El amor en tiempos de los dinosaurios, de John Kessel

El amor en tiempos de los dinosaurios

El amor en tiempos de los dinosaurios

La fiera de mi niña (Bringing Up Baby), la obra maestra del director Howard Hawks, es una de las mejores comedias de la historia del cine y la muestra más representativa de la llamada screwball comedy o comedia alocada que deslumbrara al público de todo el mundo allá por la década de los años 30. En ella, un ingenuo y algo despistado paleontólogo (Cary Grant) ultima la reconstrucción del esqueleto de un dinosaurio para el museo donde trabaja mientras organiza los preparativos de su boda con su secretaria, cuando irrumpe en su monótona existencia una adinerada y caprichosa heredera (Katharine Hepburn); a partir de ese momento, la impulsiva damisela hará lo indecible por hacer fracasar los planes del hombre de ciencia, dedicándole atenciones que culminan en continuos desastres, jugando con el equívoco y embaucándole en absurdas empresas como trasladar un leopardo –llamado precisamente Baby– a la mansión de su acaudalada tía. En resumidas cuentas, todo tipo de divertidas peripecias para constatar que ambos estaban hechos el uno para el otro.

El amor en tiempos de los dinosaurios (Corrupting Dr. Nice) repite idéntico esquema de situación que este clásico del séptimo arte, aunque en puridad sea más ajustado decir que adapta fielmente el guión de Las tres noches de Eva (The Lady Eve), de Preston Sturges, con el mínimo de cambios imprescindibles para ajustarlo al entorno futurista. Así, Genevieve (Gen) y su padre son dos expertos timadores que se ganan la vida desplumando incautos viajeros del tiempo. Por su parte, Owen Beresford Vannice es doctor en paleontología reconstructiva e investiga el comportamiento de sus amados dinosaurios en una estación científica en el Cretácico, un joven sin demasiado carácter ni habilidad social pero heredero de una de las mayores fortunas de Norteamérica. El día en que el bueno del Dr. Nice decide regresar al presente para hacer público sus resultados –y, de paso, enfrentarse a su padre para lograr su independencia– el azar en forma de accidente provocado por una cría de apatosaurio unirá para siempre los destinos de ambos jóvenes.

El fallo en el estrado del tiempo obliga a todos a permanecer en el Jerusalén del siglo I d.C., en un lujoso hotel exclusivo para los ricos viajeros temporales. Mientras, en las calles, el descontento por la explotación salvaje del pasado aumenta y los violentos zelotes preparan una insurgencia armada para expulsar a los «futurianos» y devolver el gobierno a los «históricos». Casi sin solución de continuidad, Gen seduce a Owen, Owen salva la vida de Gen, ambos se enamoran pero Owen rompe con Gen al descubrir la verdad sobre su pasado. Un año más tarde, la señorita Emma Zume, que asegura pertenecer al Comité para la Protección del Pasado, se pone en contacto con Owen para hablar sobre ciertas restricciones legales a la explotación del pasado –no en vano Owen «secuestró» de su tiempo a un dinosaurio–. Pero Emma posee un parecido más que notable con Gen y Owen se pregunta si será la misma persona o el destino le ofrece una segunda oportunidad. Confiado en sus posibilidades, Owen está dispuesto a seguir adelante y averiguar toda la verdad.

Corrupting Dr. Nice

Corrupting Dr. Nice

Como he mencionado anteriormente, Kessel dota a su novela del tono ligero, divertido y desenfadado propio de las comedias de enredo del dorado Hollywood [i], algo que queda especialmente patente en los diálogos. En efecto, el escritor norteamericano lleva a buen término su original propuesta, consiguiendo algunos pasajes francamente logrados y ofreciendo diversas muestras de su ingenio, como cuando compara una mesa de juego con la evolución o coquetea con una comedia diferente en cada capítulo: Qué bello es vivir, La fiera de mi niña, Vacaciones en Roma, Una noche en el hipódromo… homenajes en los que aprovecha para situar a los personajes en diferentes contextos: el Paris de finales del siglo XVIII, el Cretácico superior, la Roma de Julio César, la Jerusalén del siglo primero, o el presente: año 2063 de la Era Común.

