Dead Water, de Simon Ings

Dead Water

Dead Water

En 1928 el dirigible Italia, en ruta hacia el Polo Norte, se estrella en el desierto ártico. Entre sus tripulantes se encuentra el joven científico Lothar Eling.  Antes de embarcarse en esa aventura, Lothar se había topado con un fenómeno que, posteriormente, revolucionaría el campo de la física: a base de aguadillas en aguas noruegas descubrió que en el medio marino las capas de agua se superponen según las diferencias de densidad y temperatura (por ejemplo una capa de agua dulce “flotaría” sobre otra de agua salada sin mezclarse), cuya fricción genera el oleaje. Y cuando la hélice de un navío intenta propulsarse mientras permanece sumergida entre fluidos de distinta densidad, dicho navío apenas puede desplazarse, o lo hace a una mínima fracción de su velocidad normal, un fenómeno conocido como agua muerta.

Eric Moyse, un magnate que ha hecho fortuna con la caza de ballenas, encabeza una expedición para rescatar el dirigible y acaba encontrando el libro de notas de Eling, donde éste había anotado y desarrollado teóricamente su descubrimiento. Gracias a dicho libro de notas, el profesor Jakob Dunjfeld, maestro de Lothar Eling, enuncia posteriormente el teorema de circulación de Dunjfeld que, sumado a una revelación crucial durante un bombardeo en Londres en la II Guerra Mundial, permitirá a Eric levantar un imperio de transporte de mercancías por mar, inventando el sistema de contenedores en continua circulación por las rutas marítimas.

En la India de los noventa, Roopa, una investigadora de policía, persigue con un nivel de obsesión rayano en lo psicopático, a Yash Yadav, un gángster local. Pero Roopa está condenada al fracaso, palpando el frío del agua negra sin llegar a reconocer su verdadera naturaleza. En el curso de sus investigaciones, Roopa presencia el segundo accidente ferroviario más grave de la India, donde dos niños, dos hermanos, al fusionarse sus identidades en el momento del impacto, se convierten en un djinn que recorre las historias que entretejen el libro. Y finalmente, en 2004, David Brooks, antiguo agente secreto británico y ahora empleado de la firma Moyse, que se mueve entre las nebulosas fronteras del transporte marítimo, el espionaje, el contraespionaje, la geoestrategia y la piratería, se encuentra en Tailandia buscando a Eric Moyse, que lleva desaparecido más de veinte años.

Y voy a parar aquí, porque la complejidad de la obra de Ings podría llevarme líneas y líneas. Son muchas las historias que se entrecruzan, como en un cuenco lleno hasta los bordes de fideos de arroz, abarcando un período espaciotemporal de noventa años y varios océanos. Incluso reconozco que en cierto momento me vi superado; la historia tarda en arrancar y el argumento, el tema, el subtexto, el ¿de qué coño va esto?, como quieran llamarlo, no comienza a tomar forma hasta más o menos la mitad de la novela. No es que me aburriera, en absoluto, es que era como despertarse en un tren que no sabes de donde viene, que cambia de vagones en cada estación y, por supuesto, no sabes a donde va. Pero sin problema; el paisaje era interesante y a mí me gusta que me metan caña (literariamente hablando).

Pero ya digo, más o menos a mitad de la novela por fin vi la luz y comprendí el significado del símbolo del ouroboros que aparece constantemente en el diseño del libro. En ese momento me di cuenta de que el protagonista de la novela no eran los atribulados personajes que deambulan por ella, sino el tráfico de contenedores, algunos vacíos, otros no, como decía aquel memorable arranque de Miracleman, que recorren las vías marítimas sin descanso, ese comercio no sólo de basura de consumo barata que ha convertido al mundo en un enorme supermercado, sino también de papel usado, neumáticos, latas de refresco recicladas, desechos químicos, radioactivos y militares.

Porque basándose en el teorema de circulación de Dunjfeld, Eric crea un sistema de transporte de desechos bélicos, demasiado peligrosos para andar enredando con ellos pero demasiado valiosos como para ser destruidos sin más, que circulan en contenedores de puerto en puerto sin llegar a ninguna parte, recorriendo un circuito sin fin generado por complejos algoritmos que no cesa nunca. Y ese tráfico corrupto, simbolizado en el agua negra que cae venenosa sobre la India en la época del monzón, el tsunami que arroja columnas agua y bienes de consumo sobre turistas y nativos, afecta de un modo trágico las vidas de los personajes que transitan por el libro. Y aquí es donde entra el elemento de ciencia ficción, difícil de apreciar en apariencia. La hipótesis es: la teoría del agua muerta y sus complejidades no sólo afectan a las grandes corrientes oceánicas, sino, como en un complejo sistema fractal,  también gobiernan el absurdo comportamiento de los seres humanos. Como hemos comprobado antes, esta hipótesis ya se adivina en el teorema de Dunjfeld, heredero de las observaciones de Eling sobre el agua muerta, expuestas al principio de la novela, pero que no cobran todo su sentido hasta el final (la traducción es mía, se siente);

Un fluido circulando por un sistema abierto, donde cada movimiento en una dirección genera una reacción en la contraria, provocará perturbaciones que aparecerán incluso si se trata de un fluido carente de fricción. Por esa razón el clima no dejará de cambiar, el agua nunca dejará de correr, el viento no cesará de soplar y el corazón humano nunca se verá libre del deseo.

Abreviando. Dead Water es una novela de una complejísima estructura, puesta en pie de forma minuciosa e inteligente, que cuando logra adquirir tracción, velocidad y ritmo, se revela como una interesante amalgama de ciencia ficción, thriller global y novela de aventuras en la línea del Bruce Sterling de The Caryatids o Zeitgeist, estupendamente escrita, de un estilo elegante, preciso y contundente. Quizá no le hubiese venido mal abarcar menos y cerrar mejor (un ejemplo; la trama de los dos hermanos convertidos en un djinn que enlazan las historias que se entretejen el abigarrado tapiz de Dead Water me resultó completamente prescindible y se da de ostias con el verismo reinante en el resto de la novela), pero merece sobradamente la pena si, como yo, están interesados en la literatura que habla del mundo, de cómo funciona, sus corrientes invisibles y las reglas que las gobiernan.

5 pensamientos en “Dead Water, de Simon Ings

  1. Por lo que comentas, parece una evolución de la estructura narrativa de El color del azar http://aburreovejas.com/2011/08/24/el-color-del-azar/ , donde en muchos momentos la narración también parecía un collage inconexo de personajes y sucesos enclavados en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo con el transcurrir de páginas y situaciones, se comenzaba a vislumbrar un orden en el caos en una historia global sobre el azar en nuestras vidas, la falta esperanza y la imposibilidad de redención. Me encantó y supongo que terminaré leyendo Dead Water. Aunque sea en inglés.

  2. Luis,

    Justo, uno de los puntos fuertes de la novela es ése, emplea la cf como herramienta para entender el mundo, el elemento científico sin el ambiente futurista.

    Nacho,

    Justo, has definido perfectamente la estructura de Dead Water en dos líneas, entre tu comentario y el de Luis está la reseña hecha. A mí en general me ha gustado muchísimo, y me apunto El color del azar. Ah, píllate Dead Water para kindle, a mí me vino fenomenal el diccionario del cacharrito en éste caso. No es que Ings sea un escritor enrevesado, pero el vocabulario que emplea es complicadillo a veces.

  3. Pingback: Incrustados y otros delirios racionalistas (Watsonianas/1), de Ian Watson | C

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