Justicia auxiliar, de Ann Leckie

Justicia auxiliarHugo, Nebula, British, Arthur C. Clarke… El arsenal de galardones acumulado por Justicia auxiliar es apabullante. Si atendemos a un criterio puramente cuantitativo en función de los premios recibidos, durante 2014 se convirtió en la novela de ciencia ficción más destacada de la historia. Sin embargo aquí en C, apoderados por ese espíritu iconoclasta que nos caracteriza, Alfonso García firmó uno de sus afilados análisis cargando contra los numerosos puntos débiles de una novela que se puede tomar como evidencia de la mediocridad de las novelas durante su año de publicación en el interior de ese cortijo llamado fandom. Como su reseña es excelente y apenas puedo añadir cuatro detallitos menores, he enfocado este texto como un resumen de los errores de concepto en los que he caído durante mi acercamiento al libro, y cómo quedaron tras su lectura.

El primer error con el que llegué parte de su ilustración de cubierta, la misma de su edición original en inglés: Justicia auxiliar es un space opera, pero olvídense de naves espaciales combatiendo entre sí o situaciones más grandes que la vida. Tampoco se puede decir que derroche “molonio“. Esta novela pertenece a otro tipo de aventura espacial, más cercana a las correrías por superficies planetarias y viajes entre sistemas a lo Jack Vance, sacrificando ese punto exótico y extravagante tan característico del autor de Los príncipes demonio o El planeta de la aventura en favor de rasgos a lo historia de costumbres de las novelas de Miles Vorkosigan creadas por Louis McMaster Bujold, más amanerada y extirpando por completo el humor, o una C. J. Cherryh cargada de diazepán hasta las cejas.

Porque Justicia auxiliar es una historia seria.

Segundo error de concepto: se supone que Justicia auxiliar es una novela contemporánea, fruto de la evolución del género a través de décadas. Y como bien comentó Alfonso en su reseña, para nada. Es cierto que en su discurso narrativo la cuestión de género (el novum creado por Leckie al urdir su narrador y que le otorga un cariz moderno) es importante, pero adolece de una superficialidad que la sitúan muy lejos de innovadoras de la ciencia ficción como Joanna Russ u Octavia Butler (de ahí el premio). De hecho, más allá de ese estilo con el que está contado, lo que queda es de los fondos más polvorientos que he visto en una novedad en los últimos años.

El universo humano está dominado por un Imperio Roman… Galáctico muy próximo a la Teocracia, el Radch; hay un emperador con el don de la ubicuidad y supuestamente megalomaniaco al que nadie chista por miedo a una muerte segura; aparece una especie alienígena con la que firmó un tratado de paz para evitar un conflicto y que acecha desde detrás del telón; existen hordas de legionarios sometiendo nuevos mundos y manteniendo la paz; sociedades planetarias pseudo-feudales viviendo en una pseudo-neo-edad media… Los materiales con los que Leckie construye su ficción son vetustos, prácticamente provenientes de los tiempos de E. R: Burroughs y Doc Smith, huyendo de los elementos barrocos a lo Frank Herbert y en las antípodas de la space opera renovadora de las últimas tres décadas escrita por gente como Peter F. Hamilton, Vernor Vinge o, no digamos ya, Iain M. Banks.

El tercer error de concepto viene de la construcción del escenario. Leckie hace una labor meritoria a la hora de tejer mundos: repletos de detalles, con estructuras sociales, modos de comportamiento y sistemas de creencias que condicionan el devenir de los personajes. Sin embargo esa creatividad aparece reñida con su dosificación; aunque nada hay esencialmente nuevo en su creación, Leckie no utiliza el posible bagaje de sus lectores, o las ganas de estimular su imaginación a partir de la sugerencia. Opta por explicarlo todito de pe a pa dos o tres veces, sea o no necesario, atestando su relato de acotaciones en muchos casos intrascendentes.

Ann LeckieCuarto error con el que llegué a Justicia auxiliar: puede ser una novela complicada de leer. Para nada. Leckie utiliza un narrador en primera persona que cuenta su experiencia de una forma anodina. No tengo claro si porque es la IA de una nave espacial y, por lo tanto, en su programación se olvidaron de incluir gotas de ingenio o humor (y sí, por ejemplo, estar obsesionada con describir las dimensiones de las habitaciones que visita, que es como más de máquina) o si, realmente, su relato ha salido así porque ha sido incapaz de darle un mínimo filo a su personaje. Para imprimir un cierta mordiente, fragmenta parte de la novela en dos hilos (alguno más hay) siguiendo dos momentos temporales y usa un artificio en su narradora, el novum del que ya hablé un poco más arriba.

Resulta que la protagonista tiene forma humana. Las IAs de las naves en el impero Radch controlan cuerpos, los restos de los conquistados que por millones se acumulan en bahías de carga a la espera de ser utilizados. Cáscaras vacías controladas como por arte de magia por una inteligencia central que integra la experiencia de decenas de cuerpos; tropas de todo tipo armadas hasta los dientes y dispuestas a hacer su función sin preocuparse por el espíritu de autopreservación. En sus encuentros todos se refieren entre sí como si fueran mujeres, creando un sugerente halo de extrañeza. Sólo cuando habla otras lenguas el género aparece en la conversación y la protagonista muchas veces tiene que aventurar el género de su interlocutor. Este recurso es un atrayente vehículo para mostrar una sociedad donde la separación entre individuos, la posición en la escala social, no depende del sexo sino de la pertenencia a tal o cual familia. Sin embargo, me ha resultado más interesante cómo Leckie introduce el tema de los cuerpos compartidos, la relativa ubicuidad de las mentes y los problemas de conciliar cada uno de ellos. Cómo puntualmente escinde la narración en dos o tres cursos paralelos, o cómo pasa de lo que está viendo un cuerpo a otro, y a continuación a otro en frases consecutivas, añadiendo un grado de extrañamiento sin sacrificar claridad que le sienta bien al texto.

A pesar de su obsesión por describir lo innecesario, Leckie tiene potencial como narradora.

Y quinto y último error. Como historia de costumbres tiene personajes atractivos, diálogos incisivos, conflictos inquietantes… Pues, salvo algún secundario como Awn, la teniente a la orden la cual sirve la protagonista y que introduce los problemas del imperio Radch con la incipiente “modernidad”, el resto me ha resultado tan estimulante como los secundarios de Walker Texas Ranger. Y la razón principal por la cual cuando por fin comienzan a pasar cosas, servidor haya pasado páginas leyendo en diagonal, más interesado por ver hacia dónde iba la acción que por el posible destino de los personajes.

Al menos conseguí terminarla.

Al final en Justicia auxiliar he encontrado varios aspectos positivos entrelazados con otros deficientes, en su mayoría creo disculpables en una primera novela. Quizás, enlazando con el principio, tanto premio me ha llevado a centrarme en detalles a los que en una lectura “ciega”, sin conocer todo lo que rodea a una obra, no habría prestado atención. Aunque una idea he sacado en claro: no tengo la más mínima intención de leer las novelas que siguen a Justicia auxiliar y que, supongo, veremos en Nova Ciencia Ficción en los próximos años.

Con una basta.

Justicia auxiliar (Ediciones B, col. Nova Ciencia Ficción, 2015)
Ancillary Justice (2013)
Traducción: María Victoria Morera García
Rústica. 416pp. 20 €
Ficha en la web de La tercera fundación

2 pensamientos en “Justicia auxiliar, de Ann Leckie

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