El Invencible, de Stanislaw Lem

El Invencible

El Invencible

17 años y un aburrido verano en el pueblo suelen ser una combinación mortal, así que en aquel lejano 1986 me aprovisioné de la munición habitual para sobrevivir a tan largo asedio: muchos libros. Para ser más exactos, muchos libros de ciencia ficción. Uno de ellos fue El Invencible de Stanislaw Lem.

Entonces ya me había leído sus relatos de robots y los cuentos de Ijon Tichy. Lo tenía clasificado en el apartado de autores muy serios, con un sentido del humor vitriólico y dedicados a criticar al género humano. Una especie de ilustrado del XVIII que hubiese sobrevivido hasta el siglo XX y en el proceso hubiera perdido su fe en el género humano y ganado en mala leche. Así que El Invencible me sorprendió y de qué manera. Aparentemente era una historia de lo más convencional, típicamente pulp si me apuran. El Invencible que da título a la novela es una nave espacial de combate perteneciente a un Imperio terrestre que se está expandiendo por el cosmos. Vamos, una especie de Enterprise en un episodio de Star Trek (y creo que esta comparación estaba en la mente del propio Lem). La misión que debe cumplir es otro cliché más del género: acudir a un planeta inexplorado y descubrir qué ha destruido a la nave Cóndor.

Evidentemente, la tripulación descubre al causante de dicha catástrofe: un alien de lo más peculiar. Ahora bien, a partir de aquí las cosas empiezan a dejar de parecerse a un libro típicamente norteamericano. Para los autores de esta nacionalidad las opciones serían básicamente dos. Opción Heinlein: el alien es un capullo al que hay que exterminar, sigue una batalla épica con sangre hasta las rodillas y victoria in extremis de los terrestres. Opción Asimov: la destrucción de la Cóndor ha sido un lamentable error fruto de los problemas de comunicación con la peculiar cultura del alien. A pesar de un par de militares un tanto mostrencos los científicos terrestres consiguen establecer contacto y todo se aclara. El alien se disculpa y al final, como es buen chaval, le dejamos formar parte de nuestro Imperio. Entre medias charlas y más charlas filosóficas sobre…, bueno, da igual. Sobre lo que sea.

Lem no elige ninguna de estas dos opciones y sigue un camino propio. El alien es incognoscible, tanto como el océano sintiente de Solaris, y la comunicación con él fracasa. Más aún, no se logra siquiera entendimiento. Es un Fenómeno Imcomprensible. Pero ahí no acaban las cosas. El alien no es sólo incomprensible, es también invencible. Los esfuerzos humanos por acabar con él fracasan de forma lamentable y, de hecho, la orgullosa nave de combate tiene que huir con el rabo entre las piernas. Es cierto que el principal protagonista de la novela sobrevive a un enfrentamiento directo con el Fenómeno Incomprensible y que su huida tiene un cierto aire épico, pero como ya dijo Churchill sobre Dunkerke, “nadie gana una guerra con retiradas”. Al final de la obra no queda claro si el título hace referencia a la nave espacial o al alien, los dos grandes protagonistas de la novela.

El Invencible

El Invencible

Aunque la supervivencia del Invencible parece dar un cierto respiro a la situación, es un libro pesimista, tal y como sólo un europeo que hubiese vivido nuestro convulso siglo XX podría haber escrito. Lem, a diferencia de los autores estadounidenses, unos optimistas natos, ha visto al demonio que nos habita, sabe que nosotros somos también un Fenómeno Incomprensible pero, paradójicamente, falibles. Demasiado falibles. Es dudoso que seamos los más inteligentes o valientes del cosmos por mucho que los Asimov y Heinlein de turno se empeñen y, a la larga, nuestra posición en el universo es meramente marginal. Ésta es la idea que subyace a lo largo de toda la narración, un texto que parece escrito con un claro afán de enfrentamiento con el modo de escribir ciencia ficción de los estadounidenses. Todo en El Invencible es una especie de imagen deformada de una space opera pulp y el hecho de que Lem imite el decorado (naves espaciales de gran tamaño, un Imperio terrestre) y el estilo (seco, conciso y sin sentido del humor) de sus colegas del otro lado del océano sólo sirve para acentuar más aún las diferencias.

La muerte de Lem no por predecible, dada su edad, resulta menos desoladora. Era una voz única que, aparentemente, no ha dejado sucesor. Frente a su lúcida amargura, los prepotentes autores del Imperio se empeñan en seguir escribiendo las mismas space operas optimistas y huecas de hace 40 años ¿Quién cogerá ahora el relevo a Lem y hará otro El Invencible u otro Solaris para explicarles como hay que hacer las cosas? Me temo que nadie.

No puedo menos que cerrar esta crítica con un extracto del libro que aparece en la solapa de mi vieja edición de Minotauro y que es un perfecto resumen de las intenciones y el espíritu de esta magistral novela:

El hombre no se ha elevado aún al pináculo que cree haber alcanzado; no ha merecido aún acceder a la posición presuntamente llamada cosmocéntrica. Esa idea acariciada desde la antigüedad, que no consiste sólo en buscar criaturas semejantes al hombre y en aprender a comprenderlas, sino más bien en abstenerse de interferir en todo aquello que no concierne al hombre, en todo cuanto le es ajeno. Conquistar el espacio, sí, ¿por qué no? Mas no atacar lo que ya tiene existencia propia, aquello que en el transcurso de millones de años ha creado su propio equilibrio, que no es tributario de nada ni de nadie, excepto de las fuerzas de radiación y de la materia.

Un pensamiento en “El Invencible, de Stanislaw Lem

  1. Aparte de unos “alienígenas” geniales, ¿no hay en algún momento una lucha despiadada entre lo que parecen ‘mechas’? Esto debería adaptarlo al cine Michael Bay con guión de Shane Carruth.

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