Brian W. Aldiss, In Memoriam

Brian W. Aldiss

La noticia del fallecimiento de Brian Aldiss no nos puede pillar de sorpresa puesto que el caballero tenía 92 años. Ya no quedan muchos escritores tan importantes de ciencia ficción que empezaran su carrera en los cincuenta: Robert Silverberg, Harlan Ellison… A vuelapluma no se me ocurre ninguno más de esa envergadura (teniendo en cuenta que Ursula K. Le Guin, que es de la misma edad, empezó a publicar en los sesenta).

Aldiss siempre fue una figura un poco excéntrica, dada su evidente fobia a encorsetarse de cualquier manera o su éxito en el ámbito académico inglés cuando eso era algo lejos de resultar corriente. En ese sentido, creo que es una de las grandes oportunidades perdidas del género. Una muestra de cómo han cambiado los tiempos, porque alguien con su perfil hoy tendría el camino mucho más despejado. Ya que el hombre lo intentó, vaya que sí: quiso hacer más grande a la cf con antologías en Penguin Modern Classic, historias del género elaboradas de forma muy seria para la época (A Trillion Year Spree), novelas decididamente próximas a la vanguardia literaria (en particular A cabeza descalza), y todo ello sin dejar de escribir ciencia ficción a calzón quitado, con toda la imaginería, incluyendo space-operas alternativas y siempre inteligentes, fuera de lo convencional.

Como Ballard, Aldiss fue demasiado bueno para el género de los años sesenta y setenta, pero es evidente que se mantuvo demasiado fiel a él para conseguir el tardío culto logrado por su paisano. Por todo eso debería ser leído hoy, y se hace tan injusto que sólo haya un par de libros suyos disponibles en catálogo.

Creo que también su reducida presencia en la cf en la actualidad se ve lastrada por un hecho cierto: no tiene ninguna obra maestra redonda, definitiva, o que haya dado el salto al imaginario que tiene el lector no especializado sobre la cf. Me refiero a que ningún libro suyo ha trascendido a la manera de Crash para Ballard, Pórtico para Pohl o 2001 para Clarke. También eso lo intentó Aldiss con la trilogía Heliconia, una serie de libros demasiado extensos y densos que ya es un tópico calificar como la búsqueda deliberada de escribir una obra maestra, ya entrados los años ochenta.

InvernáculoAunque Invernáculo es la elección evidente como “novela de Aldiss que la gente recordará” (de hecho, es un condensado en una quinta parte de páginas de los mejores aciertos de Heliconia), sólo quizá en disputa con la temprana La nave estelar, yo prefiero quedarme con obras que en su momento pudieron parecer menores, de repertorio en una carrera siempre inquieta, pero que suponen lecturas sólidas y exigentes: Enemigos del sistema, Galaxias como granos de arena, Los oscuros años luz, Un mundo devastado… Los cuentos recopilados en las antologías Romance del ecuador y Los mejores relatos de ciencia ficción son incluso superiores.

Frankenstein desencadenado, que es una maravillosa muestra de amor por el corazón del género y una novela brillante, es la única de sus novelas que se ha llevado al cine. Pero en esto tampoco tuvo suerte y Roger Corman hizo una de sus peores películas a partir de un material tal vez demasiado exquisito para el cineasta estadounidense en esa fase final de su carrera. Más conocida es la adaptación de su relato “Los superjuguetes duran todo el verano”, que primero intentó Stanley Kubrick y finalmente rodó Steven Spielberg como I.A. Pero ese proyecto tampoco le dio muchas satisfacciones; la relación con Kubrick fue mala y el guión terminó en manos de Ian Watson, un escritor con el que Aldiss mantenía desavenencias por razones que nunca llegué a conocer de ninguno de los dos implicados.

Dado que acabo de conocer la noticia y me han pedido un texto que no quisiera retrasar para que no quede sepultado por otras necrológicas, voy a añadir aquí unas líneas que escribí hace años sobre mi relación personal con él. Quien prefiera simplemente ceñirse a su obras y ahorrarse esa parte casi inevitable de los textos de homenaje en que el redactor habla en realidad de sí mismo, puede ahorrárselos y esperar a los análisis más serios que deberían llegar en las próximas semanas.

Aldiss, para empezar, llamaba la atención por su apostura. Era uno de esos señores ingleses que podía llevar calcetines a rombos de colores chillones y no parecer un hermano Tonetti, sino un caballero que tiene la curiosa excentricidad de llevar calcetines a rombos. Al fin y al cabo, fue nombrado Oficial de la Orden del Imperio Británico, así que efectivamente era un Lord. Cuando le vi por primera vez, en una convocatoria de prensa que hicieron Minotauro y el British Council por la publicación del segundo tomo -creo recordar- de Heliconia, me llamó sobre todo la atención esa elegancia carismática, inaprensible: el jersey de cuello de pico, la chaqueta de pana, la altura, la dignidad del movimiento, los dichosos calcetines. En suma, la capacidad intrínsecamente inglesa de ir vestido como un adefesio y parecer un pincel por algún tipo de aura que no se compra en ninguna tienda.

Brian Aldiss en la WorldCon de 1990La primera anécdota que he repetido cien veces respecto a Aldiss me sirve con frecuencia para ilustrar lo que es el periodismo cultural en España. Quien organizó la sesión, que me conocía, me puso en último lugar sabedor de que el pobre autor llegaría a esas alturas exhausto de repetir las mismas respuestas a las mismas preguntas. Porque la vida del periodista cultural consiste en leerse un resumen de prensa y hacer preguntas a partir de ahí: consecuentemente, las mismas preguntas todos. ¿Quién podría leerse un libro de 500 páginas de un día para otro para hacer una entrevista inteligente sobre él?

