Cuando los osos descubrieron el fuego, de Terry Bisson

Cuando los osos descubrieron el fuego

Cuando los osos descubrieron el fuego

A la hora de escribir este comentario, he recordado qué es lo peor que puede ocurrirle a una antología cuando se le debe hacer una reseña: que, al repasar el índice, sea necesario ir a la primera página de la mitad de los cuentos porque no quedó huella alguna de su contenido en la memoria. Esta observación, perfectamente aplicable a Cuando los osos descubrieron el fuego, puede parecer en exceso dura para un libro con momentos de verdadero interés, pero que tiene interminables páginas valle, el tipo de contenido solvente pero inane del que están repletas las revistas estadounidenses del género en la actualidad.

El retrato de Bisson como escritor que deja el volumen es el de un profesional aplicado, pero sólo ocasionalmente brillante, y demasiado amigo de fórmulas propias de talleres literarios –véase su abuso de las reiteraciones como recurso cómico– para sacar adelante su labor. No tiene un universo propio claramente definido, pero a cambio es capaz de realizar descripciones de escenarios estadounidenses contemporáneos bastante precisas, ofreciendo la sensación de que se trata de un observador costumbrista con posibilidades. En suma, un escritor legible, capaz de diseñar personajes al menos coherentes y carnales, pero cuya ausencia hasta el momento de las editoriales españolas no resulta extraña.

El indiscutible punto a favor de la antología es la presencia en sus páginas de un relato que posiblemente pueda calificarse de obra maestra. “macs”, en apenas diez páginas, supone toda una llamada a la reflexión sobre el terrorismo, la pena de muerte, la clonación y la sociedad norteamericana en general. Escrito como una especie de reportaje «cámara en mano», de forma completamente fragmentaria, es también la historia de estructura y estilo más original del volumen, repleto por lo demás de narraciones en primera persona sin compromiso alguno.

Al menos otras tres historias merecen más que un aprobado alto. La que da título al volumen agrada en su brevedad y supone un óptimo ejemplo de un tipo de ciencia ficción cultivada en las últimas décadas por la escuela estadounidense de relato corto: la visión individual de un gran evento histórico, terciada por las vivencias y conflictos íntimos del protagonista. Sin ser tal vez acreedor de todos los premios que obtuvo, la historia es desde luego valiosa. Lo mismo puede decirse de “Necronautas”, una historia de viaje tras las fronteras de la muerte, y “El primer fuego”, que a la postre resulta ser una suerte de reescritura de “Los nueve mil millones de nombres de Dios” de Clarke aunque con matices de interés. Son además los dos relatos de corte más clásicamente cienciaficcionero del volumen.

En cambio, Bisson resulta claramente insatisfactorio en los cuentos más breves y humorísticos, y produce auténtico sonrojo –y no de excitación– en los de perfil erótico escritos para Playboy, notablemente en “Él quería a Lucy” y “Amoríos de oficina”. “En la última estancia”, también de corte sensual, tiene algo más de interés pero se queda a medio camino, sumergido en sus repetitivas y poco climáticas descripciones de lencería femenina.

Me resulta difícil estimar si cabe recomendar al lector que adquiera un volumen en el cual sólo una tercera parte de las páginas aportan algo. Supongo que el aficionado constante al género fantástico al menos pasará el rato en los peores momentos del libro, y podrá saborear un cuento que, como “macs”, seguramente formará parte de sus pensamientos durante bastante tiempo, a poco que sea una persona preocupada por el futuro de nuestra sociedad.

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