El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, y El hombre en el castillo, según Frank Spotnitz

El mapa

Los dos volúmenes dedicados por Cátedra a sendas novelas de Philip K. Dick son un ejemplo de cómo se debe recuperar un clásico de la ciencia ficción. Nuevas traducciones, un formato agradable, estudios que alumbran las facetas más atractivas del título en cuestión, el autor, la época en que fueron creadas… Y algún contenido extra. En el caso de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Julián Díez acompañaba su magnífico ensayo de una enumeración con las diferentes adaptaciones al cine de la obra de Dick; un listado imprescindible para reafirmar su posición como escritor de ciencia ficción más influyente en la actualidad. Su figura ha trascendido sus narraciones y se ha ramificado hasta niveles que bien merecerían un estudio detallado. No obstante, tras mi reciente relectura de El hombre en el castillo, aprovechando el estreno de la segunda temporada de su adaptación a la televisión, también me ha llevado a la pregunta de hasta qué punto ese ascendiente se corresponde con lo que dejó por escrito, con lo que los guionistas entendieron y plasmaron después en las películas, con lo que pudieron verse obligados a potenciar o reducir para adecuarlo a las exigencias de la pantalla (dejando otras caras ocultas)… Un suculento debate al cual la producción de Amazon se presta desde múltiples vertientes.

Personajes atípicos para la ciencia ficción de la época

El hombre en el castilloÉsta es mi tercera lectura de la obra publicada por Dick en 1962 y un libro básico en su vida: fue su primera novela de ciencia ficción tras Tiempo desarticulado, aparecida cinco años antes, y el pistoletazo de salida para un estallido de creatividad. Los sesenta fueron para Dick años de escritura frenética en los que se irían alternando algunos de sus grandes títulos (Doctor Bloodmoney, Tiempo de Marte, Los tres estigmas de Palmer Eldritch) con otros menores (Clanes de la luna alfana; Los jugadores de Titán; La pistola de rayos).

En el hiato entre Tiempo desarticuladoEl hombre en el castillo Dick intentó publicar novelas mainstream, pero fracasó a la hora de vender todas y cada una de ellas (en vida sólo llegaría a aparecer Confesiones de un artista de mierda a mediados de los años 70). Sin embargo esos personajes y algunos de los temas colonizan de la primera a la última página El hombre en el castillo. Gente a priori alejada de grandes eventos. Tipos de la calle enfrentados a situaciones cotidianas semejantes a los que el propio autor había experimentado en la década anterior. Empleos mal pagados, fragilidad económica, relaciones anodinas, alienación… descritos con una determinación y desarrollos fuera de cuestión.

Tal es el caso de Joe Childan, el vendedor de objetos coleccionables anteriores a la guerra a una élite japonesa que se pirra por ellos. Childan se entrega en cuerpo y alma a su tarea. Su sinergia con la clientela es tal que se ha convertido en el ciudadano modélico de la costa Oeste: ha adquirido parte de las costumbres japonesas y cree saber cómo tratarlos para conseguir sus objetivos. Pero bajo la superficie no deja de tener un corazón sensible a las pérdidas desde el fin de la guerra. Explota la pasión estúpida de sus compradores y mantiene un amor propio que todavía es capaz de alzarse tras todas las capas de docilidad que parecen haberlo sepultado. A esta excelente descripción se une la de Frank Frink, artesano recién despedido y en trámites de crear junto a su compañero Ed McCarthy una empresa para vender a las élites locales joyas hechas a mano.

Lamentablemente no todos ofrecen esa consistencia. Juliana Frink, la exmujer de Frank, es uno de los ejemplos más significativos de los problemas de Dick a la hora de urdir mujeres verosímiles. No es sólo el sexismo con el que Frank la recuerda o la trata su nuevo compañero, Joe Cinnadella. Su carácter melifluo, unas pataletas nacidas entre su infantilidad y su neurosis, ciertas observaciones sobre ella misma, subrayan su debilidad más allá del machismo consustancial a los años 60. No obstante me parece de lo más atractivo cómo Dick se acerca a una mayoría de pequeños dramas personales. La determinación para ganarse la vida. La manera de buscar sentido/respuestas/protección en una perspectiva espiritual omnipresente.

