Obsequium

ObsequiumResulta fascinante el culto alrededor de La abadía del crimen, el programa de Paco Menéndez y Juan Delcán considerado el mejor videojuego para un computador de 8 bits hecho en España. Basta ver la multitud de remakes centrados en él, como la versión programada por Manuel Pazos y accesible desde cualquier navegador.

Mi llegada a La abadía del crimen fue un poco diferente a la mayor parte del público adolescente de la época de su lanzamiento; por entonces era superfan de El nombre de la rosa. Lo leí hacia 1986 o 1987 en una edición de Círculo de Lectores, circunstancia que llevó a uno de los religiosos del colegio donde estudiaba a mantener una entrevista con mi madre preocupado por mis lecturas. «Normal» que estuviera preocupado; aparte de la trama detectivesca, las diatribas teológicas sobre la pobreza de Cristo o la naturaleza de la risa me atraparon tanto como el relato de la herejía fraticelli. No voy a pegarme el pisto de que lo entendía todo, pero ese material plagaba de atractivas contradicciones ese mundo repleto de contrastes donde los libros eran el centro del universo.

Si había un juego basado en esa novela tenía que hacerme con él.

Me pasé muchos sábados de octavo de EGB despertándome pronto por la mañana y enchufando mi MSX a un pequeño televisor en blanco y negro que tenía en el cuarto para jugarlo. Siempre con la guía publicada en Micromanía a mano, sin que supusiera mucha diferencia. Una vez quedó demostrado que sería incapaz de terminarlo (dos o tres veces llegué a la sexta noche y, por torpe o cansancio, la cagué en el puto laberinto) me dedicaba a explorar el edificio, buscar sitios donde esconderme del abad, saltarme las reglas del programa… Disfrutaba de un entorno único como no recuerdo haber visto en uno de aquellos ordenadores (quizás porque para MSX no hubo conversión de The Great Escape o Where Time Stood Still).

Obsequium es un homenaje a La abadía del crimen ideado por la gente de Ocho quilates. Su estructura es la de una antología de artículos: siete capítulos en los cuales siete escritores glosan diversos aspectos esenciales para entender su objeto de estudio: el contexto histórico; su relación con El nombre de la rosa; cómo se llevó a cabo su grandiosa composición gráfica; el ingenio detrás de su código; la recepción por parte de los medios especializados; la visión de un diseñador actual; los diferentes remakes. Vienen acompañados de varios textos que hablan sobre el proyecto y funcionan como prólogos o epílogo. Textos donde mi lectura ha comenzado a encallar como ya me ocurrió con Ocho quilates.

Cojamos como sujeto de análisis el primer artículo, «Un titán entre gigantes», escrito por José Luis Sanz. Su tarea es complicada: dispone de unas cinco mil palabras para establecer el entorno del cual surgió La abadía del crimen. Primero da unas pinceladas sobre cómo estaba la industria en España, describe el handicap de la piratería y el descenso de los precios de año 87, trata el precio de los ordenadores de la época… No parece el mejor curso a la hora de acercarse al juego; quitando los textos introductorios de los que prefiero no hablar para no hacer sangre, hasta este momento no hemos sabido nada de La abadía del crimen. Mientras, se cuela en el artículo información menor como las listas de títulos creados por diversas productoras extranjeras y nacionales; nombres evocadores para quienes vivieron aquellos años pero que a cualquier persona sin ese contexto les recordará la lista de los reyes Godos después de haber leído la de los Alanos, los Francos y los Suevos. Datos vacuos.

La abadía del crimenSanz comienza a coger tono cuando llega el momento de tratar los videojuegos sin los cuales quizás La abadía del crimen no habría aparecido, o no habría tenido la forma que tuvo: las producciones de Ultimate y The Great Escape. Sin embargo, lejos de aportar información objetiva, todo se discierne desde los más parciales juicios de valor, como cuando se niega cualquier influencia de The Great Escape, sin apoyar su argumentación. Normal, el artículo se comió la mitad de su extensión en esa primera mitad absurda. Si a esto le añades que los factores más relevantes ya están en las dos piezas más notables y su redacción resulta deslabazada, me pregunto por qué no se editó de alguna manera.

