Aniara, de Harry Martinson

Aniara

Cuando llegó a mi conocimiento la existencia de Aniara supe inmediatamente que tenía que leerla como fuese. Es decir, un cenizo como yo no podía resistirse a un oscuro poema épico existencial sueco ¡de ciencia ficción! Pero una vez comenzada la lectura, llegaron los sudores fríos; ¿cómo iba a reseñar yo esto si soy un ceporro (mal)criado con morralla popular, cuyos conocimientos de alta literatura del siglo XX se reducen a cuatro nociones básicas y un par de lugares comunes? Tras terminar el libro tuve que resignarme a la triste evidencia, si no quería que la crítica pareciese un comentario de Goodreads escrito en cinco minutos, no me quedaba otra que reseñar Aniara desde el único punto de vista del que soy capaz, desde la del lector habitual de ciencia ficción. Más que nada, por no hacer demasiado el ridículo.

Pero antes pongámonos brevemente en situación. Harry Martinson (1904-1978, recibió el Premio Nobel en 1974), poeta sueco de origen muy humilde, criado en el seno de una familia desestructurada de la que huyó haciéndose marino a los 17 años, formó parte del movimiento modernista sueco de los años 30, y, dentro de una caterva de poetas fascinados por las máquinas, las fábricas, la ciudad y la tecnología, pronto derivó hacia la exaltación de la naturaleza. A principios de los años cincuenta, angustiado por los momentos más crudos de la Guerra Fría (invasión soviética de Hungría, la incipiente carrera nuclear) y según cuenta la leyenda, tras contemplar la galaxia de Andrómeda a través de su telescopio casero, comenzó a sufrir vívidas alucinaciones en las que se sentía encerrado en una nave espacial. Estas visiones se convirtieron en “El canto de Doris y Mima” (publicados en la antología Cigarra, en 1953), los veintinueve primeros cantos de lo que luego sería Aniara, publicada finalmente en 1956.

Aniara es, como indiqué al principio, un poema épico compuesto por 103 cantos, que Carmen Montes, traductora de esta versión en castellano, ha decidido, acertadamente en mi opinión, verter en prosa, de modo que los versos quedan transformados en breves capítulos que comparados con las traducciones al inglés que he podido leer, son más sencillos para el lector no acostumbrado a la poesía, conservando la cadencia, musicalidad y recursos literarios del autor. El argumento es un clásico de la ciencia ficción, el de los viajes interestelares en enormes naves densamente pobladas. En este caso, la goldondra Aniara con ocho mil personas a bordo huye de una Tierra radioactiva y en guerra, pero el impacto de un asteroide modifica su trayectoria, de modo que acaba eternamente perdida por el espacio, con la proa apuntando en dirección a Lira, la constelación de los poetas, que nunca podrá alcanzar. Las desventuras de la nave nos serán narradas por el minarob, el operario, sacerdote, sirviente, de la Mima, una máquina que proporciona el único alivio y consuelo a la población de Aniara durante los primeros años de vagabundeo espacial. La Mima es capaz de ofrecer imágenes de lugares distantes y alienígenas, o familiares y dolorosas visiones de la Tierra que dejaron atrás. Es un mecanismo difuso que funciona como metáfora del Arte, un catalizador de la vida espiritual de los viajeros del Aniara. Hasta que un día, la Mima transmite la destrucción de la Tierra en un apocalipsis nuclear. Una visión tan atroz que la propia Mima no puede soportar, autodestruyéndose en un arrebato de desesperación cibernético-existencial. A partir de ahí, aniquilada la posibilidad de alimentar el alma y aspirar a la elevación espiritual que la Mima proporcionaba, la población del Aniara se arrojará en brazos del hedonismo, la sensualidad, los cultos religiosos, la política totalitaria, la ciencia, la observación de los fenómenos astronómicos, el trabajo rutinario, las ensoñaciones con el pasado, todo lo que sea posible con el objeto de escapar, sin éxito alguno, de la desesperación de saberse condenados a vagar por el espacio cargando con el sentimiento de culpa por los pecados de la humanidad y morir irremediablemente en las vastas y vacías estancias del cosmos, cuyo misterio eterno está regido por las leyes impasibles y crueles de un universo indiferente y, por tanto, carente de compasión. Este espantoso destino, es, evidentemente, metáfora de otro viaje, el viaje interior de los seres humanos a lo largo de nuestra vida, una existencia en la que en todo momento somos conscientes de que al final nos espera una muerte vacía de significado, conscientes de que no hay salvación posible, sólo fútiles alivios temporales (curiosamente, esta es la idea central que anima la filosofía nihilista de Thomas Ligotti en su “La conspiración contra la raza humana”).

Resulta muy interesante comprobar cómo Martinson, un poeta que nada tiene que ver con el género, emplea metáforas de ciencia ficción para volcar esta primordial angustia existencial en un poema épico y futurista, como llevando el modernismo un paso más allá y sometiéndolo a revisión crítica; la nave espacial, la guerra nuclear, la colonización de planetas, las frías ecuaciones ajenas a las emociones humanas, el vacío interestelar… Emplea recursos típicos en la cf (las palabras inventadas o el lenguaje científico) con mucha eficacia y potencia lírica, como en la memorable metáfora del viaje del Aniara visto como el recorrido de una burbuja de aire en un cuenco de vidrio, cuyo espacio curvo evoca la estructura del espacio tiempo. Asimismo, la primera descripción del efecto de la Mima sobre una piloto de la Aniara en el canto 5 (“y el iris, lleno de fuegos tristes, se convierte en una hoguera de hambre que busca combustible para la luz del alma, que la luz no se apague”), el canto 77 donde la Aniara pasa junto a una estrella muerta (“Una de las muchos miles de lápidas sombrías que nadie ve, pero que allí está, en la noche, una noche infinita en los cementerios espaciales”), y los sombríos cantos finales, en los que la nave se precipita eternamente por el espacio curvo hacia la Abstracción Final (“Diseminados en torno a la tumba de la mima, hechos ya humus inocente, yacíamos libres de la punzada de las estrellas resentidas”), son puro sentido de la maravilla invocado mediante el poder de las palabras. Curiosamente cuando Martinson nos describe la apresurada huida de la Tierra, las colonias en Marte y Venus y los campos de prisioneros en la tundra marciana, también emplea esa típica herramienta del género, la inmersión, con un resultado excelente. Es algo que siempre he pensado, que el sentido de la maravilla y la inmersión, cuando están bien logradas, devienen en lírica y poesía por necesidad.