The Man In The High CastleEste retrato se beneficia de la estructura coral, aunque durante el desarrollo su naturaleza supone un pequeño misterio. Es inevitable preguntarse por qué Dick ha decidido contarte esos detalles de tales personajes. Su esencialidad sólo se revela cuando todos terminan conectados entre sí, unidos por su participación en los pequeños y grandes hechos expuestos al final de cada una de sus historias.

Ucronía que empapa vidas

El hombre en el castillo es conocida sobre todo por su escenario. Una ucronía donde la Alemania Nazi y Japón ganaron la Segunda Guerra Mundial y los EE.UU. fueron divididos en tres zonas: la costa Este ocupada por los alemanes, la Oeste por los japoneses y una zona tampón entre ambas. Este acercamiento a la historia alternativa no era novedoso cuando Dick la escribió. En parte estaba inspirado en Lo que el tiempo se llevó, una (por entonces) afamada novela de Ward Moore donde el Sur ganó la guerra de secesión. Después de releerla entiendo mejor la atracción que debió generar, hasta el punto de suponer su único premio Hugo. Una fascinación derivada de cómo la ucronía se cuela en la novela.

Dick estuvo particularmente inspirado al imaginar la realidad alternativa, con unos nazis entregados a llevar a término su destino y consumar su Reich de los mil años. Cambiar al mundo. Transformar la humanidad a su imagen y semejanza. Conquistar el universo. Como consecuencia, quince años después de la guerra apenas se recuerdan las aberraciones cometidas. El exterminio de los judíos y la purificación de África son atrocidades que han pasado a formar parte de un recuerdo que nadie quiere evocar. El único contrapeso viene de una potencia, Japón, retratada como un conquistador más misericordioso (con muchas comillas). Ajenos a la acción que caracteriza el espíritu germánico, más orientada hacia el mundo interior en busca de un equilibrio… un tanto increíble si se consideran sus crímenes contra la humanidad de antes y durante nuestra Segunda Guerra Mundial. Olvidados porque Dick debía mantener la dualidad básica del Tao y de esta novela, escrita según su autor en base a consultas al I Ching.

El hombre en el castilloEl hombre en el castillo avanza como gran parte de su narrativa extensa, a tirones, empujada por la fascinación hacia este escenario. Se siente en cómo Dick incrementa el grado de detalle o la ubicuidad de “La langosta se ha posado”. Esa ficción dentro de la ficción donde se puede leer sobre un mundo en el cual las potencias del eje perdieron la guerra. Son varios los personajes embelesados por su lectura y Dick bien se siente impelido a ponerles a hablar de ello, bien incorpora al relato breves retazos del texto de Hawthorne Abdensen, el hombre en el castillo. Fragmentos en los que el lector observa que ese mundo dentro del mundo tampoco se corresponde con el nuestro.

La realidad en Dick siempre tan resbaladiza.

Es su existencia, y sus reflejos con el I Ching, donde anida el sentimiento más Dickiano de El hombre en el castillo. Ambos son las fuentes que vinculan a los personajes y alimentan su hambre de encontrar lo verídico detrás de la realidad. El conejo blanco a cuya búsqueda Dick consagró gran parte de su vida y obra. La obsesión por destruir el muro que bloquea la visión de fuera de la caverna. Cada uno desde ángulos adyacentes: el I Ching como fuente de protección, consuelo, consejo. La langosta de revelación.

Es esta faceta idiosincrásica o más bien su ausencia, cuando no su perversión, lo más decepcionante de la adaptación creada por Frank Spotnitz para Amazon.

El estereotipado desarrollo en cualquier adaptación de más de seis episodios

Esta producción, accesible a través de la plataforma de distribución de Amazon, cuenta con una producción apabullante desde un punto de vista técnico. Sobre todo a la hora de retratar la parte del EEUU dominada por el Reich. Unos años 60 a mitad de camino de los carteles publicitarios creados desde Madison Avenue y la utopía tecnofílica de la Alemania nazi, plasmados en colores desaturados para realzar el rojo de las banderas y el negro de los uniformes de las SS.

