Una cabeza llena de fantasmas, de Paul Tremblay

Confieso que cometí el error de ver El exorcista, la cinta seminal del subgénero de posesiones y familias amenazadas por entes diabólicos infernales, ya con veintimuchos y en plan listillo, así que he de reconocer que el relato de unos señores mayores fuertemente armados con rosarios, cruces, agua bendita y el Tubular Bells, enfrentándose a las gamberradas de un demonio que parecía un secundario de Desmadre a la americana o Los incorregibles albóndigas, no sólo no me impresionó demasiado, si no que acabó por hacerme reír, convencido de que, muy probablemente, la película había sido generosamente financiada por el Vaticano. Visto ahora con la distancia y la serenidad de espíritu que da la vejez, es muy probable que la intención de William Friedkin fuese presentar de forma irónica el venerable relato que alimenta este subgénero; el de la autoridad divina y solar metiendo en vereda al impulso sexual femenino, libre y torrencial, que, sin la pertinente represión, amenazaría con sumir en el caos y la anarquía el orden social. Y es que si el género de terror anglosajón es, en general, y con excepciones, conservador en lo ideológico, este subgénero de posesiones, heredero moderno de la literatura gótica, es ya el epítome de los valores de la Iglesia y la reacción norteamericana; familias de bien amenazadas por demonios del averno que intentan subvertir el sagrado orden áureo familiar a base de tacos, gruñidos de death metal, chorreones de sangre menstrual y vómitos de colores. Algo que debió llamar la atención de Paul Tremblay,  a quien imagino lanzándose a escribir Una cabeza llena de fantasmas tras asistir a la popularidad de imitaciones aún más mojigatas de El exorcista, como El exorcismo de Emily Rose o las cosas de la factoría Wan, (mismamente, The Conjuring 2 debe ser una de las películas de terror más reaccionarias que he tenido el placer de ver recientemente). Pero, desgraciadamente, el resultado no está a la altura de las intenciones.

La estructura de la novela es un gran flashback en el que Merry Barnett, la protagonista, le narra a una escritora como vivió en primera persona el episodio de posesión demoníaca que sufrió su familia cuando ella tenía ocho años. Familia modelo de la élite trabajadora norteamericana, clase media caída en desgracia por culpa de La Crisis; el padre, despedido del trabajo a edad madura, abraza la religión viendo perdida su posición de poder tras serle arrebatado su papel de proveedor, la madre, al borde de la depresión y alienada de su familia, paga los gastos y la hipoteca con su trabajo en banca, y, finalmente, las dos niñas, la propia Merry y Marjorie, una adolescente que aparentemente sufre una especie de esquizofrenia (oye voces). Según avanza la novela, el rebelde comportamiento (y la salud) de Marjorie van empeorando en ambiguas escenas de telefilm de terror, así que al cabeza de familia, poseído a su vez por el fervor religioso, llega a la única conclusión posible; esto es un demonio, llamemos al cura. Pero, empujados por la precariedad económica (cenan espaguetis todas las noches), no se les ocurre otra idea que vender los derechos de retransmisión de la posesión demoníaca y su posterior exorcismo a un canal de docu-realities de esos que tanto abundan en la tele por cable americana y la TDT nacional. ¿Qué podría salir mal?

Pues todo o casi todo, querido lector, tanto en la serie de catastróficas desdichas que castigarán a la pobre familia Barrett por ponerse a vender sus intimidades, como en lo ya estrictamente literario. Aunque, como ya comenté más arriba, las intenciones de Tremblay son buenas (satirizar, criticar o rebatir el carácter conservador misógino y retrógrado que atraviesa como un nervio calcificado el género de terror en muchas de sus formas), su camino nos lleva a algo todavía peor que el infierno; el tedio. Tremblay descarta una interpretación innovadora, original, transgresora o subversiva del cuento gótico como en su momento hicieron Shirley Jackson (por mucho que se homenajeé a Siempre hemos vivido en el castillo), Angela Carter en La cámara sangrienta o incluso el Iain Banks de La fábrica de avispas, y se inclina por la novela juvenil de textura cinematográfica que en la forma no se diferencia demasiado de las obras que critica, salvo que en este caso el origen del MAL no será ese elemento externo y disruptor de la plácida institución familiar, metaforizado en un bicho del averno que arrastra a la familia a los abismos de la blasfemia, el sexo y el ateísmo, sino que ahora los chungos serán esos señores de orden que, como los jueces de Salem en el siglo XVII, identificarán en los comportamientos incorrectos, incluso en la enfermedad mental de una adolescente, la inequívoca mano del diablo.