Además, como se indica en el canto 85, hay realidades inexpresables con otro lenguaje que no sea la poesía. Esta idea es muy potente, un camino de salida a una paradoja que me obsesiona, la de los límites de la ciencia ficción, es decir, cómo podemos expresar en un lenguaje comprensible las maravillas y terrores del universo, los paisajes alienígenas, la inabarcable inmensidad de un universo completamente ajeno a la limitada experiencia humana. En este aspecto Aniara me ha recordado la obra de Samuel Delany, un escritor que siempre me ha gustado mucho, y que proponía una solución similar. Delany era admirador de Alfred Bester y le fascinaba cómo éste empleaba lenguaje poético para plasmar sensaciones inexpresables por el lenguaje “llano” en Las estrellas, mi destino (“El frío sabía a limones y el vacío era un rasguño de garras en su piel”) o los poemas ultraístas con los que se representaba la comunicación entre telépatas en “El hombre demolido”, y que tanto influyeron posteriormente en autores como William Gibson. Todo esto me ha hecho preguntarme cuántos escritores del género conocían esta obra y hasta donde llegó su influencia en la ciencia ficción de la segunda mitad del siglo XX. Según la Wikipedia, Aniara fue una referencia directa de Tau Zero de Poul Anderson (quizá también de Los Jinetes de la Antorcha de Spinrad o La balada de Beta-2 del propio Delany), pero sospecho que su influencia fue aún mayor, incluso a menudo me venía a la memoria Fiasco de Stanislaw Lem, con su negrísima visión de la humanidad, su desconfianza de la ciencia sin ética y sus lisérgicas párrafadas lírico-científicas. O quizá es que simplemente todos ellos eran traumatizados hijos de Hiroshima y la Guerra Fría.

Pero esto es sólo es una parte de Aniara, la más cercana al campo de la ciencia ficción como señalé al principio. Hay otros cantos menos narrativos y más introspectivos, sobre la memoria, la espiritualidad, la felicidad, la compasión, los horrores de la guerra y los pogromos, la peligrosa deriva autodestructiva que iba adquiriendo la humanidad, fiada únicamente a la tecnología, o las intensas evocaciones de la naturaleza como paraíso perdido. Pero conozco mis límites, así que creo que es mejor dejarlo aquí y animarles a leer, mejor dicho, a experimentar Aniara por sí mismos.

Aniara, de Harry Martinson.
Traducción de Carmen Montes Cano
Gallo Nero, 2015
Rústica, 184 pp. 17€

5 pensamientos en “Aniara, de Harry Martinson

  1. Apuntada queda esta obra que desconocía por completo.

    Parece que los de la Aniara no llegan a ver el Escatón, o bueno, sí, el suyo propio. ¿Se ve literalmente en la obra el fin de la nave?

    ¿Hay algo tras el escatón minúsculo de cada uno de nosotros, infelices terrícolas?
    Me gusta mucho la escatología ruckeriana, otra cosa es que me la crea.
    La de Tipler también es curiosa (curiosa fricada), y como que no sé yo; como parte de una fricada mayor, todavía, si no, como que no.

    • No me pongas palabras difíciles que pensaba que me estabas troleando, XD.

      Bueno, el Escatón (que lo he tenido que buscar) no lo ven, los tripulantes mueren y acaban convertidos en polvo, o humus y la nave continua hacia Lira, cayendo eternamente por la curvatura del espacio tiempo. Pero el final es ambiguo, ahora que lo pienso, el último párrafo de la obra es “Diseminados en torno a la tumba de la mima, hechos ya humus inocente, yacíamos libres de la punzada de las estrellas resentidas. Y a todos nos traspasó la oleada de Nirvana”. Martinson era taoísta o simpatizante al menos, según leí cuando estuve investigando para la reseña. Yo del Tao sé poco, así que ahí lo dejo para la reflexión.

  2. Excelente trabajo, Alfonso, afrontando un libro que había visto pero al que no me decidía a hincarle el diente. Ahora ya no tengo excusa alguna.

  3. El libro es una absoluta maravilla. Y es de relectura obligada según vayan pasando los años. Tiene tanto dentro de sus versos (prosificados), que si lees esta o aquella página sin atención se te escaparán cosas. Para leerlo como a mí me gusta, leeento, y vivirlo. Bradbury, Simak, Bester (como bien dices) y aquella época dorada de la cf.
    No ven el escatón, no. De hecho, el relato es más grande que eso (o a mí me lo parece). En el capítulo (poema) 82, hay una frase recurrente: “Un año luz es una tumba”. Se refieren a que llevan 20 años de naufragio hacia Lira y eso no representa más que 16 horas luz. Y todos mueren apenas unos años más tarde.
    La inmensidad, nuestra pequeñez…
    Un libro absolutamente recomendable.

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