El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu

En el relato “Lo hermoso y lo sublime” de Bruce Sterling, el escritor tejano plantea un futuro en el que los robots y las inteligencias artificiales se han hecho cargo del progreso científico, de las ciencias duras, la ingeniería, la mecánica y la investigación. Como consecuencia se produce una profunda transformación de la civilización; de la carrera tecnológica y la competitiva lucha por el control de los recursos a pacífica utopía humanista basada en la abundancia. La “inteligencia” analítica y racional se encuentra a disponibilidad de cualquiera, por lo que ya no vale nada y los valores que rigen este mundo futuro son la la pasión, la emoción, la intuición, el amor romántico, el decoro, lo emotivo, el yo, la sensibilidad y el melodrama, donde el éxtasis estético de lo bello y lo sublime es a lo máximo que puede aspirar la humanidad.

No se trata de un relato excepcional, pero sí resulta muy interesante, ya que aquí es donde se aprecia con más claridad un recurso que Sterling ha empleado muchas veces en sus obras; nos presenta esta sociedad utópica vista a través de los ojos de sus propios miembros, lo que produce un curioso efecto en el lector, que se encuentra peleando con unos personajes que se comportan como auténticos cretinos (el efecto Laura Webster). Por supuesto, no lo son, simplemente no los podemos entender. Este recurso condiciona el relato tanto en lo formal como en lo argumental, el cuento toma forma de comedia romántica de enredo escrita en un estilo afectado, en la que se narra la historia de De Koonig, un artista de éxito que ha de recuperar a Leonia, el amor de su vida, prometida por su padre a un ingeniero fabricante de ultraligeros, el técnico Somp. Finalmente, la sensibilidad y el amor verdadero triunfan sobre la mecánica y la grasa. Al finalizar el relato, asistimos a la escena de despedida entre el triunfante De Koonig y un abatido Somp, un socialmente torpe morlock representante de la vieja cultura ya obsoleta, que se ha quedado compuesto, sin novia y sin ultraligero. —Maldita sea —le espeta un amargado Somp a De Koonig—, nosotros fabricamos cosas, intentamos entender el mundo, no nos dedicamos a recitar de memoria versos de Catulo en latín para ligar en la oficina. Moñas, que eres un moñas. (Traducción muy creativa de mi cosecha).

Pues bien, El zoo de papel podría ser perfectamente una obra escrita por De Koonig, apologética de los valores de este mundo creado por Sterling, y yo sería Somp, el amargado técnico sin futuro.

En un principio esto sería todo lo que tengo que decir acerca de El zoo de papel, la antología de relatos de Ken Liu, pero en homenaje a una de las técnicas literarias más queridas por el propio Liu, no me importa explicarlo de nuevo. Varias veces. La narrativa de Ken Liu se apoya en dos pilares fundamentales; en primer lugar, como hijo de emigrantes chinos que se llegaron a Estados Unidos cuando él tenía once años, su enfoque se encuentra muy alejado del eurocentrismo o anglocentrismo habituales en el género, se trata de relatos protagonizados en su mayor parte por personajes asiáticos y la cultura, conflictos, tradiciones e historia de China, Taiwan o Japón son los que pesan aquí. Por otro lado, la filosofía que rige sus historias podría considerarse heredera de la corriente humanista del género, la de Ray Bradbury o Clifford Simak. Se trata de relatos de fantasía y ciencia ficción sensible e intimista, en el que la especulación con la ciencia (ya sea dura o blanda) y la tecnología se tratan como si fuesen elementos fantásticos muy secundarios o herramientas metafóricas, una base que sirve de plataforma para examinar la condición humana desde el yo, centrada en la peripecia moral de los personajes más que en su relación con el mundo. Creo necesario aclarar que este tipo de ciencia ficción no me interesa demasiado, salvo alguna excepción puntual, puesto que lo que me atrae del género es cuando habla del mundo y su funcionamiento, nuestra relación con un entorno siempre cambiante, la especulación loca y las ideas atrevidas, incluso absurdas. Pero ése no ha sido el único problema que he tenido con estos relatos, ya que Liu posee todos los defectos de Bradbury y casi ninguna de sus virtudes.

El tema central de casi todos los cuentos de la antología es una especie de celebración del “espíritu humano” (es decir, las cosas buenas que hacemos las personas), de lo bello y lo sublime, en contraste con otros autores más cenizos que llegan a afirmar que la tragedia humana no tiene significado alguno en un universo indiferente, que lo que nos define como seres humanos no es más que un accidente evolutivo sin ningún valor, o que somos monos arrogantes, violentos y no demasiado evolucionados emperrados en entender un Universo que nos supera. Como si de una reacción ante estas monolíticas y apabullantes manifestaciones de pesimismo se tratase, Liu se vuelca en explorar el triunfo del “espíritu”, algo precioso y fascinante que nos relata de la forma más enfática que puede, casi con el celo de un converso, de forma intensamente melodramática, emotiva, sensiblera y sin el más mínimo sentido del humor. Con los tics de un escritor que parece educado en un taller literario; escritura sencilla y clara pero ramplona y sin personalidad (no recuerdo ni una imagen, ni una figura literaria memorable en sus quinientas páginas) y una irritante tendencia a sobreexplicar y no sugerir, a subrayar continuamente los temas de sus relatos, llegando en muchos cuentos a añadir unos parrafitos al final a modo de conclusión, por si no lo has pillado.

