Wolves, de Simon Ings

Wolves

Wolves

No me extraña que el fugaz e inexorable paso del tiempo sea un tema fundamental en el arte y la literatura desde tiempo inmemorial. Lo he sufrido en mis carnes hace nada, cuatro días atrás como quien dice me encontraba reseñando Dead Water de Simon Ings, y en un visto y no visto (¡más de tres años ya!) ha publicado otra novela, Wolves, con gran éxito entre la crítica anglosajona más cabal, moderna y sensata. ¿Y qué he estado haciendo yo durante todo ese tiempo? Pues absolutamente NADA, querido lector, como mucho dedicado a pergeñar de vez en cuando cuatro reseñas mal contadas sobre libros y películas que a duras penas soy capaz de entender. Y es que si me entrego al derrotismo es porque he recibido un severo correctivo leyendo Wolves, uno de tal calibre que ha minado mi autoestima de lector culto, ilustrado y hasta un poquitín moderno con barba, sumiéndome en el desconcierto, la confusión y hasta la melancolía.

Como mi legión de fans ya sabe de sobra, la anterior novela de Ings, Dead Water, me pareció un novelón espectacular de una tremenda complejidad estructural que abarcaba grandes distancias espacio-temporales, narrada desde múltiples puntos de vista que tejían un intrincado argumento que empleaba de forma original y novedosa la ciencia ficción como herramienta para entender el mundo. Sin embargo, en esta ocasión, Ings plantea una historia muy diferente. Para empezar se limita a un terreno mucho más acotado y a un sólo punto de vista, el de su protagonista Conrad, durante dos periodos de su vida que se van sucediendo en capítulos alternos, su infancia en un hotel de la Inglaterra rural y su vida como adulto en el Londres (aunque en ningún momento se menciona al país y la ciudad por sus nombres, desconozco la razón) del futuro de los próximos cinco minutos.

Si algo hay que reconocerle a Ings es que no tiene ninguna intención de ponerle las cosas fáciles al lector. Para empezar, la novela me ha recordado muchísimo al clásico de Samuel Delany, Tritón, una historia de ciencia ficción naturalista ambientada en el satélite de Neptuno y protagonizada por Brom Helstrom, un personaje antipático, neurótico, confundido y alienado, a través de cuyos ojos seremos testigos de su incapacidad para encontrar la felicidad en un lejano futuro donde casi todo está al alcance de la mano. Como ocurre con Brom, Conrad es un personaje extremadamente antipático, muy de nuestro tiempo, cuya respuesta vital ante un entorno en constante cambio es la de un irritante cinismo y desprecio por todos lo que le rodean mientras justifica su comportamiento con excusas de tuitero (“uno se enamora del mundo de una persona y luego de la persona, si esto es posible” afirma tras abandonar sin mediar palabra a su pareja lisiada en un accidente de coche). Esto no me parece negativo en absoluto, que quede claro, no veo necesario identificarme con los personajes para disfrutar de una historia, lo que me importa es que sean interesantes. En el caso de Conrad, la manifestación más evidente de su cinismo, su desprecio y su envidia se encuentra en la tortuosa relación que mantiene con su amigo de la infancia, Michel, relación que recorre gran parte de la novela. Michel aspira a convertirse en escritor de novelas postapocalípticas y vive en una zona rural completamente decrépita, construyendo un barco con su pareja para dar la vuelta al mundo, un objetivo vital que, por supuesto Conrad desprecia pero en el fondo envidia, porque por absurdos que sean los planes de Michel, al menos tiene un proyecto de vida del que Conrad carece y que se esforzará en joder como sea.

Pero Conrad no es que sea un capullo por naturaleza, sino que es el sueño de la tecnología en su fulgurante desarrollo exponencial a toda hostia, convirtiendo lo imposible en posible, la que crea monstruos cretinos egoístas. Conrad trabaja como powerpointista del futuro en el incipiente negocio de la realidad aumentada, una carrera de relativo éxito que forjará a la sombra de otros a los que, por supuesto, detesta desde una incomprensible posición de superioridad moral e intelectual. Así que a lo largo de la novela asistiremos al rápido desarrollo de la realidad aumentada, al principio una tecnología rudimentaria que se limita a arrojar torpes anuncios a los transeúntes que porten unas aparatosas gafas y que en pocos años acaba convirtiéndose en un poderoso dispositivo personal integrado en las córneas que alimenta directamente al cerebro. Gracias a los avances en dicha tecnología, la ciudad, un espacio social común, se convierte en un lugar fragmentado y privativo, cuya imagen cambia según el ciudadano que la contempla y cuya potencia es tal que redefine incluso las relaciones sexuales, convirtiéndolas en algo similar al contacto entre seres alienígenas, como se narra en la mejor escena de la novela. Aquellos que se pueden pagar unos implantes pueden convertir a la urbe en un entorno personalizado, sin ninguna relación con la realidad (que digo, ¡muchísimo mejor que la realidad!) que ya comienza a ser molesta, como una metáfora de esa esfera de tecnología e información, de feeds, blogs, tuits y mensajes de facebook, que construimos alrededor nuestro, filtrando la realidad y la historia para amoldarla a la narrativa que nos convenga en cada momento, dejando fuera todo lo demás porque estorba y disgusta.

