Escritos fantasma, de David Mitchell

Escritos fantasma

Escritos fantasma

Hay obras de arte que se ponen como objetivo el de reflejar el pulso de una época. Escritos fantasma afronta ese notable reto con resultados por momentos brillantes. Se trata de nueve relatos vagamente entrelazados, de manera un tanto caprichosa, tarantiniana podríamos decir –o, más propiamente, iñarrituesca–, que recorren el mundo con el propósito de dar un reflejo coherente de su incoherencia. De su variedad, su riqueza, y su en ocasiones aterradora complejidad.

Lo que hace de este un libro singular es la descarada ambición de sus propósitos. Parece que Mitchell se plantea, en la búsqueda de ese reflejo totalizador de nuestras sociedades, utilizar un amplio abanico de los mecanismos posibles de la literatura. Es por eso por lo que esta obra puede, en cierta forma, ser considerad como fantástica, si es que la utilización de algún elemento no realista puede, de manera automática, incluir a un relato en esa categoría, idea que precisamente este texto parece desafiar. A lo largo de sus más de 450 páginas, hay un fantasma que aparece de manera tangencial en un par de relatos y como protagonista en otro. Además, la penúltima historia, que está claramente anticipada en la anterior, es sin duda de cf. ¿Es suficiente? Lo admito: no para mí, puesto que cada vez estoy más convencido de que una cosa es el género y otra el uso de elementos temáticos. Pero eso es otra historia: ahora quiero dar mis impresiones sobre una buena novela.

Escritos fantasma comienza en Japón, siguiendo los pasos de un individuo que ha llevado a cabo un atentado terrorista en el metro de Tokio, indudablemente inspirado en el perpetrado con gas sarín por miembros de la secta de la Verdad Suprema. Y, desde ahí, nos ofrece un panorama global de la humanidad atendiendo a pautas realmente inusuales, de libérrimas: el narrador variará, tomando en varias ocasiones a protagonistas con los que también nos será muy difícil simpatizar, pero con los que Mitchell –he ahí la magia de un buen narrador– sí que es capaz de hacernos empatizar. Cambiarán los tonos de voz, cambiarán radicalmente los escenarios –de un puesto de té a la vibrante vida bohemia de Londres, pasando por ese Far West posmoderno que es la Rusia actual o la locura capitalista de Hong Kong– y cambiarán los elementos temáticos de cada historia en sí, pero el lector atento podría ir adivinando la continuidad en forma de personajes que hacen cameos en las historias ajenas. Al final, un poso de reflexión nos llevará a descubrir cuál es el nexo de unión último de las historias: ese retrato de un mundo globalizado, extraño y hermoso, siniestro y esperanzador, que está al alcance de nuestra mano disfrutar o destruir.

Sólo un escritor joven como Mitchell podría tener esa capacidad para retratar nuestra globalidad. Lo bueno es que a esa visión fresca, el escritor inglés es capaz de unirle una buena dosis de criterio literario. Algunos excesos de entusiasmo ocasionales, ciertas concesiones a la modernidad –inevitables, supongo, para un autor joven afrontando un reto de esta naturaleza– que pueden poner fecha de caducidad a la obra y algunos finales resueltos a vuelapluma son las únicas pequeñas taras que evitan que Escritos fantasma pueda aspirar a la etiqueta de obra maestra. Pero lo que queda es una novela de agarrarse los machos y esperar con impaciencia nuevos trabajos del autor. Tropismos, la editorial salmantina que está demostrando un exquisito buen gusto en la selección de material, ya ha publicado su siguiente trabajo, El atlas de las nubes, que según las referencias es mejor y de temática más fantástica. Yo, desde luego, me apunto sin dudar.

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