Esta carencia de un editor profesional, un director que marque unas pautas claras y ponga concierto, alguien que defina si el destinatario será el público entendido o al general, si se ha de utilizar un registro formal o informal, si se busca profundidad o concisión, es la mayor lacra de Obsequium. Analizando el resultado, con varios textos con una redacción descuidada, prácticamente entradas de blog personal sin supervisión externa, me cuestiono hasta qué punto este libro podrá interesar a alguien ajeno al fenómeno La abadía del crimen. En gran parte Obsequium parece un acto de onanismo intelectual, aislado, incapaz de llevar el juego más allá de los nostálgicos. Un gesto hermoso y, tristemente, vacío.

Afortunadamente, merece la pena rescatar tres artículos. Dos de ellos, los más técnicos, incuestionables. En «El ingeniero cinematográfico» uno de los autores de los remakes, Antonio Giner, nos acerca a la ingente labor realizada por Juan Delcán al componer el aspecto gráfico. Cómo consiguió un acabado visual imponente y su simbiosis con el «polémico» sistema de juego para crear una experiencia avasalladora. Este artículo no se entiende sin «¿Genialidad o galimatías?», de Manuel Pazos. Pazos, autor entre otras versiones de la adaptación a Java, desnuda el código fuente y desvela las triquiñuelas para hacer posible su encaje en máquinas con una memoria tan escasa como el Spectrum o el MSX. Atención especial merece la programación de las rutinas de los diferentes monjes, con un comportamiento bastante avanzado para lo norma aquellos años. Un poco menos inapelable me ha parecido «La imagen del espejo», de Juan Manuel Moreno, una acertada revisión de cómo se realizó la adaptación del libro de Eco. Me falla un discurso a ratos innecesariamente provocador, a ratos metarreferencial, con alusiones veladas a juegos que el lector no tiene por qué conocer.

La abadía del crimenPodría haber incluido en esta terna «Ferraris y máquinas cortacesped», de Enrique Colinet, pero me escama cómo afronta su análisis: juzgar desde parámetros actuales un producto de otra «era». Estoy de acuerdo en muchas de sus aseveraciones, en especial su argumentación sobre su demencial curva de aprendizaje; hoy en día una mayoría de jugadores lo enterraría en lo más hondo del armario después de los primeros quince minutos. Sin embargo, en aquellos tiempos era más habitual y las soluciones que postula bien quedan fuera de las posibilidades del momento, bien quebrarían los fundamentos del juego tal y como se plantearon. Gusten o no, parte de la idiosincrasia de La abadía del crimen.

Queda por hablar de los dos últimos textos equiparables a «Un titán entre gigantes». «Un número 1 del draft infravalorado», de José Manuel Fernández, se pierde en un discurso desvaído repleto de juicios de valor y aseveraciones sonrojantes como

el afán de imbuirnos aún más en los misterios del argumento dibujado por Paco Menéndez hizo que su encarnación en VHS se alquilara una y otra vez, con fans del juego que no se cansaban de verla. Así me lo hicieron constar algunos encargados de videoclubs

en vez de hacer un recorrido por la observación objetiva disponible en las publicaciones de la época, reducidas aquí a dos revistas. Finalmente «De los homenajes tecnológicos al reconocimiento cultural», de Jaume Esteve, repasa los remakes basados en La abadía del crimen con la misma técnica que en Ocho quilates: entrevistas a los autores incorporadas en medio del relato. Aparte de mis problemas con el estilo, el afán de tratar todos los intentos me ha hecho perder el interés cuando se abordan los diversos proyectos que no llegaron a buen puerto.

Llegado a este punto, me doy cuenta que he sido demasiado duro con un producto que quizás debiera juzgar desde parámetros amateurs en vez de otros más profesionales. Sin embargo cuatro de los siete artículos tienen un buen acabado y marcan un estándar no alcanzado por la otra mitad del libro. Una pena porque, por segunda vez, un estudio sobre una faceta imprescindible de nuestra cultura popular no está a la altura de las circunstancias. Y, de nuevo, no habría sido complicado paliar parte de sus problemas.

Obsequium (Ocho quilates, 2014)
ebook. 184 pp. 3 €
Ficha en La web de la editorial

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