La Tierra permanece, de George R. Stewart

la-tierra-permaneceEstoy convencido de que mi fascinación con el subgénero postapocalíptico proviene de una fobia social nunca superada. Quiero decir, si me preguntasen como me gustaría verme dentro de diez años, respondería que vagando por urbanizaciones abandonadas y piscinas vacías, consumiendo el contenido de latas que encontrara por ahí y sentándome a mirar los descampaos al atardecer en un estado de feliz suspensión de la consciencia, sin tener que soportar las tensiones de la vida cotidiana y el enorme estrés que me supone relacionarme con la gente y sus erráticos comportamientos a la hora de bajar del ALSA. Y de entre todos los postapocalípticos que he leído, que han sido unos cuantos, uno de los que me dejaron más tocado de la patata fue La Tierra permanece, pero por motivos completamente ajenos a mis enfermedades mentales.

Previamente a la publicación en 1949 de La Tierra permanece, George R. Stewart, un profesor universitario de Lengua Inglesa y variados intereses científicos (topografía, historia, antropología, la entonces incipiente ciencia de la ecología…), había editado dos libros, Fire y Storm, en los que se describía el origen, desarrollo y efectos de un incendio y una megatormenta respectivamente, obras en la que estos fenómenos eran el principal protagonista de la historia. La Tierra permanece se concibió de forma similar, en este caso el meollo de la novela sería el de un mundo en el que el ser humano hubiera desaparecido y a partir de esta premisa Stewart desarrollaría una observación científica, especulativa y analítica de la naturaleza evolucionando a su bola, sin ese elemento distorsionador que es el hombre. Paradójicamente, esta idea se daría la vuelta sobre sí misma, y lo que Stewart se planteó como un relato científico-catastrofista acabó convirtiéndose en, como veremos más adelante, una hermosa parábola humanista.

La Tierra permanece, se estructura en tres partes muy diferenciadas. La novela se inicia con un joven estudiante universitario, Isherwood Williams, o Ish, quien, recluido en una cabaña en el monte currando en una tesis doctoral sobre el ecosistema de la zona, descubre al regresar a la civilización que los seres humanos han desaparecido a causa de un virus letal extremadamente contagioso. Ish se ha librado de este virus por encontrarse muy apartado del centro de población más cercano y gracias a la mordedura de una serpiente cuyo veneno funciona como antídoto. Lo primero que hace Ish tras darse cuenta de lo ocurrido, es regresar a casa de sus padres en un San Francisco desierto. Una vez instalado allí y tras varios encuentros con otros supervivientes en circunstancias un poco inquietantes (aunque no violentas, no esperen en esta novela truculencias ni situaciones extremas, es más, debe ser de los pocos postapocalípticos en los que la humanidad mantiene la dignidad hasta el final), Ish se dispone a cumplir la fantasía definitiva de un joven introvertido que estuviese fascinado con Kerouac; recorrer en automóvil unos EE.UU abandonados, intactos y fantasmales en busca de alguna comunidad de supervivientes en la que integrarse. En esta primera parte, y siguiendo la idea inicial antes comentada, se intercalan en la acción los comentarios del propio Stewart empleando una especie de voz en off; cómo afecta la ausencia del hombre al entorno, cómo el propio Ish se ve afectado psicológicamente por el Gran Desastre y los motivos que le llevarán a establecerse con el propósito de refundar la civilización. Desgraciadamente, estas observaciones científicas entorpecen un pelín el relato y además varías de ellas son presas de su tiempo, me viene a la cabeza una idea con la que se insiste a menudo, la de la Naturaleza como sistema equilibrado, o que tiende al equilibrio, un concepto de enorme influencia durante los años cincuenta y sesenta, pero obsoleto tras demostrarse la esencia caótica del “equilibrio natural”.

