La ciudad del grabado, de K. J. Bishop

La ciudad del grabado

La ciudad del grabado

Ese vejete envidioso que es John Clute tiene la costumbre de ningunear todo el movimiento que se viene denominando el New Weird, postulando que corre peligro de degenerar en una mera serie de visiones urbanas donde sólo importaría el grado de sordidez, disgregación y caos del escenario. Clute también hizo de menos a Susanna Clarke y Jonathan Strange, basando su reseña en la hipótesis, luego desmentida, de que se trataba del primer volumen de una trilogía, y que basaba en todo el aparato teórico de su enciclopedia. En fin, que fíate de los supuestos expertos.

La ciudad del grabado –“La ciudad grabada”, en una traducción exacta del título original, The Etched City–, debut en la novela de la australiana K.J. Bishop, podría encuadrarse más o menos en el New Weird, al que le une su ambiente urbano degradado, sus ambiciones estilísticas más allá del mero entretenimiento, y un tipo de sensibilidad decadente finisecular que uno ya tenía ganas de ver reaparecer en las letras pero que se necesitaría buscar con microscopio electrónico en la narrativa general de nuestro tiempo.

Al contrario que otras novelas que hemos reseñado, el énfasis no se sitúa en los recovecos de una trama compleja y vertiginosa, ni siquiera –como puede dar a veces la impresión en Miéville– en el barroquismo circundante, sino, algo no demasiado frecuente en la fantasía «canónica», en los personajes, sus ambiciones, objetivos, pasiones y frustraciones. Gwynn, el pistolero y matón a sueldo que protagoniza en gran medida la historia, lejos del modelo Conan que le correspondería por estereotipo, tiene más de caballero decadente harto del mundo y ansioso por escapar de la mediocridad, como si de un des Esseintes hecho hombre de acción se tratara, o de lo que Clute, en clara perversión de los mitos cervantinos, denomina un «Caballero de la Triste Figura».

La historia de amor de Gwynn con Beth, la artista autora de grabados extraños y perversos que irá metamorfoseando su carácter en contacto con la violencia y amoralidad de aquél, se entremezclará con el apogeo y caída de Elm, señor del crimen y de la guerra, la venganza sobrenatural de una de sus víctimas, los intentos de un reverendo con poderes sanadores pero sin fe por hacer ver la luz al descreído Gwynn, las reflexiones de Raule, doctora y ex revolucionaria compañera de este último, que trata de hallar las claves de la enfermedad moral de la ciudad de Ashamoil en su abundante colección de fetos deformes, y mil y un otras subtramas o relatos intercalados que alcanzan a menudo una rara intensidad poética y se alejan del maniqueísmo simplista del 90% de la literatura de género fantástico.

Se encontrarán en este libro todos los ingredientes de una buena aventura de espada o brujería o incluso de «western» –carezco de datos para compararlo con la serie de La Torre Oscura de King–, pero también dimensiones insospechadas como un zumbón e ingenioso debate sobre la existencia o inexistencia de Dios –porción que, cómo no, ha incomodado un tanto a algún lector «friki»–, una interrogación sobre las posibilidades de transformación de la naturaleza humana, un certero análisis sobre el tipo de fuerzas que mantienen en pie un conflicto bélico, y una voluntad constante de hacer de cada párrafo una obra de arte, de disponer a cada vuelta de hoja tesoros insospechados, sin tampoco descuidar un «crescendo» en la acción que genera mayor suspense cuanto más atrapados estamos en el extraño mundo de la historia.

Uno podría haber imaginado esta novela como el ejercicio de estilo de una firma novel, experimentando con aunar la fantasy anglosajona tradicional con la filosofía y estética de los Aubrey Beardsley, Huysmans, Lorrain o Wilde, llenando de paso un hueco que la literatura francesa, a priori la más capacitada para ello, se ha negado a llenar, pero el resultado desborda todas las expectativas, incluso si la introducción aventurera en el desierto desentona algo con el resto de la peripecia. Si esta es sólo la ópera prima de Kristen Bishop y todavía refleja vacilaciones y torpezas comparativas, da miedo especular sobre lo que podría surgir de su pluma en años sucesivos. Entusiasta recomendación, pues. Todo un acierto de Bibliópolis.

Nota: Esta reseña fue publicada originalmente en Visiones fugitivas

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