Sobre el relato postapocalíptico

The Road

Uno de los subgéneros más encantadores de la ciencia ficción, uno de los que más puede atraer a los no interesados en el género, que puede ser terreno compartido para lectores de todas las sensibilidades y tendencias, es la literatura postapocalítpica. No hace mucho vimos, con La carretera de Cormac McCarthy, un boom del subgénero, un auge explosivo que lo popularizó más allá de sus fronteras, que gustó a todo el mundo y que llegó, de manos de un autor no especializado en el género, a todas las capas del público lector. Creció y se multiplicó (yo creo, por otra parte, que ese libro es uno de los motivos por los que se ha expandido, también, el universo primo hermano de los zombies). Independientemente de los incuestionables valores de la novela, del asombroso talento de McCarthy, creo que la propia naturaleza de lo postapocalíptico contribuyó a extender el subgénero. Pero, ¿por qué llegó tan lejos? ¿Por qué lo postapocalíptico sí y la interacción con alienígenas, por ejemplo, no?

La puesta en escena de la literatura postapocalíptica tiende a ser menos excéntrica que, digamos, la de la space opera o la de los viajes al futuro, que exigen, para ser aceptadas, un poco más de ese entusiasmo innato que siente el freak por las transgresiones de la ciencia ficción. En general, no asistiremos a ese despliegue de imaginario cienciaficcionesco tan exagerado que vemos en la space opera. Por el contrario, veremos tierras arrasadas, edificios abandonados, agrietados y moribundos, todo será ruina, calles invadidas por una vegetación que crece desatada, gente enloquecida, que sobrevive como puede, pequeños, miserables caudillos que se aprovechan de su fuerza para depredar a los más débiles, veremos escenas de una pobreza ilimitada, hambre, dolor, sufrimiento. Mucho frío y mucha soledad. Veremos muerto todo lo que está vivo. Algo con lo que cualquier lector, sea o no aficionado al género, puede identificarse. Lo vemos en la actualidad: siempre pienso en el escenario de después de una guerra, más o menos, y en ese sentido quien lea no tendrá que pedirle a su cerebro el esfuerzo que necesitaría para aceptar las delicias futuristas de lo que me gusta llamar “la ciencia ficción más colorida”. Es un desgarro de la realidad que puede aceptar cualquiera porque no está tan alejado de la realidad común.

Mecanoscrit del segon origenEn La tierra permanecede George R. Stewart, tenemos una obra seminal, como ya dije, que es, a su vez, la mejor puerta de entrada al subgénero (aunque en mi caso fue la fascinante Mecanoscrit del segon origen, de Manuel de Pedrolo). Estos autores tejen un lienzo que es pura aridez infértil para el ser humano. Todo está acabado para sus personajes. Y los autores imaginan cómo reaccionaría el ser humano en una situación así, cómo sería su comportamiento, cuánto tardaría en perder su humanidad. Todo lo tienen en cuenta. La tentación de jugar a ser dios. El libre albedrío. El surgimiento del despotismo y de la solidaridad. Son mundos en los que, como todo está muerto, todo es posible. También, en ese sentido, se puede interpretar como una segunda oportunidad para el conjunto de los seres humanos. Son posibilidades inquietantes que no apelan a un tipo de lector en particular, ni a unos gustos literarios determinados. Apelan a nuestro instinto de supervivencia y a nuestra humanidad más primaria, a lo que somos cuando nos despojan de la civilización. En otras palabras, a lo que una vez fuimos como especie en desarrollo.

Podremos argumentar que los motivos por los que un planeta esté arrasado son limitados, que siempre será más o menos lo mismo, y al hacerlo nos estaremos equivocando. También podemos creer que las consecuencias serán más o menos igual en todas las novelas del subgénero. Que veremos a los personajes actuando y preguntándose cosas muy parecidas en situaciones calcadas, y nos estaremos, otra vez, equivocando. Cualquier cosa puede dar pie a una historia postapocalíptica, y de muchas maneras muy diferentes pueden reaccionar los personajes.

En Herencia de estrellas, de Clifford D. Simak, es la propia humanidad, en un gesto de humildad y arrepentimiento, la que provoca ese estado primitivo, post-sociedad, al destruir toda la tecnología humana. Después, lo único que queda son vestigios de un pasado que no se sabe si es mito o realidad. En la espléndida, pero olvidada, Earth in Twilight, de la asimismo espléndida pero olvidada Doris Piserchia, en la Tierra sólo han sobrevivido, aparte de animales mutantes, algunos restos vagamente humanoides de lo que una vez fueron personas, por culpa de unos experimentos científicos de unos seres muy humanos que, viendo el desastre que habían provocado, huyeron a las estrellas y dejaron a esas mutaciones en un planeta hundido en una flora selvática que, sin límites, se fue agigantando con los siglos. (Esta novela es mejor, a mi juicio, que la también postapocalíptica El día de los Trífidos, de John Wyndham). Aparte de la ya mencionada novela de Pedrolo, no podemos olvidar una trilogía postapocalíptica escrita en castellano, en un castellano tan arrasado, tan resquebrajado como el propio mundo que describe. Me refiero a Plop, Frío y Subte, de Rafael Pinedo. Absolutas obras maestras de la literatura postapocalíptica, y de lo mejor que se ha publicado en cualquier género en lo que llevamos de siglo XXI.

Earth in Twilight

Por necesidad, los posatpocalípticos son relatos, como decía, de supervivencia, de acción y aventura, son relatos en movimiento continuo, descentralizados como las road movies. (Es importante no confundirlos con las distopías, en este sentido, que suelen ser más monolíticas, más estancas). No es casual que esto sea así: los supervivientes de una catástrofe, originada por lo que sea, no se van a quedar quietos en un mismo sitio, no van a esperar a que un buen día salga el sol por la mañana y todo vuelva a la normalidad. Tienen que moverse para sobrevivir. Lo primitivo y primario que tienen todas las historias de supervivencia es otro de los atractivos consustanciales del género, que tampoco es patrimonio exclusivo de los amantes de la ciencia ficción.

Ese movimiento perpetuo de los personajes también está ahí para que el autor pueda describir otras regiones de ese mundo devastado, ampliar el círculo de la calamidad, ampliar la dimensión de tanto horror post-civilización, y, en definitiva, recrearse con las descripciones de un mundo en ruinas. Además, obtiene dos dibujos: el inmediato, el de sus descripciones objetivas del escenario postapocalíptico, por así decir, y el que imagina el lector por elipsis, o por ausencia. ¿Cómo sería esa casa abandonada antes de la catástrofe? ¿Quién viviría en este refugio en ruinas? ¿Estos restos humanos, fueron devorados o murieron por causas naturales? Siempre hay dos realidades superpuestas en la literatura postapocalíptica. De nuevo, no hay que ser un entusiasta perdido del género para disfrutar de estas cualidades.

También entrañan una profunda crítica a la humanidad, a su fanatismo y a su ceguera. Podemos acabar así, nos dicen. Son un alto en el camino. Un llamamiento a la cordura. Por otra parte, yo nunca he escrito una historia así, pero qué divertido debe ser para el autor destruir, con sus palabras, un mundo que persevera en el error, cargarse con la escritura todo lo que no funciona.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *