Los navegantes, de José Miguel Vilar Bou

Los navegantes

Los navegantes

Cuando se habla de fantasía épica es habitual que se expresen algunos reproches contra el exceso de tópicos y convenciones. Es cierto que la mayoría de novelas de este género, en mayor o menor grado, tienden a idealizar personajes y situaciones, a respetar tabúes relacionados con el lenguaje utilizado y la ausencia de escenas sexualmente explícitas… Aunque tengan mala fama, estas convenciones no siempre son negativas. Se trata de recursos que se han impuesto porque se ha comprobado que funcionan, aunque a veces se abuse de ellas. Por lo demás, las convenciones se pueden romper y de hecho se rompen. Son muchos los autores que han adoptado unas técnicas narrativas más modernas desde el respeto a la esencia del género. Sin embargo, pocas novelas debe haber que rompan las convenciones de la fantasía épica de forma tan radical y decidida como Los navegantes.

La novela cuenta la historia de la invasión de Arialcanda por parte del ejército colonial del Imperio Trinisanto. Dirigidos por el ambicioso y megalómano Virrey Veritám, los trinisantos cuentan con ayudas mágicas como la de unos repugnantes seres creados a partir de cadáveres. Frente a ellos, una ciudad antiquísima, considerada sagrada y desconocedora por completo de la guerra. Como Arialcanda es obviamente incapaz de defenderse a sí misma, los reyes vecinos envían en su defensa, más por acallar las críticas por su pasividad ante los trinisantos que por convicción moral, un reducido ejército de criminales y desheredados, destinado a ser despedazado fácilmente por la máquina de guerra trinisanta. Arialcanda está condenada a caer, pero las atrocidades perpetradas por los invasores acabarán despertando el espíritu de lucha de sus habitantes.

Estamos por tanto ante un escenario más bien maniqueo, en un entorno fantástico que parece vagamente inspirado en la época de la conquista de América del Sur por parte de España. Resulta una elección curiosa para lo que es a todas luces un alegato antibelicista. Uno esperaría que no hubiera un bando tan obviamente inocente, ya que esto en cierta forma legitima el uso de la violencia para defenderse ante el agresor. No obstante, las atrocidades que la guerra lleva consigo son tales que la novela se lee más como una historia sobre el absurdo de personas a menudo honradas atrapadas en un conflicto sin sentido que como una historia clásica de resistencia ante el invasor.

El argumento en sí es sencillo y la novela tampoco se distingue por eso que los anglosajones llaman worldbuilding, la creación elaborada de países, tierras y sociedades imaginarias. Más bien, el autor está interesado en el dibujo de los personajes, en numerosos cuentos paralelos que recogen la historia de algunos de ellos, y en mostrarnos los horrores y el efecto corruptor de la guerra. No en vano, José Miguel Vilar Bou cooperó durante ocho meses en centros colectivos de refugiados de guerra en la antigua Yugoslavia, y hay mucho del horror y la amargura de ese conflicto en Los navegantes.

Como mencioné antes, el autor no vacila en romper brutalmente con todas las convenciones del género. Encontramos aquí heroísmo, pero siempre a regañadientes y obligado por las circunstancias. Incluso Amin, el único guerrero de Arialcanda digno de tal nombre, que posiblemente sea el personaje más heroico de la historia, no vacila en huir ante el ataque enemigo para salvar su pellejo, dejando a sus hombres a su suerte. Los dirigentes casi siempre son atroces, inútiles o mezquinos. Los que más desinteresadamente se comportan, como el Subcomandante Zelím y su Clan de los Bigotudos, resultan ser más bien fanáticos medio desquiciados. En cuanto a la gente común, los hay tanto decentes como despreciables en ambos bandos, aunque al final todos tendrán en mayor o menor medida las manos manchadas de sangre.

Siguiendo con el tema de la ruptura de convenciones, no puedo dejar de mencionar el lenguaje utilizado, soez hasta el extremo y con un estilo coloquial moderno deliberadamente anacrónico. Lo mismo ocurre con las escenas sexuales, numerosas y explícitas, pues el amor apasionado y el sexo se presentan como una reacción y un modo de mantener la cordura en medio de tanta barbarie, una forma de redención.

Entre los mejores momentos se incluyen las ocasionales historias dentro de la historia, momentos en los que el curso de la narración se detiene momentáneamente para contarnos algo más sobre el origen de algunos personajes. Varias de estas disgresiones no están exentas de poesía, y dan riqueza a una novela que de otra forma podría haber resultado demasiado lineal. En cambio, algunos otros detalles idiosincráticos, como la reencarnación de un personaje secundario en un cocodrilo violinista (?) o la conversación trascendente de dos de los protagonistas con el propio autor de la novela, me parecieron distracciones innecesarias. Admito, sin embargo, que esto es cuestión de gustos. Otros lectores probablemente las encontrarán de un surrealismo irresistible.

Los navegantes es una novela original y distinta dentro de la fantasía épica. Muchos buscamos en la fantasía épica un refugio frente al cinismo y corrupción del mundo real; buscamos historias donde el heroísmo y el valor tienen significado, relatos grandiosos que nos hagan sentirnos mejor. No encontraremos nada de ello en esta historia que desmitifica salvajemente a sus héroes y que, aunque esté muy llevada al extremo, se intuye más cercana a la realidad de los conflictos bélicos que otras visiones más idealizadas.

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