El último anillo, de Kiril Yeskov

El último anillo

El último anillo

Luis G. Prado parece empeñado en la loable tarea de demostrarnos que, más allá de los sempiternos Lem y Strugatski Bros., el fantástico en la Europa del Este está vivo. Tras los libros de Geralt de Rivia, verdadero buque insignia de la editorial Bibliópolis, que recientemente han merecido  una fastuosa doble página en su presentación en la revista de Círculo de Lectores, (recomendable edición, por cierto, que recopila los dos primeros libros en un único volumen en tapa dura con sobrecubierta al atractivo precio de 19,95 euros), nos trajo hace poco más de un año al ruso Kiril Yeskov, tan desconocido por estos pagos como lo era Sapkowski en su día, pero con una carrera bastante exitosa, parece ser, en su país de origen y mercados afines.

La novela seleccionada para su presentación en España se nos vende como una vuelta de tuerca al universo de El Señor de los Anillos. Una especie de visión de los vencidos, puesto que narra la Guerra del Anillo desde el punto de vista de los ejércitos y aliados de Sauron. Sin embargo, dejando aparte el gancho comercial que puede tener esta caracterización de la obra, lo cierto es que la historia es mucho más que una mera parodia al estilo de bazofias como El sopor de los Anillos; la utilización del universo tolkieniano, convenientemente modificado en sus héroes, nombres y lugares, no es más que un aliciente añadido a la trama, ni mucho menos el ingrediente principal. Yeskov se desvía del canon siempre que quiere, introduciendo lugares y hechos nuevos y creando un universo propio con la suficiente entidad como para caminar por sí solo, sin necesidad de apoyarse en ninguna historia previa.

Asimismo Yeskov machaca sin compasión los puntos negros de la obra tolkieniana: su evidente maniqueísmo, ese airecillo camp que denigra todo lo que huele a progreso y Revolución Industrial, esa loa exagerada de los idílicos paisajes pretecnológicos en los que viven hobbits y elfos,… Mordor es el estandarte de un nuevo modo de entender las cosas, representa el progreso basado en la ciencia, con todo lo que esta tiene de bueno y de malo, y las fuerzas de Gondor, El Concilio Blanco y los elfos son los inmovilistas que quieren que todo quede como está, utilizando todas las armas a su alcance para lograrlo, incluidos el genocidio y la aniquilación de varias razas y naciones. Después, como siempre, los vencedores rescribirán la historia a su conveniencia.

Por suerte, El último anillo no se queda sólo en esto. Una parte importante del libro se dedica al desarrollo de una impecable novela de espías en la ciudad-estado de Opar, un trasunto de la Venecia cosmopolita y traicionera del XVIII. Los vericuetos por los que transcurre la trama, con varias agencias de espionaje y contraespionaje envueltas en un juego de intrigas y desinformación, y el barón Tangorn aprovechándose de unas y otras para lograr el objeto mágico indispensable para llevar a buen fin su misión, resultan apasionantes. Inventa, además, reinos y hechos a su antojo, como la deliciosa historia del caudillo de los reinos del Sur, émulo del zulú Shaka, que expulsa de su territorio a los mercaderes de esclavos y consigue crear un gran imperio a base de sus conquistas guerreras.

Un humor socarrón, muy del estilo de Sapkowski, planea sobre las acciones de los héroes en todo momento y constituye un contrapunto más al grandilocuente y ampuloso estilo de Tolkien. Aquí no hay grandes parlamentos ni discursos impactantes. Sólo seres humanos luchando por conservar su modo de vida. No hay buenos ni malos. Hay poderosos que deciden sobre la vida y la muerte y humildes que tratan de sobrevivir.

Una obra notable, en fin, que se lee con interés independientemente del material en el que se basa. No creo que haya que haber leído El Señor de los Anillos para disfrutar de ella en su plano más inmediato, como novela de aventuras bien tramada. Sin embargo, es el contraste con la obra de Tolkien lo que otorga profundidad a El último anillo. Es en el plano filosófico, y perdóneseme este final pedantesco, donde se encuentra la carga intelectual de la novela. Su inteligente interpretación de los mecanismos de poder, de la inevitable extinción de la cultura de los perdedores a manos del imperialismo del vencedor y de la reescritura de la historia por cronistas a sueldo de esos mismos vencedores, son los tres rasgos que convierten a El último anillo en algo más que una simple novela de fantasía al uso.

Qué soplo de aire fresco están trayendo, a fin de cuentas, estos autores orientales de Bibliópolis Fantástica a los anquilosados esquemas en los que se mueve nuestro colonizado mercado literario

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