Aurora, de Kim Stanley Robinson

AuroraEl tema de los personajes en las novelas hard es un clásico en los debates de ciencia ficción. Utilizadas muchas veces como un vehículo para explorar ideas desde un rigor científico con mayor protagonismo casi que la propia historia, este aspecto ha sido criticado con regularidad desde dos extremos: bien cuando los personajes son vulgares caricaturas presentes por la simple necesidad de tener unos protagonistas para impulsar el argumento deseado; bien porque esos personajes pretenden ganar entidad a raíz de insuflar exceso en sus vidas. Un ejemplo evidente de lo primero sería Tau Cero, de Poul Anderson, tal y como la describe Alberto Cairo en su crítica en Bibliópolis. De lo segundo serviría cualquier novela de Robert J. Sawyer con sus indefectibles protagonistas bajo la presión de un acontecimiento traumático (una violación, acoso sexual, la sombra del adulterio, una enfermedad incurable…). Aunque en su caso no estemos ante un “hard” en sentido estricto.

Llevaba más de una década sin leer una libro de Kim Stanley Robinson. Sin entrar a valorar su competencia en este asunto, siempre le había tenido más como un practicante de lo segundo. Suele explotar el conflicto entre sus personajes desde múltiples niveles (políticos, sociales, personales) en aras de convertirlos en portadores de unas ideas por las cuales el lector sienta un interés, tome partido, cambie su percepción… Sin embargo tras la lectura de Aurora, da la sensación de haberse entregado sin ambages a lo que Alberto Cairo ponía de relieve en su texto sobre Tau Cero. Palabra por palabra.

Ésta es una novela con tesis: la humanidad está confinada dentro del sistema solar y cualquier intento de abandonarlo está abocado al fracaso. La trama es un pretexto muy liviano para exponer las razones ecológicas, evolutivas, tecnológicas, sociales, culturales… detrás de su argumentación, un modus operandi que no pillará por sorpresa a los lectores de sus novelas de Marte o títulos más recientes como 2312. Sí sorprende su ausencia de relieve, una desastrosa construcción del drama bastante complicado de defender.

Aurora está dividida en siete partes. Salvo la primera y la última, contadas por una narrador omnisciente con la única intención de presentar y cerrar la historia de los protagonistas centrales (como en la trilogía de Marte, volvemos a tener un reducido grupo de protagonistas que viven hechos desarrollados a lo largo de un par de cientos de años), las otras cinco se construyen a partir del relato de las IAs al cargo de la nave generacional con destino Aurora, el “planeta” de Tau Ceti objetivo de la misión. Esta elección le permite a KSR crear un narrador que, desde dentro y con una cierta omnisciencia, relata con conocimiento todos los aspectos involucrados: los problemas a los que se enfrentan los tripulantes y pasajeros durante el viaje, partes de su pasado como comunidad ya olvidadas, la llegada a Aurora y sus esfuerzos por colonizarla, el conflicto desatado cuando descubren las complicaciones del proyecto…

Kim Stanley RobinsonLa IA es como es. Dispone de una base de datos con todo el conocimiento acumulado por la humanidad en el momento de la partida, más la información recibida durante el viaje. A la luz de esta biblioteca de babel, cada pequeño episodio es iluminado bajo esta lente, descrito con abundantes referencias cuantitativas y cualitativas que convierten la historia en un texto literario a mitad de camino entre una novela y un libro de divulgación de Michio Kaku o de Jared Diamond. Naves generacionales, arcologías, terraformación, hibernación o dinámica orbital son temas tratados con amplitud mientras la posibilidad de tener una conciencia artificial, la toma de decisiones o la legitimidad política se abordan de una manera más superficial. Si se depende de unos personajes atractivos, un lenguaje con una cierta plasticidad, un relato evocador… estas explicaciones invitan a pasar páginas con alegría sin prestar demasiada atención bajo el asedio de descripciones sobredimensionados, datos y discursos enunciativos apenas rotos por las inevitables turbulencias sociales. Para muestra un botón:

La segunda luna de F, llamada Iris por quienes habían propuesto establecerse allí, demostró ser una roca pelada sin una gota de agua, tal como habían sospechado: núcleo de hierro, campo magnético; seca a excepción de los restos congelados de un cometa en una superficie salpicada de cráteres, atravesada por dos largos cañones rectos, fruto posiblemente de anteriores fracturas. Una especie de Mercurio enorme, puestos a encontrarle un parecido físico, además de posiblemente histórico; su núcleo pesado atestiguaba, quizá, una colisión en sus primeros tiempos que había arrancado una capa exterior de roca más liviana, que a su vez se había precipitado sobre F en lugar de ser expulsada de la órbita por Iris. Al menos este era el modelo más adecuado de sus orígenes para justificar los datos. Su gravedad de 1,23 g era más bien descorazonadora, pero tenía una rotación breve, no estaba completamente supeditada a una rotación sincrónica con F, lo cual reforzaba de hecho la teoría de una colisión temprana. Tenía por tanto un día de treinta días de duración, un mes orbitando a F que constaba de 20 días, y el año de F era de 650 días. La órbita de F era de 1,36 UA de Tau Ceti; su insolación de Tau Ceti era del 28,5 por ciento respecto a la terrestre. Se hallaba en el límite de lo que se consideraba habitable, pero recibía la suficiente luz solar para que fuese factible.

Mi desconexión ha sido tal que si Aurora ha funcionado de alguna manera ha sido más bien como comedia no buscada. Momentos como cuando la humana protagonista descubre que uno de sus romances ocasionales puso en su madre la idea de tener descendencia; el pobre hombre encerrado durante media novela en una nave y del cual sólo se acuerdan cuando le tienen que consultar alguna duda; el párrafo en el cual KSR se siente en la necesidad de rendir cuentas con su pasado y desestimar la rápida terraformación del planeta rojo en su serie de Marte son apenas tres de los innumerables fragmentos risibles de un relato que continuamente se pone zancadillas a sí mismo al mitigar entre tanto detalle el drama de los sucesivos callejones sin salida donde introduce a la tripulación de la nave generacional.

Durante gran parte de la lectura no podía dejar de pensar en el contenedor que tengo a pie de calle donde busca alimento un grupo de hormigas. Al bajar la basura las veo corretear sobre su superficie y despiertan en mi lo mismo que los protagonistas de Aurora. Llueva o haga sol, mi sentimiento hacia ellas es equiparable a la angustia, tristeza, interés que me ha despertado este grupo de seres humanos llevados por Kim Stanley Robinson como un cocinero novel llevaría la cocina de un restaurante la noche en la que el equipo titular sufre algún tipo de intoxicación. Conocedor de las técnicas necesarias para hacer su trabajo, se ve incapaz de coordinar los esfuerzos del grupo a su cargo, proporcionando a sus clientes una experiencia entre insípida y desastrosa.

Al menos me ha servido para poner punto y final a mi relación con su obra.

Aurora (Minotauro, 2016)
Aurora (2015)
Traducción: Miguel Antón
Rústica. 448 pp. 21,95 €
Ficha en La Tercera Fundación

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