La fase del rubí, de Pilar Pedraza

La fase del rubíLo gótico tuvo un protagonismo incuestionable en las literaturas británica, francesa o alemana. Sin embargo en España su paso fue apenas testimonial. Más allá de Gustavo Adolfo Bécquer cuesta encontrar ejemplos tardíos, siempre a eones de la masa crítica de los países citados donde el fantástico sentó sus reales entre finales del XVIII y comienzos del XIX. La ausencia de una gran novela a la que poder acudir para hablar de nuestro espíritu gótico era fehaciente hasta que Pilar Pedraza la escribió hace tres décadas en La fase del rubí. Un libro que es a la literatura castellana lo que Las historias naturales de Perucho a la catalana: una vuelta a los códigos de una narrativa entre olvidada e inexistente, reinterpretados bajo una mirada fresca, incisiva y extrañamente repleta de humor. Adaptada a los modos contemporáneos sin, por ello, apartarse de la tradición.

Mientras Perucho tramaba la búsqueda de un vampiro por la Cataluña en los estertores de la primera Guerra Carlista, para su opera prima Pedraza se decantaba por una trama más prosaica. Mediante dos narradores complementarios se introducía en la Castilla del siglo XVIII para incorporar un arsenal de elementos góticos al imaginario de la meseta. El primero de ellos, Torcuato, se encarga del tribunal del Santo Oficio en una ciudad de provincias. Este aburrido y gris funcionario, más preocupado por terminar una traducción de Tácito que por corretear detrás de brujas y herejes, se mueve por las barriadas, palacios y conventos intra y extramuros acechado por posesiones, casos de mal de ojo, desapariciones… Misterios aparentemente inexplicables para cuya resolución cuenta con la inestimable colaboración del padre Losada, un colega con el que mantiene animadas discusiones sobre lo divino y lo humano.

Este relato, desplegado desde la relativa objetividad de un narrador omnisciente, encuentra su réplica en la otra mitad de La fase del rubí: el testimonio en primera persona de Imperatrice, su hermanastra. Una Erzsébet Báthory castellana a la búsqueda de sensaciones extremas que la saquen del hastío de la vida en provincias. A pesar de las pequeñas libertades que se permite dada la posición de su familia, se siente oprimida por unas convenciones sociales ajenas a sus deseos, lo que le lleva a explorar una amplia gama de experiencias prohibidas: la seducción de una joven, un aquelarre en un cementerio, un sangriento ritual en un matadero… Todo mientras su hermano ni se imagina con quien comparte techo.

Pilar PedrazaEn su primera novela Pedraza ya se muestra dominante en la elección y el cambio de registro de la narración. En los capítulos protagonizados por Torcuato se observa siempre un tono satírico que, según el sujeto de su descripción, bascula entre lo sutil y lo desbordante. Leve y muy controlado cuando se da de bruces con un pueblo analfabeto acogotado por sus prejuicios, miedos y un saber sobrenatural en función del cual interpretan todo lo incomprensible. Desatado cuando son los altos estamentos los que ocupan el escenario como la Inquisición o ciertos iconos castizos, desnudos de toda mística legendaria y expuestos como seguramente fueron vistos en su época, caso de una religiosa con unos éxtasis tras lo cuales sus compañeras ven la acción de Satán. Incluso el momento elegido por Pedraza para situar la novela, el llamado Siglo de las Luces, deja entrever la carga humorística. El período en el que supuestamente la razón y la ciencia comenzaron a romper el dominio de la superstición queda aquí representado en toda su inconmensurable contradicción. La propia indefinición del lugar narrativo llega a extenderse al momento temporal y es fácil perder de vista cuándo ocurre La fase del rubí. Gran parte de lo sucedido sería igual de válido en la España del NO-DO.

Este marco se integra con su contrapunto, la vida secreta de Imperatrice. Una sucesión de capítulos empleados para desplegar pequeñas secuencias que, aisladamente, funcionan como estampas cotidianas y, a medida que se acumulan, ejercen de muestrario de perversiones góticas entre lo siniestro y lo sensual. El cambio de la voz narrativa hacia un relato en primera persona introduce un grado de intimidad que contribuye a subvertir la conexión entre lector y personaje. Lo que de otra manera serían unas correrías distantes y abyectas ganan en cercanía en virtud a la complicidad alentada por Pedraza. Sin sacrificar el carácter censurable de las más macabras, la inevitable condenación del personaje trae consigo una cierta simpatía en cuanto los matices de su tragedia personal quedan al descubierto.

Han pasado treinta años desde su primera publicación en la colección La Flauta Mágica de Tusquets. Y gracias a ese particular sentido del humor, su aire atemporal, su espíritu subversivo, sus dos protagonistas, La fase del rubí conserva una grandeza que sólo los grandes títulos logran con el paso del tiempo. Unas cualidades al alcance de cualquier lector gracias al esfuerzo de una editorial como Valdemar, que acogió a Pilar Pedraza desde prácticamente sus comienzos y se ha preocupado de mantener sus libros en circulación durante casi tres décadas. Una labor nunca suficientemente alabada.

La fase del rubí (Tusquets, col. La flauta mágica nº7, 1987)
Rústica. 208pp.
Ficha en la web de la Tercera Fundación

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