Así que me senté delante del atribulado Aldiss y le dije: “Quería comentarle algo que me dio que pensar en Enemigos del sistema…”. El, que parecía resignado al enésimo tostón consecutivo, alzó la mirada súbitamente sorprendido y me preguntó: “Usted… ¿ha leído Enemigos del sistema?”. Y a partir de ahí, la entrevista fue estupenda. De hecho, pidió que me invitaran a una cena conmemorativa que había esa noche, después de su acto en el British Council, en un lujoso restaurante catalán.

Así que hicimos buenas migas: los dos compartíamos entusiasmos, como por Eslovenia o por la literatura catastrofista inglesa de cf de los años cincuenta, Wyndham, Christopher y demás, sin olvidar mi propia admiración por su obra. Al día siguiente salimos a pasear por el centro, y le regalé una copia en vídeo que encontré a bajo precio de Remando al viento. A las pocas semanas, me remitió una amable carta diciéndome que le había encantado esa “interpretación española existencial del mito del monstruo”.

Cuando salió la posibilidad de invitar gente a la Semana Negra, en la primera ocasión en la que se planteó el traer autores internacionales, Paco Taibo me consultó y le di el nombre de Aldiss. Por supuesto, la idea era perfecta: al ser inglés, el viaje era barato, y en cuanto al caché del escritor, por entonces no había muchas dudas.

Como aperitivo, organizamos en Madrid, con él y con Connie Willis, unos actos en el Círculo de Bellas Artes. La cosa fue bastante agradable, y Aldiss pareció cómodo tanto ahí como en los inevitables paseos turísticos que dimos a lo largo de esos días.

A Science Fiction OmnibusY entonces llegó el Waterloo, en la propia Semana Negra. A Aldiss no le gustó el conocido aire informal de la organización, que no era precisamente el tipo de evento al que estaba acostumbrado. Su mujer, Margaret, se encontraba pachucha, y él andaba preocupado. Y, para colmo, ocurrió algo que le ofendió profundamente: pusieron nuestro acto a las 18:00, mientras llegaba luego a las 19:00 Connie Willis, presentada por Elia Barceló.

Fastidiado por ser convertido en telonero de una escritora que a él le debía parecer, seguramente, mediocre, Aldiss convirtió nuestra conversación en un auténtico tormento. Se dedicó a responder con monosílabos. Demostró su incomodidad de todas las maneras posibles. Yo me ponía cada vez más nervioso, y buscaba sacar temas que sabía, por nuestras conversaciones previas, que le interesaban. Llegó al extremo incluso de mentir, llevándome la contraria en temas respecto a los cuales yo conocía su postura y sobre los que le ponía las respuestas en bandeja. Fue apenas media hora, de las peores que he pasado ante público. Aldiss se fue de la carpa sin despedirse, se marchó de Gijón al día siguiente y nunca nos volvimos a comunicar.

En las ocasiones previas disfruté de una persona bastante más agradable que todo eso, que seguramente no fue más que un momento malo debido a un encadenamiento de circunstancias. La verdad es que guardo un recuerdo muy entrañable de los días que pasamos juntos en las dos ocasiones previas de Madrid, lamenté profundamente la muerte de Margaret -una dama encantadora- y, en contra de lo que me ha pasado con otros autores con los que interactué, seguí luego disfrutando enormemente su obra. Que, posiblemente, sea uno de los grandes resúmenes -en sus éxitos y fracasos- de la historia de la cf como género.

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2 pensamientos en “Brian W. Aldiss, In Memoriam

  1. El caso de Aldiss es paradigmático por cómo se fue reinventando a lo largo de su carrera, desde aquellas primeras novelas más clásicas con un deslumbrante sentido de la aventura. El pesimismo y la extrañeza de su producción de los años 60 y parte de los 70, con esos destellos de experimentalismo de A cabeza descalza o Informe de probabilidad-A (que no pude terminar). Las historias entre la ciencia ficción y la fantasía que escribió entre los 70 y los 80 entre las que se encuentra su libro que más aprecio: “El tapiz de Malacia”. Un relato de pícaros en un escenario fascinante claramente heredero de la Italia del renacimiento en el cual la “humanidad” no ha evolucionado de los mamíferos sino de los reptiles. Es cierto que en ellos Aldiss se volvió más prolijo y necesitó de más páginas para desplegar tramas aconvencionales, temáticamente menos evidentes. Quizás por eso también me siento muy cerca de Heliconia, una secuencia que me ganó con la pequeña novela corta con la que se abre Primavera. El relato de un personaje obligado a vivir años en una ciudad encerrada en una caverna, teniendo que desarrollar y valerse del tacto y el oído para poder desenvolverse. El lugar narrativo que construye en esas 70 páginas es prodigioso.

    Cierto es que, con el paso de los años y cómo dejaron de publicarse sus libros en España hace ya unos 15 años que no leo nada suyo. Pero Aldiss fue fundamental en mi educación como lector. Algo de lo que he sido todavía más consciente al encontrar todas esas ediciones de Minotauro (y Nebulae Segunda Época) mientras maquetaba estas palabras y que conecta, una vez más, a Paco Porrúa con uno de los autores que más aprecio. Estas muertes van unidas a la desaparición de una forma de entender la ciencia ficción y la fantasía, pero también a la transformación de un mercado donde ya hay demasiados libros esenciales inencontrables en una librería convencional, sólo sean accesibles a través de descargas en internet. Lo que hace todo esto, si cabe, un poco más triste.

    Descanse en paz.

  2. Tengo entendido que las desavenencias entre Aldiss y Watson eran (al menos en parte) por ideas políticas. Aldiss era simpatizante del partido conservador, mientras que Watson es rabiosamente de izquierdas y había sido candidato laborista a cargos poíticos.

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