“El zoo de papel”, cuento ganador del Hugo, sería el resumen y epítome de su estilo, un relato en el que el elemento fantástico, unos animalitos de papel que cobran vida, funciona más como metáfora accesoria y explicativa que como mecanismo disruptor de lo real. Un planteamiento en un principio interesante sobre la experiencia de la emigración de una mujer china en EE.UU y el conflicto con su hijo, que rechaza su herencia cultural, deviene en autoparodia involuntaria por esa querencia de Liu de cargar las tintas en lo emotivo y lo lacrimógeno; la resolución parece el maquiavélico plan de una madre que le arruina la vida a su hijo de la forma más ruin posible por no haber sido capaz de arrearle un zapatillazo a tiempo. En “El literomante” acude a una estructura similar. Ambientada en los años de la Guerra Fría en Taiwan aprovecha las conversaciones entre una niña norteamericana y un maestro apolítico para contarnos un poco como funcionan los ideogramas chinos y relatar el efecto de la política de bloques en la zona, cuando ya se le ha acabado la cuerda siempre se puede echar mano al socorrido recurso de hacernos llorar. Y “Mono no aware”, el otro Hugo de la antología, que podría formar, junto a los dos anteriores, “la trilogía de las lágrimas”. Se trata de un relato que parece un remedo de nada menos que “Las frías ecuaciones” de Tom Godwin, pero más sensiblero aún. Al igual que Godwin, Liu fuerza el argumento en aras de su tesis (el protagonista sale a pasear por el espacio para reparar una vela solar sin provisión suficiente de combustible, ¿por qué va a una misión de vida o muerte con sólo un bote en vez de con dos, por si acaso?) pero en este caso no para que prevalezca el machismo nerd, sino para que triunfe lo sublime, para que un hombre salve con su sacrificio personal una nave espacial. Liu sustituye el concepto de la indiferencia del universo ante los comportamientos impulsivos de las jovencitas monas pero cabezahuecas de los años cincuenta de “Las frías ecuaciones”, por una idea del heroísmo colectivo un poco pillada por los pelos, basada en cómo se concibe en Japón la relación entre individuo y sociedad y la responsabilidad del primero ante la segunda. El relato no da tregua, de escena de llorar a escena de llorar y vuelve a resultar reiterativo en el subrayado constante de su idea central.

Los relatos más cercanos a la ciencia ficción resultan escasos en lo especulativo, recelosos de la ciencia y la tecnología y carentes de ideas atrevidas. “Como anillo al dedo” es el típico argumento de pringao y mujer fatal en un futuro donde los algoritmos de Google gobiernan y empobrecen nuestras vidas como efecto secundario. Temas como las políticas de la tecnología y la Inteligencia Artificial, no se emplean para proyectar o especular de forma interesante, simplemente se trata de una mera exposición de información que parece extraída de algún diario tecnológico on-line, carente de poética y potencia imaginativa (compárese, por ejemplo, con el trabajo especulativo de Simon Ings acerca de la realidad aumentada y la tecnosfera en Wolves). “Las olas” es una especie de Cismatrix emocional que parte de una premisa algo absurda (se descubre el suero de la inmortalidad y se distribuye alegremente entre todo el mundo, lo cual da lugar a una humanidad entregada a un transhumanismo desbocao) y acaba con una conclusión reveladora; aunque seas una cucaracha metálica sorbiendo metano en un gigante gaseoso, llorarás igual cuando te reencuentres con tu abuela. Y “Regulada”, un sobadísimo relato cyberpunk noir de detectives con implantes que por lo visto todo autor de cf que se precie ha de tener en su currículum sí o sí, quizá se trate ya de un ejercicio obligatorio de fin de curso en los talleres de escritura. El tema es el habitual, el espíritu humano superando la opresión de la tecnociencia; en este caso la detective protagonista salva el día cuando se salta la ayuda de sus implantes que reprimen su humano sufrimiento y confía en su instinto e intuición. Al menos en este relato Liu da una imagen de la prostitución alejada de los tópicos.

No todo es vinagre; “Acerca de las costumbres de elaboración de libros en determinadas especies”  es una celebración del lenguaje, la comunicación y la literatura que se deja y recuerda a las cosas de Italo Calvino pero sin su sentido del humor, al menos las imágenes de las diferentes culturas alienígenas y su forma de comunicarse son imaginativas. “Buena caza” es un correcto relato entre la película Una historia china de fantasmas y el steampunk, ambientada en la China humillada tras la guerra del opio, en la que Liu se despacha a gusto con los británicos y se realiza una sugerente mezcla de espíritus y tecnología. “Breve historia del túnel transpacífico” es una una ucronía en la que el Japón, lejos de arrasar con todo en una enloquecida huida hacia adelante durante la II Guerra Mundial, se ha convertido en una respetada potencia mundial durante los años treinta, impulsando la construcción de un túnel entre Osaka y San Francisco que saque al mundo de la Gran Depresión y que desemboca en una reivindicación de la memoria de las víctimas muertas en la construcción de esta gran obra. A mí me han sobrado tanto el exceso de información sobre esa distopía nipona expuesta como si estuviésemos leyendo un libro de texto, porque nos priva de ir descubriendo ese universo a través del detalle y la sugerencia, como el ya habitual parrafito final explicativo marca de la casa, pero en general resulta correcto.

