La piel fría, de Albert Sánchez Piñol

La piel fríaNada más empezar a leer La piel fría, se experimenta un regusto a ciertas lecturas iniciáticas: a Louis Stevenson y a Daniel Dafoe, y también a Jack London y algún otro que con los años he olvidado. Desde las primeras páginas, la novela nos habla adoptando el lenguaje clásico de la aventura: la isla perdida en una latitud ignota, la llegada del oficial atmosférico con la sola misión de anotar la fuerza y la dirección de los vientos, la profunda soledad que experimenta un personaje del que se nos dice que es, además, huérfano. En la isla hay, aparte de su casa, un faro abandonado habitado por un ser huraño y brutal, un personaje que no se sabe muy bien si ejerce de antagonista o colaborador, una criatura que responde al nada críptico nombre de Batís Kaffó, y que termina siendo el vínculo entre Kollege (otra referencia robinsoncrusoniana) y el misterioso mundo acuático que vomita cada noche una caterva de criaturas monstruosas con la –aparente- determinación de eliminarlos a los dos.

Sin énfasis, sin calor alguno, Batís Kaffó y Kollege se ven en la tesitura de defenderse mutuamente del puntual asedio de unos seres de piel fría, lisa, cráneos pequeños y ojos redondos a los que disparan y dinamitan sin piedad. El hosco farero oculta, además, a una criatura que ha hecho suya y que se llama Aneris (¿Sirena?), y que se mueve en el límite entre una humanidad primitiva y la animalidad más abyecta e indiferente. Es así que van emergiendo otros ecos literarios, otras visiones: la segunda parte del Viaje al fin de la noche de Céline, cambiando la clave húmeda y tropical por una ambientación gélida y acuática; pero sobre todo, El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. La referencia a la antropología de salón, al etnocentrismo de la visión del protagonista, se esboza en la conservación de un único libro en la isla: La rama dorada de sir James Frazer.

En la absoluta falta de entendimiento entre las dos especies; la humana y la Citauca, late el principio de fatal desencuentro con el Otro. Ni siquiera queda claro el origen del conflicto, el propósito de las hostilidades o la posibilidad de entendimiento. Kollege no sabe por qué lucha y termina por no entender la finalidad de la terca resistencia que los dos hombres oponen al asedio. Como una singular Helena de piel verdosa y dedos membranosos, nunca queda del todo claro si Aneris fue raptada o permanece voluntariamente junto a los dos hombres que la utilizan y la apalean por turnos. La posibilidad de entenderse con las criaturas solo aparece esbozada cuando éstas se despojan de su propia autonomía y envían a sus renacuajos en una suerte de negociación incomprensible para la lógica de los europeos.

En ese desencuentro, en esa visión colonialista y utilitarista del Otro al que no se puede concebir sino como enemigo o esclavo, Sánchez Piñol ejecuta un relato eficiente y muy bien ambientado: los conocimientos frenológicos del protagonista (siempre obedeciendo a la lógica clasificadora de la antropología de principios del siglo XX), la referencia a la rebelión irlandesa y a la Gran Guerra, y también las dimensiones de un conflicto que empieza planteado como “hombre contra naturaleza” y termina en un “hombre contra hombre” que deriva en un aturdido Kollege situado delante del espejo. Para entonces, siguiendo el orden de los acontecimientos, el relato se ha cerrado en un círculo perfecto.

Es ésta una novela con buen pulso narrativo y lectura amena, con muchas virtudes y cierta enjundia, pero no voy a recomendarla por ninguna de esas razones, sino por otra mucho más etérea e inaprensible. La piel fría entra en ese privilegiado grupo de lecturas que, una vez empezadas, no pueden soltarse. No la lees tú a ella, te lee ella a ti del tirón, hablándole a tus debilidades y a tu insaciable pasión por conocer qué se esconde a la vuelta de cada página, cuál es el misterio, cuál su solución. Una novela que se lee intensamente, de una sentada, y a la que según he oído no le hace justicia su versión cinematográfica.

La piel fría (Alfaguara, col. Alfaguara Hispánica, 2015)
La pell freda (2002)

Traducción: Claudia Ortego Sanmartín
Rústica. 245pp.
Ficha en la web de la Tercera Fundación

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