El enviado de Roma, de Wallace Breem

El enviado de Roma

Hace un par de años, gracias a esta reseña, me hice con El águila en la nieve, de Wallace Breem. A mí, como al autor de la fenomenal reseña enlazada, estas historias fatalistas de last stand men me pirran, sean las Termópilas, los últimos de Filipinas, el amanecer zulú o el amanecer de los muertos. Pero El águila en la nieve no sólo cumplió mis expectativas, sino que las arrasó y entró directamente a formar parte de mi panteón de novelas favoritas. Porque lo que en superficie es una historia de soldados que resisten heroicamente hasta el final, es en realidad el drama, qué digo drama, la terrible tragedia de Máximo, el último general romano digno de tal nombre, un ciudadano y militar entregado a la causa de Roma, un imperio que se despedaza, y que, en virtud del deber, pierde amigos, camaradas, a su propia esposa, todo menos la vida, que finalmente se convierte en una carga que ha de sobrellevar penosamente. No sólo es una novela intensa, áspera, de un terrible fatalismo, sino que Breem es capaz de calzar algunos momentos emotivos realmente devastadores con simples pinceladas; un broche, un bárbaro cruzando el río helado, una muchacha secuestrada, un reproche silencioso a un amigo, un grito desesperado de furia en plena batalla.

En fin, que pocas veces había sufrido como una perra con tanto gusto como con El águila en la nieve; Breem se había convertido en mi nuevo ídolo. Así que claro, corriendo a la tienda a por El enviado de Roma.

Ambientada durante los años de gobierno de Octavio Augusto, ya definitivamente derrotada la República, en El enviado de Roma se narra la historia de Curcio Rufo, ex-centurión reconvertido en gris funcionario que pasa sus días quemado en la oficina, tomándola a la salida en alguna taberna romana, jugándose el salario en las carreras, esquivando a sus acreedores y tonteando con su novia Pero, con la que evita comprometerse más de lo necesario. Pero esta vida vulgar y anodina de un frustrado Curcio se ve truncada cuando, gracias o por culpa de Critón, un poeta amigo de nuestro protagonista, que se mueve por el mundo de los mecenas poderosos a ver si cae algo, acaba envuelto en una misión, mejor dicho, en el marrón no-win perfecto para encasquetárselo a un mindundi; rescatar a la hija de un legado destinado en Hispania. El legado fue asesinado y la muchacha se encuentra secuestrada en el quinto pino del mundo romano, el desierto mauritano del norte de África. Misión mucho más delicada y peligrosa de lo que parece; César Augusto se encuentra enfermo y el rescate de la muchacha y la corte mauritana parecen vagamente relacionados con las intrigas que se desatan alrededor de un Emperador sin hijos varones y al borde de la muerte.

Muy diferente a El águila en la nieve y más centrada en las argucias diplomáticas y los manejos políticos que en la épica militar, El enviado de Roma (Legate´s Daughter, en el original) es una compleja novela que recuerda mucho el estilo de Gene Wolfe y que le habrá roto los esquemas al habitual de la literatura histórica que inunda las librerías: lenta, plagada de elipsis muy bestias, acontecimientos que no se explican claramente, bruscos diálogos que abundan en referencias que el lector desconoce, situaciones que no revelan su verdadero sentido hasta pasadas unas cuantas páginas, un final que deja multitud de cabos sueltos… Pero nada de esto es gratuito. Breem, como ya ocurría en El águila en la nieve y su austeridad militar, adopta el estilo que mejor se ajusta a lo que quiere contar, en este caso la descripción de los difusos engranajes de la Historia y cómo las peripecias más insignificantes, las de la gente corriente, son las que mueven dichos engranajes. Porque la propia Historia, tal y como la percibimos los pringaos que la sufrimos día día, no es más que una serie de acontecimientos inconexos, que pertenecen a un orden mayor pero inextricable, como los mensajes cifrados que recibe Curcio desde Roma, acontecimientos de los que desconocemos sus motivos y que escapan a nuestro control. Un sendero por el que avanzamos a tientas como mejor podemos, donde incluso los momentos de triunfo resultan insatisfactorios y carentes de sentido y ni siquiera Rufo recibe en compensación un conocimiento mayor sobre el mundo que le rodea, pero a cambio sí aprende algo sobre sí mismo.

Por otro lado, de este modo se potencia la ambientación de la novela que, dentro de lo poco que yo sé del mundo romano, me ha parecido excepcional, tanto en el día a día de Curcio como en la parte que se desarrolla en Mauritania. A lo que contribuyen los, en un principio, confusos diálogos, que no son gratuitos en absoluto. Cuando los personajes (personajes de la Antigüedad, no americanos de hoy en día disfrazados con togas) hablan, hablan entre ellos, no lo hacen en beneficio del lector con el objeto de proporcionarle información. Y finalmente, me gustaría destacar de nuevo lo que más me gusta de Breem, su  enorme habilidad para construir sutiles momentos emotivos. La despedida de Curcio y su amiga Pero, justo al final de la primera parte de la novela o el último encuentro entre el propio Curcio y la esclava Urraca, donde se pone de manifiesto que, en lo más íntimo, el ser humano es el mismo ahora o dos mil años en el pasado, son dos pequeñas joyas que le ponen los pelos de punta al más pintado, dos perlas de verdad y belleza difíciles de olvidar.

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