Pero no importa, porque la fuerza de esta primera parte radica en ese hermoso viaje de Ish y la perra Princesa por unos Estados Unidos cuasi míticos, de San Francisco a Nueva York, en busca de alguna comunidad de supervivientes. Se trata de un relato de contenido tono elegíaco que aprovecha con mucha sutileza la fascinación que ejercen los lugares abandonados y las civilizaciones perdidas, en este caso superponiendo una sensación de extrañamiento aún mayor, puesto que los escenarios que recorre Ish en su viaje son los de nuestras vidas cotidianas (bueno, las de los lectores estadounidenses de finales de los cuarenta, pero nos entendemos), generando con someras descripciones de los paisajes en el minuto cero del apocalipsis, un sereno lirismo que evoca el que empleaba Bradbury en sus Crónicas Marcianas, cuando describía la civilización marciana desaparecida, las ciudades abandonadas, los canales vacíos y los cadáveres como hojas secas, en ambas obras el trauma de la II Guerra Mundial como telón de fondo.

Ish decide regresar a San Francisco y allí, por casualidad, encuentra a Em (en una decisión atrevida para la época, este personaje fundacional es una mujer de ascendencia africana), el futuro amor de su vida y poco a poco, con la llegada de algunos supervivientes, se establece una pequeña comunidad en la calle San Lupo, la misma en la que se crió nuestro protagonista.

En la segunda parte, la más larga, se relata la evolución de la comunidad de Ish y sus inútiles esfuerzos para recrear la civilización ya desaparecida. La novela insiste una y otra vez en el entorno como modelador de culturas y civilizaciones, se producen pequeños desastres que ya no pueden revertir, como la pérdida de luz eléctrica o el agua corriente que empujan a la pequeña comunidad de Ish a “involucionar” (un concepto erróneo, pero supongo que me siguen entendiendo), a una especie de Edad de Piedra. Esta nueva situación convierte en innecesarias la mayoría de habilidades que nosotros consideramos imprescindibles, como leer y escribir. Incluso las aptitudes personales que Ish más valora; la inteligencia abstracta, el conocimiento enciclopédico, el alcance visionario, ya no tienen valor en el nuevo entorno de una comunidad pequeña que va generando nuevas formas de relacionarse con el entorno y la naturaleza, nuevos ritos y creencias, nuevas costumbres y actitudes según les vaya exigiendo el día a día.

En este punto la historia se revela como un cuento de aprendizaje para Ish, que se ve atrapado por una escala de valores que ya no sirve de nada en este nuevo mundo. Incluso llega a comportarse de forma irritante, con su insistencia en minusvalorar a sus compañeros por su falta de imaginación y de brillantez intelectual. A pesar de todos sus conocimientos y capacidades intelectuales, y a diferencia de los otros habitantes de la pequeña civilización de la calle San Lupo, que instintivamente van aceptando la vida tal y como va viniendo, Ish es un hombre incapaz de adaptarse al nuevo mundo que ha emergido tras el desastre, concibiendo planes y planes que, como ocurre casi siempre, el desarrollo de los acontecimientos, ciego e indiferente como indiferente es la Tierra a la tragedia de la desaparición de la especie humana, trastocan una y otra vez.

Finalmente, es en el último tramo donde la novela se alza para rozar la inmortalidad literaria. Apenas treinta páginas hermosísimas y emotivas en las que un Ish ya anciano y prácticamente senil, desaparecidos ya todos sus seres queridos, comprende que la cultura que ha surgido del Gran Desastre, una comunidad de cazadores en vaqueros y pieles de puma, es tan válida y verdadera como la perdida civilización de automóviles, ciencia y puentes colgantes ha sido para él, que aunque muera y desaparezca el mundo que siempre ha conocido, sus hijos y nietos seguirán adelante, el mundo arderá verde y el ser humano volverá a abrirse paso de nuevo, de forma diferente, quizá mejor, que de eso trata todo. Y comprendemos que lo que en un principio pretendía ser una narración desapasionada y analítica acerca del fin de la humanidad se ha transformado en un relato profundamente humanista sobre el misterio, la alegría y la tragedia de la existencia humana. Recuerdo leer por primera vez esta novela hace siete años y lagrimear como un bendito al terminarla, hacía apenas un par de meses que había muerto mi padre y yo tenía una hija en camino, fue uno de esos momentos únicos en los que todo toma sentido, en los que se expresaba de forma precisa y hermosa algo que no era capaz de identificar. La vida.

