Oceánico, de Greg Egan

Oceánico

Oceánico

De las editoriales argentinas que están publicando literatura fantástica existe una que, a pesar de su cadencia irregular y su falta de “volumen”, todo aficionado a la ciencia ficción debiera tener presente: Cuásar. Fruto del trabajo de ese corredor de fondo que es Luis Pestarini, mantiene la revista de género más longeva en nuestro idioma, Cuásar, en la que exhibe un criterio de selección bárbaro. Y hace aproximadamente un año dio origen a una colección que, si despega y se asienta –esperemos que no sean demasiados isis–, puede ser mucho más que un acontecimiento puntual. El libro elegido para el alumbramiento no es otro que este Oceánico, de Greg Egan, un autor fundamental para la ciencia ficción de temática científica que vuelve a estar en el disparadero de los editores; se prevé que en los próximos meses la editorial AJEC ponga en circulación su primera colección de cuentos, Axiomático. Un acontecimiento que puede equipararse a la publicación hace dos años de La historia de tu vida, de Ted Chiang, por parte de Bibliópolis.

A la espera de que esto ocurra, Oceánico es una adecuada piedra de toque para descubrir cuáles son sus puntos fuertes y, por qué no reconocerlo, débiles, que deja un regusto amargo. Como ya ocurrió con Teranesia –olvidándonos de su patética edición– cuando se estableció la comparación con sus novelas anteriores, el grado de satisfacción es inferior al que proporcionan sus cuentos aparecidos años ha en Gigamesh o 2001. Cierto es que existe un mayor y mejor desarrollo de los personajes y un trabajo más intenso sobre el escenario. Pero las ideas que se ponen en liza no suponen un revulsivo, durante su exposición rozan en demasiados momentos lo farragoso, y la síntesis forma-fondo, aunque equilibrada, dista de ser contundente.

Esta última situación que describo se hace manifiesta en la pieza que da título a Oceánico, premio Hugo del año 1999 a la mejor novela corta y con numerosos puntos en común con la mencionada Teranesia. En primera persona Martin, un niño que vive en el planeta Promisión, relata una epifanía en la que se aparece ante él una Diosa a la que sus congéneres rinden culto. Convertido en un fanático creyente, orienta sus estudios hacia la Biología y realiza unas investigaciones que van a poner en cuestión muchos aspectos de la sociedad que le rodea… y de su propio credo.

El tratamiento que aplica Egan a Martin es extenso, concienzudo y permite apreciar su evolución. Sin embargo durante este proceso de cambios existe un patente mecanicismo que lo tiñe de excesiva rigidez. Además, los conceptos que cohesionan el conjunto, ya sean los más cientifistas, caso de las manipulaciones genéticas a las que ha sido sometida la humanidad para adaptarse a Promisión o el pasado mítico al que continuamente se hace referencia, como los subyacentes, caso de la relación entre ciencia y creencia, el progreso social y el progreso tecnológico o las elecciones personales que definen una trayectoria vital –a los que volverá de nuevo en las otras dos piezas reunidas en Oceánico–, aunque perfectamente asentados, carecen de ese hálito maravilloso que uno demanda de la portentosa imaginación de Egan.

Aquí quizás nuble mi juicio las lecturas previas de Egan, pero no puedo quitarme la sensación que, a pesar del denso armazón que construye alrededor de la historia, el conjunto no termina de cuajar por lo dicho… o la tremenda compresión a la que ha sometido todo. No habría venido nada mal una mayor depuración orientada a afianzar mejor ciertas ideas y clarificar las constantes zonas grises que no se terminan de concretar. O una mayor extensión que le permitiese más de holgura a la hora de desplegarlas.

La segunda pieza, “Oráculo”, es un relato de universos paralelos en una realidad no demasiado diferente a la nuestra. En ella un personaje prácticamente idéntico a Alan Mathison Turing, en el Reino Unido de la guerra fría, es acusado no sólo de homosexual sino también de comunista y encerrado sin dilación en una celda clandestina. Durante su cautiverio aparece ante él un ser proveniente de otro universo que le libera y le facilita la llave para cambiar el mundo: en la universidad de Cambridge inicia una serie de investigaciones que sitúan a la humanidad muy por delante de lo que le habría correspondido sin su participación.

