp. 15 €
Ficha en La web de la editorial

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