Uno de los problemas que le he encontrado a Una cabeza llena de fantasmas es la decisión de Tremblay de tomar la voz narrativa de una niña de ocho años. Es una decisión que parece fruto de la pereza, puesto que le soluciona de un plumazo muchos problemas y le permite simplificar la caracterización y el desarrollo dramático. Dentro de un pretendido retrato naturalista familiar no se entiende bien la dinámica de la familia, resulta como mínimo forzado el descenso del padre a los pozos de la credulidad religiosa, y su comportamiento, cada vez más estúpido, cruel e insensible, sólo se comprende desde las necesidades del argumento. Se desconoce la naturaleza del conflicto de Marjorie, salvo una posible enfermedad mental y un impulso rebelde que no sabemos muy bien a qué responde, si a la situación económica de la familia, a la progresiva descomposición del matrimonio Barnett o a, como la novela te restriega una y otra vez, la conversión al cristianismo militante de su padre. Evidentemente, una niña de ocho años no puede discernir la corriente subterránea que explique el conflicto familiar, ni presentar un análisis más interesante o más complejo de las relaciones familiares en un contexto de estancamiento social y disolución de la clase media, así que Tremblay se libra de tener que pisar charcos sociológicos ni meterse en zarandajas piscológicas. ¡Todo ventajas!

Además, como se trata de una mujer adulta rememorando lo que ocurrió cuando tenía ocho años, Tremblay tampoco tiene que esforzarse demasiado en crearle una voz particular más o menos acorde, básicamente Merry es el autor hablando. Y habla, o más correctamente, escribe, muchísimo. Resulta paradójico que Merry no perciba bien los conflictos psicológicos familiares, pero sí que se acuerde de cada detalle superfluo, cada escena redundante, cada diálogo trivial, hasta el listado completo de lo que hay grabado en la cámara de video familiar. O que la obsesión de Merry con el caso y la constante revisión del reality que filmó la peripecia familiar han mantenido fresca su memoria sin provocar una reflexión profunda sobre el contexto, conflicto y motivaciones de sus familiares que vaya más allá de la perniciosa acción del patriarcado. Pero si lo miramos desde la perspectiva de la construcción del relato literario, todo cobra sentido; en este caso el recurso de narrador poco fiable se emplea para comunicar el mensaje de forma la forma más sencilla y fácil posible, sin tener que bregar con un análisis más profundo de las tensiones en el seno de una familia de clase media en pleno proceso de descomposición, crear una poética propia y particular, o presentar una visión del mundo que vaya un poco más allá del telefilm de suburbio norteamericano. Así, en lo formal, la novela aparece terriblemente sobreescrita en un estilo ramplón, adivinándose la intención de facilitarle la digestión al lector presentando una película repleta de abundantes detalles y escenas superfluas que no aportan nada en absoluto y que, en mi caso, convirtieron la lectura en un penoso y aburridísimo vadear por anécdotas inanes que rellenan el espacio entre las tres escenas de miedo que organizan el relato de los Barnett, parándonos en todas las tópicas estaciones del trillado trayecto del film de posesiones al uso.

Otro problema, más irritante para mí, es que la novela no se fía de la inteligencia de sus lectores. Como ya comenté más arriba, en un momento dado y acosados por la hipoteca, los padres Barnett venden la endemoniada intimidad familiar a una cadena por cable que emitirá el programa bajo el título de La Posesión. Este recurso le sirve a Tremblay para darle unos tópicos palitos a la telerrealidad y, sobre todo, subrayar la crítica antes mencionada al carácter conservador y reaccionario de la narrativa de terror. Mediante la inserción de entradas de un blog sobre cine y literatura que disertan acerca de La Posesión. Tremblay convierte al reality en recipiente de los peores rasgos del cuento gótico que pretende criticar. Así, estos insertos te van contando otra vez lo que ya estás leyendo en el relato de Merry, explicando y relacionando la narrativa de La Posesión con el cuento gótico y su carácter conservador y misógino, citando toda obra de terror, cinematográfica, televisiva o literaria que se le pone a tiro, venga a cuento o no, por si no lo estás pillando. Entradas cuyo carácter didáctico revelan una estructura perezosa, puesto que cantan de lo lindo al relacionarse con el argumento principal de una manera gratuita, simplemente es de nuevo el autor explicándole al lector una serie de ideas de forma discursiva como si estuviese impartiendo una clase, llegando incluso al extremo de destripar El papel pintado amarillo de Charlotte Perkins en su descontrolado afán explicativo. Todo lo cual deja al desnudo la triste realidad; que Tremblay es incapaz de aprovechar su interesante concepto de partida, la crítica a los aspectos más problemáticos del género de horror, para crear una obra original con una poética propia y original, sino que se limita a jugar en el mismo marco aburrido, superficial y trillado del objeto que crítica.

Una cabeza llena de fantasmas, de Paul Tremblay (A Head Full of Ghosts. William Morrow, 2015).
Nocturna Ediciones. Colección Noches Negras, 2017.
Traducción: Manuel de los Reyes
Rústica, 389 pp. 15,67€

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