Música de mierda, de Carl Wilson

Música de mierdaEn estos 16 años dedicado a la crítica amateur he cambiado tanto que me cuesta reconocerme cuando me da por releer alguno de textos escritos hace más de un lustro. Todavía no puedo decir que haya pasado media vida, pero la expresión se puede quedar corta si considero la evolución de mis intereses, mi aprecio por determinadas características narrativas, mi manera de enfocar ciertos comentarios. En este tiempo he mantenido todo tipo de acordes y desacuerdos; impresiones compartidas por prácticamente casi todo el mundo, reseñas en minoría en las cuales me quedaba en solitario frente a una mayoría que loaba o masacraba un libro… En algún momento del camino me sentí interesado por iniciarme en la crítica literaria formal. No obstante la pereza, ser un yonqui de la narrativa, involucrarme en otros asuntos dejaron el proyecto en mera intención. De ahí que siempre me haya sentido incómodo cuando se me ha etiquetado como “crítico”, ya fuera en conversaciones informales, los dos años sirviendo en el jurado del premio Xatafi-Cyberdark, en alguna mesa redonda o al aparecer mencionado en según qué artículo. Aunque en los textos que escribo siempre he desarrollado mi visión más allá del argumento y mi gusto personal, este último ha dominado cualquier valoración. Este rollo macabeo rayano en la justificación autocomplaciente es mi manera de apuntar por qué me he sentido tan cerca de Carl Wilson en Música de mierda. Supongo una obra tan marginal para los iniciados en los misterios de la crítica literaria o la estética de la recepción como una lectura valiosa para lectores menos bregados en estos temas. Especialmente si acostumbran a dejar negro sobre blanco sus opiniones en internet.

Blackie Books ha optado por poner al libro un título “fácil” y ha prescindido del original Let’s Talk About Love: A Journey to the End of Taste. Con menos gancho aunque indudablemente más cercano al espíritu del ensayo. En sus páginas Wilson utiliza la figura de Céline Dion y uno de sus discos más populares, Let’s Talk About Love, para entender por qué se convirtió en un fenómeno global mientras la totalidad de la crítica musical la tenía como una abanderada del mal gusto y lo hortera. Una artista risible a la que, en el mejor de los casos, sólo merecía la pena juzgar con mera condescendencia. Frente a ellos, WIlson monta un caso práctico alrededor de la cuestión del gusto, cómo se crea y su manera de influir en las valoraciones sobre cualquier tipo de obra.

Antes de llegar ahí, toma impulso a partir del origen de Dion como cantante francófona en Quebec, el trampolín hacia una trayectoria de alcance mundial. Su acercamiento, desde múltiples perspectivas (su familia, su cultura, los orígenes de su carrera, la dirección comercial de sus pasos, el tipo de canciones que ha cultivado, su instrumento vocal…) da fe de la minuciosidad de la empresa. Los capítulos son breves lo que unido al ingenio al formular sus ideas y su ritmo al atravesar los diferentes nudos gordianos convierten Música de mierda en una lectura fluida repleta de recompensas.

Como la figura de Dion nunca me ha interesado, mi mayor satisfacción ha llegado en los capítulos en los que apenas aparece tangencialmente y se abordan temas como las raíces de la música sensiblera o la explotación del desarraigo y la alienación como mecanismo para empatizar con los oyentes. Pero sin duda es en su exposición de las teorías de Bourdieu y su sociología de la percepción estética donde se halla el fulcro de Música de mierda.

Let's Talk About Love. A Journey to the End of TasteWilson se acerca a la estética desde las ideas de Kant y Hume, pasa por las raíces aristocráticas del arte y su difusión entre las incipientes clases medias durante la revolución industrial hasta llegar a la aparición del arte pop y la fragmentación durante el siglo XX; esa miriada de géneros, subgéneros, corrientes caóticas, híbridas, desconcertantes de una actualidad aparentemente fraguada en el todo vale. Una ruptura con el orden establecido y el principio de autoridad donde discernir el buen y el mal gusto, a priori una cuestión estética, parece haber dejado paso a una cuestión social impregnada por la exigencia de ganar un estatus. En este contexto, la percepción de una obra, su aceptación o rechazo, quedaría condicionada por la necesidad de satisfacer unas expectativas explícitas o implícitas, conscientes o inconscientes, mientras interpretamos ese personaje que nos rodea cuando interactuamos con los otros.

Una vez expuesto el meollo, tras acercarnos a la visión de Dion mediante un concierto al que asistió en Las Vegas (una experiencia catártica relatada a flor de piel) y recorrer la influencia en el panorama musical posterior, Wilson pone en juego un supuesto práctico. Un análisis de Let’s Talk About Love escrito a partir de todo lo expuesto hasta el momento, un ejemplo de la crítica divulgativa que propone en el último capítulo del libro. Una conclusión durante la cual invita a romper con vicios como el narcisismo de la pequeña diferencia (una de nuestras máximas en C) y argumenta en favor de una crítica más “empática”. Una invitación a realizar valoraciones menos dispuestas a alentar y compartir gustos propios, o resolver cruzadas personales. Más próximas a estudiar las obras desde una narrativa personal, lejos de maximalismos o afanes de lucimiento. Textos que señalaran el lugar de donde surge la obra, qué tipo de lector/oyente/espectador busca, dieran una posición prominente a sus vías de expresión sin ocultar el camino de donde uno viene ni enmascararse en un manto de pretendida objetividad.

Se comparta o no esta propuesta, ya sólo por acercarse a ella me parece recomendable Música de mierda. Un libro en el que, más allá del desafortunado título elegido, apenas desentona el epílogo final elegido por Blackie Books para su edición. No aporta nada al ensayo de Wilson, perfectamente cerrado tal y como él cerró su libro. De hecho, puestos a incluir material extra, me hubiera gustado ver los de la edición ampliada publicada en 2014, de la cuál parece sólo se ha utilizado el texto de Carl Wilson y la introducción de Nick Hornby. No se puede tener todo.

Música de mierda, de Carl Wilson (Blackie Books, 2016)
Let’s Talk About Love: A Journey to the End of Taste (2014)
Trad. Carles Andreu
216 pp. Tapa dura. 18,90€
Ficha en la web de la editorial

5 pensamientos en “Música de mierda, de Carl Wilson

  1. Qué artículo tan interesante y qué cerca he estado de no leerlo por el título. Coincide que estos días he estado reflexionando también sobre el estilo de mis reseñas, en parte por el post de recomendaciones, pero sobre todo por las que estoy publicando en Goodreads. Es evidente que no siguen el esquema convencional y que no son “justas”: prácticamente nunca describo sobre qué va el libro y casi siempre ciño mi análisis a una o dos características muy concretas que me han llamado la atención (para bien o para mal).

    ¿Quiero escribir reseñas más tradicionales? Pues creo que no. Posiblemente las haría más fáciles de entender y aumentaría los puntos de debate, pero me cuesta lo suficiente escribir como para que no me atraiga juntar 1000 palabras de las que 800 repitan algo contado en 50 sitios antes. Y, además, la propia naturaleza de Goodreads lo hace absurdo: mi reseña no está en un limbo, sino que se inserta en la ficha del libro, precedida y seguida de cientos de otras reseñas. Volver a contar el argumento del libro sería como editar un artículo de la Wikipedia para duplicar el primer párrafo y reescribirlo, en lugar de añadir información nueva.

    Lo que intento decir a partir de mi caso concreto es que hay interdependencia entre medio y mensaje. Si queremos cambiar el mensaje, es posible que los medios que usamos actualmente no nos valgan.

    La crítica profesional nace en los periódicos, medio de naturaleza unidireccional, estático y aislado por excelencia. La crítica amateur no por casualidad nace en los blogs, el medio digital que imita a los periódicos en papel. La crítica amateur no se da en listas de correo, foros o redes sociales, donde lo que hay son comentarios e intercambio de opiniones, rara vez piezas de tipo “este es el total de mi opinión sobre este libro”.

    Puede que esté por fin aprendiendo a canalizar mi Aaron Swartz interior, pero creo que una crítica más empática puede aportar mucho a la comunidad, pero pienso que necesita una mayor simetría en la comunicación, ya sea consiguiendo una mayor bidireccionalidad o a través de la creación de contenido agregado: ¿hasta qué punto puede una persona entender gustos o posturas que no son suyos?, ¿no será más fácil si los contenidos son generados por personas de diferentes posturas?, ¿es entonces un blog la herramienta adecuada?

    Para que no parezca que me cebo con los blogs, hablemos de las convenciones. Para alguien que sigue a cierta distancia tanto las convenciones de mi sector profesional como las de literatura, me sorprende las diferencias que hay entre unas y otras. Las convenciones de literatura me parecen aberrantes: son absolutamente unidireccionales. La organización elige las actividades, los participantes, los temas y cómo se tratan, etc. La “participación” de los miembros de la comunidad se limita a asistir o no a los diferentes actos. Oh, y quizá a hacer una pregunta de lucimiento personal en la ronda de preguntas. ¿Por qué no abrir las convenciones a la participación de la comunidad a través de Call for Papers? Puede que no funcione, pero si funciona podría reducir el abismo que separa a organizadores y hardcore fans del resto del público, ayudaría a democratizar los temas que se tratan y cómo se tratan y aumentaría la diversidad de los contenidos, pudiendo llegar a grupos dejados de lado por las “élites”.