La Tierra permanece. Earth Abides (1949), de George R. Stewart
Traducción de Lluís Delgado.
Ed. Gigamesh, 2016.
Tapa blanda. 344 pp. 24€

8 pensamientos en “La Tierra permanece, de George R. Stewart

  1. hola, muy buena y entrañable reseña, lo que me gustaría es que me recomendaras algunas novelas mas de este género postapocalíptico que te hayan gustado

    un saludo

  2. Hola Francisco, muchas gracias, me alegro que te haya gustado la reseña.

    Recomendaciones de cf post-apocalíptica;

    Aunque parezca raro, el primero que se me viene a la cabeza es “La máquina del tiempo” de Wells, que si no es propiamente una novela del subgénero, sí que fue la primera que me enganchó con el mundo postapocalíptico de los Eloi y los Morlocks, y sobre todo, cuando el Viajero tira para adelante a saco y viaja hasta casi el fin de los tiempos. Tanto el libro como la película clásica me alucinaron de pequeño y así estoy, claro.

    Luego así en batiburrillo y a bote pronto; “La nube púrpura” de M.P Shiel, que a mí me gusta pero es bastante rarita (hay reseña en esta misma página), el clásico “El día de los trífidos”, de John Wyndham, una debilidad mía, “La ciudad poco después” de Pat Murphy otro postapocalíptico tranquilo y jipi entre la cf y la novela juvenil, también se desarrolla en San Francisco y creo heredera de “La Tierra permanece”. Cualquier novela catastrofista de J.G. Ballard; “El mundo sumergido” o “La sequía”, por ejemplo, y sobre todo sus relatos sobre apocalipsis lentos de la mente y el tiempo; “La ciudad última”, “Aparato de vuelo rasante”, “La jaula de arena”, “Playa terminal”, “Noticias del sol”, “El día eterno”, “El hombre iluminado”, “Memorias de la era espacial”, “Cargamento de sueños”, que no son relatos postapocalípticos estrictamente, pero que, al menos por la ambientación y tono que yo busco en un post-apocalíptico, podrían entrar en la definición.

    Más; “Soy Leyenda” de Matheson, “La carretera” de McCarthy, “Oryx y Crake” de Margaret Atwood, “Malevil” de Robert Merle, “Dudo errante” de Russell Hoban, (otra novela difícil), “La muerte de la hierba” de John Christopher así en postapocalíptico chungo y deprimente y “El clamor del silencio” de Wilson Tucker, que aunque quizá no sea muy allá, cuando la leí hace años me gustó, un serie B bastante sólido y entretenido.

    Estos son los que se me ocurren ahora, seguro que alguien puede aportar muchos más.

    • recomiendo “Ciudad” de Clifford D. Simak, deliciosa novela donde una simbiosis de perros y robots son los dueños dela tierra y los canes discuten si el hombre existió o es un mito, entre otras delicias

  3. Gracias Alfonso, apenas he leído dos o tres de esta lista pero tomo nota de muchas de estas, por cierto Apocalipsis de Stephen King y El canto del cisne de Robert R McCammon entrarían en esta categoría? hablando de McCammon léete su relato El hombre de los helados, el postapocalíptico mas aterrador que he leído en mi vida

  4. Añadiria a esta lista:
    Rebaño ciego de John Brunner perteneciente a una trilogía.
    La serie de James Wesley Rawles,Patriotas,Supervivientes y Fundadores.
    Un saludo.

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