La estilizada ciudad de oropel virtual, contrasta con el entorno rural y antiguamente industrial y obrero, un lugar decadente, miserable y constantemente amenazado por inundaciones que se suceden cada vez con mayor frecuencia, mientras el esplendor de la capital financiera, la City, es una pústula brillante que absorbe la esencia vital de un país que se desmorona, que pierde el contacto con la tierra, la piedra y la raíz, en el que guerras distantes no son más que un ruido de fondo apenas audible para los privilegiados urbanitas que pasean como autistas por calles imaginadas a su gusto. De este modo, la realidad social y cultural deja de ser un consenso entre sus habitantes para convertirse en una realidad mercurial y privada, en la que resulta imposible establecer unos cimientos culturales y sociales consensuados sobre los que Conrad pueda construir su personalidad y generar una narrativa que dé sentido a su vida. Incluso en el tramo final del libro la narración pierde coherencia espacial y temporal como si la realidad se encontrase en proceso de disolución; el campo aparece inmerso en las inundaciones del fin del mundo mientras en la ciudad la vida y la tecnología de realidad aumentada continúan progresando a velocidad de escape hacia ninguna parte. Hasta aquí, genial.

Este relato de la vida de Conrad en el futuro próximo se alterna con otra línea temporal que se desarrolla durante su complicada infancia y adolescencia en un hotel perdido en el campo, en la que se nos van revelando los resortes ocultos del comportamiento del Conrad del futuro como si fuesen ecos de estos acontecimientos del pasado. Es en ésta línea temporal donde tengo más problemas con Wolves. Otra de las influencias más evidentes de la novela es claramente M. John Harrison y es muy difícil imitar a Harrison sin caer en sus vicios. Me duele decirlo así de forma tan burda y tan poco razonada, pero esta línea argumental me ha parecido sobreescrito y coñazo en su minuciosa descripción de todos los nimios detalles del sórdido entorno adolescente de Conrad, la conflictiva relación con sus padres y Michel, o el whodunnit de un hecho luctuoso que funciona como conflicto central de la traumatizada personalidad de Conrad. Me han parecido tramas pesadas y superfluas porque, aparte de resultar muy aburridas, cosa, por supuesto, subjetiva, encuentro innecesario justificar con traumas psicológicos de la adolescencia el comportamiento del Conrad adulto (o como me sospecho, es que en el fondo no me he enterado de nada).

Y a medida que avanza la novela son estos hechos del pasado de Conrad los que van dominando la trama, que acaba por resultar difusa y desconcertante, muy bien escrita pero en un estilo “bonito” que resulta artificioso (de nuevo sospecho que está hecho así aposta porque el estilo de Dead Water era muy distinto, pero no alcanzo a ver la razón, en mi estulticia ya no doy pie con bola) a lo que contribuyen la abundancia de sentencias como superprofundas que salpican el texto; “el mundo se acabará, no con una inundación, una plaga o una hambruna, sino con un hombre pegándole fuego a su propia casa”, “la mente no recuerda viejas geografías porque, en el fondo, la mente no es nostálgica, sabe como funciona el mundo”. Quizá es una forma de construir la personalidad de Conrad de una de una forma similar a como Bret Easton Ellis construía la vacua vida interior de Patrick Bateman en American Psycho, a base de monólogos interiores ridículos, diálogos chorras e hilarantes artículos sobre música pop, pero, ¿quién se atreve a asegurarlo? Porque Wolves es una novela que hay que intelectualizar mucho para obtener algo de ella, se trata de un recipiente que aguanta toda la retórica que quieras echarle más que una propuesta contundente y clara, una “novela oracular” como escribía Julián Díez a propósito de Luz y que definiría muy bien otra novela relativamente reciente que se me atragantó, Osama, de Lavie TidharSupongo que simplemente me he topado con mis límites intelectuales, porque estoy plenamente convencido de que Simon Ings es un escritor de gran talento, tremendamente inteligente y agudo, pero en este caso no he podido conectar del todo con la obra, cuya lectura, a pesar de que no carece de interés, acabó por resultarme frustrante.

Y no, tampoco sé por qué la novela se titula Wolves.

Edición ninja al 27/06/2016 – A la luz de los últimos acontecimientos de política nacional e internacional (elecciones generales en España, Brexit), no me duelen prendas en reconocer que Ings lo clava y la manera de clavarlo no puede ser más certera y elegante. Me sigue sobrando la trama de la infancia y juventud de Conrad, o al menos, sobrando en gran parte, pero la línea temporal del Londres del futuro inmediato se está convirtiendo en un referente para mí y cuando leo y reflexiono sobre las noticias, a menudo me acuerdo de esta novela.

Wolves, de Simon Ings
Gollancz (2014)
E-book versión Kindle, 304 pp. 7,99€

2 pensamientos en “Wolves, de Simon Ings

  1. El quinto párrafo de la reseña da unas ganas locas de leer la novela, el que empieza: “La estilizada ciudad de oropel virtual, contrasta…”.

    Admito que de Ings sólo he leído algún cuento por ahí, hace mucho. Y que siempre me ha dado “pereza”, a pesar de que a priori lo tiene todo para activar mis centros de placer lector.

    Algún día.

  2. Es que en ese párrafo iba cuesta abajo y sin manos, ya gustándome. No, en serio, las partes de la novela ambientadas en el cercano futuro y la evolución de la realidad aumentada no están mal, son interesantes. Cuando al final la narración pierde coherencia y entra en una especie de caos controlado está bastante bien, pero hay muchas fases en que es francamente aburrida y, sobre todo, que no entiendo muchas de las decisiones de Ings.

    De Ings sólo había leído Dead Water y me deslumbró, me parece un novelón, te la recomiendo. Nacho también me habló muy bien de El color del azar, que va en la línea de Dead Water, así que fijo que está bien. Tiene unas novelas cyberpunk anteriores que no he catado y que espero hacerlo en cuanto mi hija se eche novio y me deje tiempo de vivir.

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