El resultado es una obra simpática que, no obstante, no resiste la comparación con el original: el libreto no es tan brillante como cabría esperar, los diálogos pecan de falta de garra y las situaciones sorpresivas y cómicas no abundan en demasía; evidentemente, la capacidad narrativa de Kessel no es equiparable al fluido manejo de actores y escenas del mejor Hawks o Sturges, y en consecuencia falta glamour en el «duelo» entre protagonistas y se desaprovecha la vena cómica de secundarios como la excéntrica familia de Owen, la dinosaurio Betty o la IAuda [ii]. Pese a todo, a la obra no le faltan valedores de la talla de Kim Stanley Robinson «la mejor novela sobre viajes en el tiempo jamás escrita» ó Connie Willis: «Una novela de viajes en el tiempo brillante, inteligente, luminosa y cálida».

Pero además de comedia, El amor en tiempos de los dinosaurios es también una completa novela de ciencia ficción [iii]. En ella, una nueva interpretación de la teoría de los universos múltiples permite descubrir que el tiempo se encuentra «cuantizado» en 137,04 momentos discretos cada segundo, lo que permite visitar 137 universos momento distintos por segundo e intervenir en ellos sin introducir paradojas en la realidad del presente. La humanidad dispone, por tanto, de un número casi ilimitado de universos que colonizar, de los que apenas ha explotado unas pocas docenas. Y ello plantea, precisamente, el tema de fondo de la novela: la sobreexplotación indiscriminada de los recursos del pasado para mantener el nivel de vida de un presente frívolo, egoísta y globalizador, provocando la corrupción de un entorno virgen por la introducción de tecnología, usos y costumbres que le son completamente ajenos. Una metáfora más que evidente de la colonización económica y cultural del tercer mundo por parte del capitalismo salvaje de occidente.

En ese futuro, los individuos con el dinero suficiente pueden disfrutar del turismo temporal, modificarse genéticamente para duplicar a alguien famoso o tener en nómina al personaje histórico que deseen, incluso varias versiones del mismo sujeto. Ello da lugar a una sociedad atestada de falsas celebridades y genios desplazados de su época original, muchos de ellos inadaptados a la vorágine de los cambios –lo que depara postales tragicómicas, como verlos mendigar o tocar música en el metro para subsistir–. Es la emergente clase social de los nuevos victorianos, gente de moral hipócrita que se conduce en su tiempo como si nada tuviera que ver con los desmanes que cometen en el pasado. De nuevo, la comparación con nuestro presente es mucho más que metafórica. Pero el hombre que esquilma su pasado cierra la puerta a su futuro, y el presente ya empieza a padecer las consecuencias de ello: nadie puede labrarse un porvenir cuando ha de competir con los mejores profesionales de todas las épocas, en su momento de mayor capacidad, y a un coste mucho más reducido.

Pero Kessel no desea escribir una crítica social sino, insisto, una divertida comedia. Por ello centra sus esfuerzos en los personajes y los sentimientos y circunstancias que los rodean: así, Owen, mimado hijo de un magnate de la industria del biosoftware y una alta directiva de televisión, encuentra la horma de su zapato en la devota hija de un timador de guante blanco; Simón el apóstol desafía cual David al Goliat de los medios de comunicación; e, incluso, una versión algo devaluada de Albert Lincoln –fiscal– se enfrenta a Jesús de Nazaret –abogado de la defensa– en un juicio en el que dilucidar los pros y contras del viaje en el tiempo. Y es en este guión acelerado, que pone el énfasis en la ironía y la parodia del modo de vida americano más que en su propia solidez, donde Kessel, quizá, pierde un poco el rumbo. Sólo así se explican giros tan radicales como la «transustanciación» de los terroristas zelotes en oprimidos luchadores de la libertad, o acaso todo se reduzca a una burla de la manipulación de la opinión pública, la corrección política y el apoyo incondicional a las minorías por el mero hecho de serlo.

Por estas y otras muchas razones El amor en tiempos de los dinosaurios es un libro francamente recomendable que sorprenderá al lector por su original mezcla de comedia y novela de ciencia ficción. Una sana diversión, apta para todos los públicos.

[i] La dedicatoria del libro a cineastas como Frank Capra, George Cukor, Howard Hawks, Billy Wilder o Preston Sturges no es baladí.

[ii] Una inteligencia artificial que Owen lleva implantada en su cerebro y actúa como una especie de consejero virtual. Posee la capacidad de tomar el control de su cuerpo y actuar autónomamente en situaciones de peligro, aunque adolece de ciertas tendencias paranoicas además de estar obsesionada con dios y el sexo.

[iii] Que debe su premisa argumental al iconoclasta relato “Mozart con gafas de espejo”, de Bruce Sterling y Lewis Shiner.

Nota: Esta reseña fue publicada originalmente en la sección de crítica de la web Literatura fantástica

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *