El Reino, de Emmanuel Carrère

El ReinoEl Reino es un libro polifacético. En su interior no sólo se encuentra una búsqueda personal de los orígenes del cristianismo a través de las escasas fuentes documentales existentes. Es una exploración de cómo se establecieron los dogmas y, al mismo tiempo, una labor de introspección en la cual un antiguo creyente indaga en los orígenes de su fe, su evolución o su perspectiva veinte años después de haberla perdido. El recuerdo de alguien perturbado por la idea de la creencia en la resurrección de los muertos o el sacramento de la consagración, humilde y elocuente a la hora de plasmar sus pensamientos y dudas. Pero especialmente es un estupendo ejercicio de metaliteratura donde Carrère pone en juego su manera de enfocar la narrativa.

El autor de Limonov y De vidas ajenas inicia El Reino situando de nuevo su vida bajo el objetivo de su narración y recuerda una crisis personal que le llevó a convertirse en un ferviente católico. Esa etapa le lleva a recuperar un antiguo diario de cuando estudiaba el Evangelio de Juan diariamente, la puerta de entrada hacia el nacimiento del cristianismo y la figura de Pablo de Tarso. Un periodo de medio siglo tras la muerte de Jesucristo convertido en el eje central del libro.

Carrère pivota sobre Los hechos de los apóstoles, el texto bíblico escrito por Lucas a finales del siglo I para glosar las vidas de Pedro y Pablo, y lo correlaciona con otros textos coetáneos: las diferentes cartas de los apóstoles y La guerra de los judíos de Flavio Josefo. Su objetivo es trazar un retrato plausible del cristianismo del siglo I, una secta del judaísmo con varios grupos en conflicto según las diferentes formas de enfocar sus creencias, segregados en función de su conocimiento de la figura de Jesucristo. Básicamente, los apóstoles que lo habían acompañado frente a los gentiles que se acercaron a sus “enseñanzas” con posterioridad, sin contacto directo con él o sus discípulos. Como los legajos tienen la porosidad del cerebro de una oveja con encefalopatía espongiforme, Carrère rellena los agujeros a base de elucubrar sobre quién pudo redactar cada texto, infiere dónde estuvieron los progatonistas y qué pudieron hacer durante esos períodos más oscuros, cómo se debieron enterar de cierta información plasmada en sus escritos, por qué la especificó así…

Como me comentaba un buen amigo hace unos días, este ejercicio resulta peliagudo. Después de dos milenios de eruditos discerniendo sobre estos temas, que aparezca un chisgarabís arribista e insinúe, por poner un ejemplo, a partir de una serie de conjeturas circunstanciales, que la Epístola de Santiago fuera escrita por Lucas es de arrogancia difícil de tragar. Sin embargo Carrère no oculta qué está haciendo: manifiesta sus dudas, expone sus hipótesis, hace sus interpretaciones delante de un lector al que dota de herramientas suficientes para considerar qué incorpora y qué deja pasar. El Reino es narrativa tal y como Carrère la concibe; una manera de explorar su vida, sus inquietudes, su realidad, su… esencia sin pudor.

Emmanuel CarrèreDurante su exploración de la figura de Pablo, a priori el carácter central de gran parte de El Reino, irrumpe otro “personaje” si cabe más interesante: Lucas, el evangelista. El primer historiador cristiano, dedicado a una labor de documentación que trasciende su trabajo inicial como biógrafo y compañero de Pablo y que, gracias a su convicción y su entrega a su maestro, termina interesándose por aspectos para él desconocidos e insignificantes hasta ese momento a la hora de desarrollar la acción evangélica como la vida del Mesías. Es en esta faceta, con la cual Carrère se siente plenamente identificado, donde surge la exploración metaliteraria más suculenta, con abundantes reflexiones y casos prácticos sobre su visión personal, contrapuesta en un pasaje muy concreto a la labor de Yourcenar en Memorias de Adriano:

Apruebo el método, orgulloso y humilde. La lista tan poética de invariantes me deja pensativo porque roza una cuestión trascendente: ¿qué es eterno, inmutable, «en las emociones de los sentidos y las operaciones del intelecto»? ¿Qué es lo que, en consecuencia, no depende de la historia? Vale, el cielo, la lluvia, la sed, el deseo que empuja a los hombres y mujeres a acoplarse, pero en la percepción que tenemos de estas cosas, en las opiniones que nos formamos de ellas, la historia, es decir, lo cambiante se insinúa enseguida, ocupa continuamente espacios que creíamos fuera de alcance. En lo que no coincido con Yourcenar es en lo de la sombra proyectada, en el aliento sobre el azogue del espejo. Yo creo que eso es algo inevitable. Creo que siempre se verá la sombra proyectada, que se verán siempre las argucias con las que se intenta borrarla y que más vale, por tanto, aceptarla y exponerla. Es como cuando se rueda un documental. O bien se intenta hacer creer que en él se ven a las personas «de verdad», es decir, tal como son cuando no se las filma, o bien se admite que el hecho de filmarlas modifica la situación, y entonces lo que se filma es esta situación nueva. Por mi parte, no me molesta lo que en la jerga técnica se llaman las «miradas a cámara»: al contrario, las conservo, hasta llamo la atención sobre ellas. Muestro lo que designan esas miradas, que en el documental clásico se supone que quedan fuera de campo: el equipo que está filmando, yo que dirijo al equipo, y nuestras disputas, dudas, nuestras relaciones complicadas con las personas a las que filmamos.

Se esté o no de acuerdo con sus licencias, la posibilidad de profundizar en su visión resulta tan enriquecedora como iconoclasta. Una labor donde también destacan las comparaciones utilizadas para incidir en multitud de ideas. Poner en igualdad de condiciones los cuadros de grandes pintores clásicos y los modelos utilizados como base, sus miradas, su transmisión del éxtasis, con la autenticidad de las sensaciones recogidas en vídeos pornográficos y salir airoso no está al alcance de cualquiera.

Más agreste resulta la faceta teológica. Inevitablemente, Carrère necesita acercarse al mensaje apostólico de Pablo o del resto de corrientes del protocristianismo, discute las diferentes variaciones respecto al judaísmo o lo contrasta con los evoluciones posteriores hasta, dando un salto de dos milenios, llegar a la interpretación actual. Un aspecto menos atractivo, supongo como el ejercicio de análisis del pensamiento de Dick a través de su obra de Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos para los legos en la materia. Aunque esporádicamente aparecen reflexiones para meditar como la elegida para clausurar el libro, unas páginas reveladoras sobre la senectud del cristianismo en Europa.

Sin duda, recomendaría leer antes otros libros de Carrère como El adversario. Ahora bien, si se dispone de interés por el arte de contar historias y conocer una visión poco convencional, desafiante y provocadora del origen de la religión que ha modelado el viejo continente desde hace dos milenios, El Reino es una lectura a tener en cuenta.

El Reino (Anagrama, Col. Panorama de narrativas 902, 2015)
Le Royaume (2014)
Traducción: Jaime Zulaika
Rústica. 520pp. 24,90 €
Ficha en La web de la editorial

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