Estamos ante otro retrato de las potencias y carencias de Egan. En su segundo tramo contiene ideas y desarrollos de enorme potencial que colisionan con el andiamaje narrativo que los sostiene y sirve para comunicarlos. De hecho la conexión entre los actos en que se divide es prácticamente inexistente y como sucesión de escenas concatenadas peca de heterogeneidad. Sólo en el tercer acto, con un intenso debate entre el reflejo especular de Turing y el de C.S. Lewis, sobre si la IA es inteligente, y la posterior elección que tiene que tomar este último ante la presumible muerte de su esposa, introducen un sentido en la relativa deriva en que se movía. Sentido en el que la interpretación de la mecánica cuántica, más allá de ser algo crematístico, juega un papel crucial que impregna el escenario, los personajes o el por qué de su semejanza con las fuentes originales.

Cierra el volumen “Singleton”, a mi humilde entender lo mejor de la terna y que bien merece una atenta lectura: contiene un desarrollo de personajes y un transfondo ético-social todavía más afilados que los presentes en “Oceánico”, y depara una serie de implicaciones que recuperan lo mejor de Egan como creador de conceptos. De nuevo en primera persona entramos en la vida de un joven que, en el Londres de 2003, se ve obligado a hacer una elección que cambia su vida: a pesar de salir magullado, evita que a un hombre le den una paliza en plena calle. De ese arrojo que hasta entonces no había manifestado extrae el valor necesario para entablar una relación con una compañera de carrera y origina un curso vital tan nuevo e ilusionante como cualquier otro futuro. Egan lo recorre a través de fragmentos narrativos de unas diez páginas separados varios años que despliegan las diversas problemáticas que atraviesa la pareja hasta llegar al punto clave: la posibilidad de convertirse en padres adoptivos de una IA, criada ex profeso para ser su hija.

Quizás lo menos logrado sea el aspecto divulgador del macguffin científico. Después de haber extraído en obras previas dinamita de la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica, en “Singleton”, como en “Oráculo” pone su bisturí al servicio de la teoría de los múltiples universos y la computación cuántica. Sin embargo a la hora de exponer sus desarrollos, no triviales, da algún que otro tropezón y no acierta a transmitir con la claridad debida las nociones que utiliza. Aunque sólo es un ligero traspié.

Lejos de poner sus mente al servicio de un telefilm de tres al cuarto, a la mayor desgracia de –por poner un nombre con el que puede que esté obsesionado– Robert J. Sawyer, Egan cuadra el círculo que une la ciencia de primera magnitud con implicaciones humanas del mismo cariz. El libre albedrío y sus consecuencias, los procesos de madurez y de cambio, los impulsos autodestructivos y rebeldes de la adolescencia o, de nuevo, la relación entre ciencia y creencia –presentes, por ejemplo, a través de unos sucesos que recuerdan a los vividos en ciertas escuelas EE.UU. cuando se descubría que niños portadores del HIV asistían a ellas– se van sucediendo y consuman una narración que depara más lecturas a parte de la directa y que rozan la plenitud. Todo ello adornado con un sólido ejercicio de elipsis que condensa una vida en apenas 60 páginas gracias a los hiatos temporales que nos trasladan de momento álgido a momento álgido. Así se va conformando una vida orgánica en la que las elecciones están condicionadas por las circunstancias, las vivencias, el otro,… y que mantienen una coherencia a prueba de bombas.

Coherencia que también se detecta en el trabajo de selección que hay detrás de Oceánico como recopilación y que da fe que detrás de su preparación no hay simplemente un afán de publicar, sino de editar. Con unos medios limitados, errores tipográficos que debieran subsanarse, una traducción que, con sus cosillas, resulta digna y un precio bastante competitivo. Así nos ha llegado un libro irregular que dista de ser lo mejor que Greg Egan puede dar pero que depara una lectura activa que gustará a los aficionados a la ciencia de vanguardia íntimamente relacionada con temas humanos.

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