La base del guión son los personajes de la novela, aunque ya en Juliana, aquí Crain, se comienzan a ver los derroteros por los cuales el equipo de guionistas decide modelar la serie. En el primer episodio recibe de su hermana el equivalente al libro de Abdensen: una película con el título de “La langosta se ha posado”. La policía militar japonesa, la Kempeitai, asesina a su hermana y Juliana se embarca en un viaje hacia la zona tampón de las rocosas para llegar la película a la resistencia. Allí conoce a Joe Blake, una elaboración del Joe Cinnadella del libro. El tipo a sueldo del Reich con dudas, empatía y dispuesto a entrar con Juliana en un polígono amoroso en el cual, al final de la segunda temporada, todavía entran vértices.

Thriller, romance, misterio. El triángulo imprescindible para mantener al espectador pegado a la pantalla.

La versión de AmazonJuliana y Joe gozan del tratamiento adecuado de unos guionistas que han trabajado a conciencia sobre ellos. En el caso concreto de la primera se convierte en un personaje con más fuerza que su equivalente Dickiano, a costa de perder un detalle esencial. En la novela sólo ella hacía la pregunta fundamental sobre la naturaleza del relato escrito por Abdensen. La única persona preocupada por el carácter de su mundo. Después de 18 horas, en la serie este enfoque brilla por su ausencia. Mientras, Juliana es demasiadas veces un muñeco en manos de los hombres a su alrededor (la resistencia, Joe, los nazis, su padrastro…). Cualquier decisión en apariencia independiente se termina convirtiendo en un nuevo empujón hacia el siguiente brazo del pinball de la testosterona.

En su relación con las películas también se aprecia cómo cualquier aspecto Dickiano se oblitera. Jamás hay dudas sobre los cimientos de la realidad. Algo a lo que se suma cómo el I Ching se ha visto reducido a mero atrezzo. Figura en un par de episodios por aquello de no hacer el feo y borrarlo del todo. Tampoco existe una exploración sobre la idea de los originales y las reproducciones, fuente de algunos de los fragmentos más suculentos protagonizados por Robert Childan en su conexión con Frank Frink y Ed McCarthy.

Las búsquedas metafísicas se la traen al pairo al gran público.

La diatriba del buen amerinazi

Por eso el papel primordial del gran fichaje de Amazon, el personaje más relevante creado para la televisión. El Obergruppenführer John Smith, el tipo al mando del equivalente a las SS en América del Norte, es un maquiavélico conocedor de las alcantarillas del Reich entregado a desfacer los planes de una resistencia que da un poco de risa; desmontar los complots de los gerifaltes del partido maquinando para hacerse con el mundo tras la futurible muerte de Hitler; hacerse con cualquier película del hombre en el castillo; y por último, pero no por ello menos importante, mantener la fachada de su idílica familia WASN.

El buen amerinaziEs bajo su torva mirada donde mejor se desenvuelve la serie. Su base convencional de espionaje, conspiraciones cruzadas e intriga benefician a una atmósfera distópica tremebunda donde en unos Estados Unidos blancos la familia es el ladrillo básico de la sociedad, los análisis médicos garantizan la depuración de cualquier condición médica y las delaciones aguardan a los que osen hablar en contra del Reich. El sueño húmedo de una mayoría de votantes republicanos en las últimas elecciones estadounidenses… o de tantos otros partidos de extrema derecha en Europa.

Vistos los derroteros de la vida política de la sociedad occidental, El hombre en el castillo en la versión de Amazon ha ganado una lectura alegórica. En contraposición los estados del pacífico bajo el control de Japón resultan más insípidos, un decorado más de cartón piedra por más que se les intente dar sabor oriental enchufando algún Jinja, jardincillos zen y la yakuza.

Tiempo de spoilers

En el hipotético caso de quedarme algún lector a estas “bajuras”, he dejado para el final el único spoiler de facto de todo este ya demasiado extenso artículo. Para qué negarlo, la faceta más cuestionable del trabajo de Spotnitz. Qué ocurre con las películas custodiadas por el hombre en el castillo y su origen.

Al final de la novela de Dick, gracias a una de las piezas originales creadas por Frink y McCarthy, el titular de la misión comercial de Japón, Nobusuke Tagomi, participaba de una visión de unos EE.UU. no ocupados por las fuerzas de su país. Un pequeño flash/viajeastral/llámaloX de apenas un par páginas que servía como preámbulo de la revelación hecha por el I Ching a Juliana: “La langosta se ha posado” es verdad. Esto en la serie no sólo no existe; da pie a inconsistencias sangrantes y sirve de rampa de lanzamiento a un salto del tiburón de dimensiones todavía desconocidas.