Finalmente, me gustaría extenderme en el cuento que cierra la antología, que me ha parecido bastante interesante y con el que he tenido una curiosa relación de amor-odio a medida que lo leía. “El hombre que puso fin a la historia: documental” que recibió el Ignotus en 2014. Es un relato muy ambicioso y diferente a los que le preceden, una amalgama de ficción y ensayo acerca de como el peso del pasado asfixia el presente, la necesidad de luchar contra el negacionismo y como sin la asunción de la culpa, el perdón y la catársis, no se puede hablar de reconciliación. El cuento se ocupa de esa herida aún abierta por el aborrecible comportamiento del Japón en Asia durante la II Guerra Mundial, del cual prácticamente ha escapado de rositas y sin un sincero ejercicio de arrepentimiento (con la aquiescencia de Occidente dada la importancia geoestratégica del archipiélago nipón). Se trata de un conflicto que se ha reproducido a lo largo de la historia varias veces; el genocidio de los indios norteamericanos, el armenio a manos de los turcos o aquí mismo en España, donde hay todavía republicanos asesinados y enterrados en fosas comunes por crímenes de los que todavía se les considera culpables y la Guerra Civil es aún una sombra que oprime ciertos aspectos de la vida política del país. La narración gira alrededor del invento de un matrimonio de científicos, Evan Wei, de origen chino y Akemi Kirino, japonesa, que permite viajar al pasado y observar lo ocurrido en determinado tiempo y lugar. El viajero sería como un fantasma que visita una holografía en movimiento de un momento histórico que, una vez revivido, desaparecerá para siempre. Wei, obsesionado con recuperar la memoria de las víctimas del Escuadrón 731, un campo de concentración situado en China donde los japoneses llevaban a cabo terribles experimentos, pone su invento a disposición de los familiares y no de los historiadores, reivindicando una especie de “historiografía emocional”, en contraposición a la académica y oficial, de la que ya se sabe, no te puedes fiar, estos sabios más preocupados por la coherencia de los uniformes de los soldados japoneses que por el sufrimiento de la gente común. La emoción es verdad e iluminación, viene a decir Liu, en lo que parece es una curiosa reivindicación de su enfoque de la literatura de ciencia ficción basada en el sentimiento y lo emotivo. Lamentablemente, aunque apunta alto, el cuento acaba por resultar insatisfactorio. Aparte de que, aparentemente, Liu tiene un concepto muy particular de los historiadores, la historiografía moderna, la historia social y la microhistoria, el relato descarrila de nuevo en sus habituales manierismos, básicamente tirar de melodrama pasado de rosca para reforzar sus tesis, desde convertir a Wei en un mártir a reiterar el tema central del Peso de la Historia con un recurso de folletín al revelarse quién era el padre de Kirino. Así que la parte de “ensayo” acaba resultando mucho más interesante que la de “ficción” y tengo que reconocer sinceramente que cuando la voz de Liu desaparece en favor de una aséptica voz ensayística, el relato mejora muchísimo, lo cual, supongo, me convierte definitivamente en un jeiter.

Pues con esta sentida confesión, lo voy dejando. Lamento no comulgar con el concepto de ciencia ficción que propone Ken Liu, como los personajes de “Lo bello y lo sublime”, se halla en las antípodas de mi concepto del género, mis áreas de interés, mi forma de entender la literatura y hasta casi la vida. Otra cosa es que me parece fenomenal que su propuesta coseche premios y éxito de público, es algo que enriquece el género, no descarto que en en el futuro surjan escritores que integren su enfoque en obras más de mi gusto. Y si no es el caso pues no pasa nada, al fin y al cabo, será por libros. Pero de momento, y tras lo leído, no puedo compartir el entusiasmo general por esta antología.

El zoo de papel y otros cuentos, de Ken Liu (The paper menagerie and other stories. Saga Press 2016)
Alianza Ed. Colección Runas, 2017
Traducción de María Pilar San Román
544 pp. Tapa dura. 25,50€

Un pensamiento en “El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu

  1. Sí, yo leí parte de esta antología en su momento, pensando si publicarla, y tuve la misma impresión que tú: Liu es un escritor competente, pero no encontré en sus cuentos señales de una gran mente en funcionamiento, esa emoción especial que produce la cf más puntera. Que se lo compare con otros escritores que sí demuestran una inteligencia excepcional es un error que no le hace ningún favor, y me alegra que en esta página se acoja una crítica suficientemente sofisticada para señalarlo.

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