    • Mi reseña, como siempre, se ha quedado con cuatro ideas mal contadas, enlatadas para que se ajusten a algunas cosas que llevo pensando últimamente y que quizás debiera estructurar de manera independiente en vez de parasitar las ideas de otro.

      Wilson habla desde una posición de crítico musical de los que necesitan 5000 palabras para describir lo que ha encontrado en un disco. Es en ese sentido en el que va su crítica del disco de Dion que culmina el libro y donde plasma todo lo que ha “descubierto”/elaborado hasta el momento sin esconder quién es ni lo que siente por su música. Es otra realidad que no se puede aplicar ni al bloguero amateur que dedica un par de horas a plasmar en un texto qué le ha parecido cualquier cosa ni a quien deja esa opinión en una red social a modo de porrón de vino en el mar. Pero creo que varias de sus aportaciones se pueden aplicar a lo que hago y, en esa misma línea, pueden resultar útiles a quienes también se dedican a aporrear teclas semana sí semana también buscando atraer lectores a su pequeña cerilla.

      Entiendo perfectamente lo que me comentas de tu uso de Goodreads. Me recuerda un poco a cómo enfoco estas críticas que escribo por aquí. En origen un mero recordatorio de aquellos aspectos del libro que me llamaron la atención y que, dejados por escritos, me pueden servir para elaborar algún tipo de discurso cuando quiera recordar qué me pareció. Si tuviera que depender exclusivamente de mi memoria, sólo podría enlazar cuatro palabras muchas veces mal conectadas.

      Me parece muy agudo lo que comentas al final. El último ejemplo de la desconexión entre organizadores y público la tenemos en una convención que se está preparando donde todo gira alrededor de lo mismo: gente hablando en una mesa intentando venderte un libro, un cómic, una carrera profesional. Cosa que a mi me puede interesar pero que a la mayor parte del público le parece un soberano peñazo. No hay más que pasarse por los actos de cualquier feria del libro para ver cómo están las minicarpas de actos; veinte personas con cara de palo escuchando a alguien mientras cientos, miles de personas, pasean por detrás, de puesto en puesto, sin acercarse siquiera a mirar qué se cuece. Mientras las BarraCones tienen el doble o triple de gente discutiendo animadamente de lo que se tercie, muchas veces buscando explicar y conciliar visiones opuestas de un mismo objeto cultural.

      60 frente a 20. Tampoco es mucho.

  2. Lo de Bordieu es muy interesante, había algún fragmento de sus tesis porque ya había tirado Lenore de este filósofo en su “Hipsters, etcétera”. Supongo que como el consumo del ocio es central en nuestras vidas, nuestros gustos se han convertido en otra moneda del intercambio social, algo parecido a lo que ocurre con el sexo en “Ampliación del campo de batalla” de Houellebecq. Además, que es más barato lucir gusto refinado que comprarse un Pollock, es un poco elitismo para las masas.

    Yo creo que lo que propone Wilson es aplicar a la música pop los parámetros de la crítica académica que se da en el mundo del arte, por ejemplo, valorar una obra artística desde una serie de parámetros establecidos (influencias de la obra, contexto, innovación, técnica, etc), algo que es muy difícil de hacer para los que somos amateurs, presupone unos conocimientos que la mayoría no tenemos. Es el problema, que la mayoría de los que hablamos o escribimos de cultura más o menos popular somos opinadores autodidactas, con todo lo malo (y un poco bueno) que eso conlleva. Yo en lo todo lo que escribo me pondría al final, “pero bueno, no me hagas mucho caso”.

    “invita a romper con vicios como el narcisismo de la pequeña diferencia (una de nuestras máximas en C)” <— Esto no lo he entendido, ¿qué es el "narcisismo de la pequeña diferencia"?

    • Acabo de comprobar que en la última edición eliminé un fragmento de una frase que incide en la idea de escribir la crítica desde una narrativa personal (las dos últimas líneas del penúltimo párrafo). Wilson defiende que el crítico no oculte el lugar de donde viene, su manera de analizar la obra. Que desde su visión surgida de a saber qué nicho sociocultural, escriba sobre cualquier cosa sin enmascarar esos orígenes ni esconderse detrás de una pretendida objetividad que a saber hasta qué punto está ahí. Reconocer que somos parciales y estamos implicados. Preocuparse en describir el placer que algo nos produce y no en ganar adeptos a la fe verdadera. No pide que se eliminen las críticas negativas, pero sí en hacer un esfuerzo por descubrir qué puede despertar esa obra en otros (obra musical; Wilson no pierde de vista sobre lo que escribe)

      Fonz, creo que lo que escribes va en esa línea.

  3. No creo que Celine Dion no le gusta a nadie, es un duro, descortez y irracional comentario de este señor. Cuantos premios has ganado?????

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