En la película que se ve al final de la primera temporada, un Joe Blake vestido como un soldado nazi ajusticia a un Frank Frink en una ciudad en ruinas. Quién sabe si porque era parte de la resistencia, se ha descubierto su sangre judía… Las películas parecen pantallas abiertas al futuro o a visiones alternas donde nuestro mundo ha seguido una senda diferente.

Tagomi's trip

Sin embargo en la segunda temporada descubrimos mucho más. Tagomi tiene su “viaje”. Pero olvídense de sus 10 minutos alucinando con la Guerra Fría y los anuncios de Lucky a todo color en las calles de un San Francisco atestado de ruidosos yanquis. A lo largo de varios episodios, el tipo pasea en estado de shock por nuestro 1962 enfrentado a la crisis de los misiles y a una familia multicultural donde su hijo se ha metido en un grupito “antisistema”. Esa visión de un presente próximo al holocausto nuclear le hace todavía más consciente de los peligros para su Imperio y le lleva a tomar prestada una película con un test atómico en un atolón del Pacífico para forzar la mano en su mundo. Su exhibición a los ojos adecuados establece la doctrina de la destrucción mutua asegurada en una realidad donde esa situación no existía porque Japón no cuenta con La Bomba. Todavía.

Sí, amigos. Las películas también son objetos tomados de otras realidades por viajeros interdimensionales que, de alguna manera, han pasado de unos universos a otros. Una idea reafirmada por Tagomi cuando se reencuentra con su asistente, llegado desde otra Tierra donde padeció los efectos de una de las explosiones atómicas del final de nuestra Segunda Guerra Mundial. La existencia de decenas, cientos de viajeros provenientes de dos, cinco, veinte, infinitas Tierras paralelas caminando todas al unísono hacia el futuro es lo de menos. O quién ha grabado esas películas, unas provenientes de documentales o informativos, otras por cámaras imposibles. Lo preocupante es cómo una historia fácilmente contenida se lanza en picado hacia el territorio del todo vale, en una llamativa huida hacia adelante.

Si los guionistas estaban interesados en desarrollar tramas alrededor del magnicidio de Kennedy y la crisis de los misiles en Cuba en un mundo como éste, quizás podían haber adquirido los derechos de Patria, de Robert Harris, y practicar sus modificaciones desde un original cuyo espíritu estaba mucho más próximo a lo que pretendían. Porque, por ahora, después de 20 horas, Dick vuelve a ser un mascarón de proa al que han vaciado de prácticamente todo el contenido, reemplazado por otro con el cual no tiene nada que ver.

2 pensamientos en “El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, y El hombre en el castillo, según Frank Spotnitz

  1. Comparto tu opinión en que peligra la “verosimilitud” de la serie al optar los guionistas por ese “todo vale” que indicas, al final de la segunda temporada, con tanto viaje de un universo a otro. No entra ni con calzador, lo de la película con la explosión en el atolón interactuando de un lado al otro. Les vale para dar entrada a una tercera temporada pero nos deja un regusto extraño en la boca a los adicktos. Corremos peligro de saltar de la ciencia ficción a la fantasía. Una apuesta arriesgada.

    Respecto a Rufus Sewell y Joel de la Fuente, impresionantes interpretaciones. Pese a este asuntillo, grandísima serie. Por cierto, también releí la novela. Ojalá y Julián se decida por este título para una nueva edición en Cátedra.

    • A pesar de la escasa relevancia que está teniendo la serie en España (la plataforma de Amazon está todavía muy poco extendida), no creo que Minotauro suelte el título de Dick que mejor le ha funcionado. Una pena porque nos perdemos una edición cinco estrellas por la pereza secular de la editorial.

      Y sí, a pesar de esa decisión argumental, y alguna trama un poco insulsa (el rollo ese de la resistencia casi parece sacado de V), la factura de la serie es excelente. A mi me ha sorprendido mucho Alexa Davalos, a la que apenas recordaba de Las crónicas de Riddick. Aunque el guión apenas le da cancha para hacer otra cosa que poner cara de preocupación/tristeza.

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