Puente de pájaros, de Barry Hughart

Puente de pájaros

Puente de pájaros

En una antigua China que nunca existió, el campesino de noble corazón Buey Número Diez solicita los servicios del único sabio al que puede permitirse contratar: el excéntrico Li Kao. El centenario maestro, de astroso aspecto y con un «ligero defecto en su carácter», acepta acompañarle y buscar el antídoto al misterioso mal que aqueja a los niños de la aldea de Ku-fu. Viajando sobre la espalda de Buey Número Diez, el maestro Li recorre el Reino Medio o región central de China en busca de la Gran Raíz del Poder, una planta mítica que es a la vez el más poderoso agente curativo conocido. Tras innumerables –y divertidas– aventuras acaecidas en los más variopintos escenarios, atravesar laberintos que ocultan fabulosos tesoros, enfrentarse a criaturas espantosas armados únicamente del ingenio y recibir en el proceso diversas sentencias de muerte, el final del viaje les depara nada menos que la resolución de una mítica leyenda.

Puente de pájaros (i) posee el tono mágico, armonioso y ancestral propio del alma china. Una narración que derrocha ingenio y originalidad, construida a base de concatenar pequeñas historias y leyendas que se unen con acierto al relato principal –como, por ejemplo, la de los cazadores de ginseng o la de la Danza de Espadas, usada como telón de fondo para narrar una bella historia de fantasmas enamorados que, a la postre, supone el quid del relato–. La narración avanza, pues, con una cadencia deliciosamente tranquila, reflejando una forma de sentir que hace del respeto a la tradición, las enseñanzas morales y el amor a la vida sencilla sus signos distintivos. Sin embargo, tal vez sea la fina ironía, tan oriental, el aspecto más sobresaliente de la novela, ironía que con frecuencia se torna franca socarronería cuando no hilaridad grouchiana en algunos episodios merced al «ligero defecto en el carácter» de cierto personaje cascarrabias.

Hughart sustenta la novela en los personajes. La incorrección del maestro Li, un vetusto erudito de pasado oscuro, borrachín y gruñón pero con un admirable talento para el engaño y el delito, a buen seguro hará las delicias del respetable. Frente a su astucia y apatía ante la vida se oponen la ingenuidad y energía de Buey Número Diez, un «caso incurable de pureza de corazón». La conjunción de tan singular pareja, vividor hastiado y aprendiz de todo, depara la eterna confrontación entre lo nuevo y lo viejo, la salvación personal frente al deber y la moral, aunque evidentemente desde un enfoque netamente novedoso.

Pero, además de Li y Buey, en la novela aparecen toda una galería de secundarios: la odiosa emperatriz madre (ii) que gobierna el país con mano férrea, el temido duque de Ch’in cuya influencia dio nombre a toda China, avaros prestamistas, glotones mercaderes, simpáticos bandidos, mujeres caprichosas, maridos cornudos, espíritus de doncellas asesinadas y fantasmas de antiguos soldados. Personajes de nombres grotescos –como Ma el gusano, Ho Pico de Gallina o Doncella Desfalleciente–, que aparecen una y otra vez a lo largo del relato, conectando tramas, tejiendo el tapiz de la historia y arrancando la sonrisa en no pocas ocasiones.

Bridge Of Birds

Bridge Of Birds

Puente de pájaros cuenta además con una ambientación exquisita, que se evidencia en la particular idiosincrasia de sus personajes. Sin embargo, el escritor americano no necesita explicar el complejo entramado social, económico, político o ideológico de la época sino que se limita a fabular tomando los elementos que precisa de una manera natural. Puebla el texto de abundantes aforismos, reflexiones filosóficas y enseñanzas morales, con lo que acumula enteros a la hora de reflejar con fidelidad suficiente –al menos, a ojos del lector contemporáneo occidental– la humildad y resignación innata del pueblo chino, cuya mejor arma para afrontar los reveses de la providencia parece ser la mencionada ironía.

Barry Hughart vivió ciertamente un periodo de su vida en este exótico país, y sin duda conoce de primera mano la forma de ser de sus gentes, su folklore y creencias milenarias. Al subtitular el libro –en edición original–: «una novela de la antigua China que nunca existió» –pero ojalá hubiera existido, añado–, no sólo plantea un ejercicio de sinceridad que le honra sino que, a la vez, consigue captar la poética de una nación de leyenda, una aproximación literaria no necesariamente cercana a la realidad cotidiana de sus gentes. Evidentemente, reproduce estereotipos y la estructura, ritmo y estilo narrativo es claramente occidental pese a que el punto de vista sea el de un campesino pobre chino, porque el público al que va destinado la novela es, obviamente, occidental.

En 1985 el autor irrumpió en el mercado editorial con este encantador despliegue de inventiva, que se alzó con el premio Mundial de Fantasía –además del Mythopoeic– en el mismo año de concesión del mítico Bosque Mitago, de Robert Holdstock. Un libro altamente recomendable para todo tipo de lectores, no sólo genéricos, en el que sólo alguna esporádica bajada de ritmo, varios pasajes algo menos logrados y un poco más de calidad literaria separan de la perfección.

La novela posee una opción para su paso a celuloide (iii) y cuenta con dos continuaciones, protagonizadas igualmente por el maestro Li y Buey Número Diez –The Story of the Stone, 1988 y Eight Skilled Gentleman, 1990–, que esperemos sean pronto publicadas por la editorial Bibliópolis con la calidad que siempre la caracteriza.

 

(i) El título alude a un acontecimiento del lejano pasado preservado en forma de mito, una bella historia de amor en el tiempo.

(ii) Apodada la Ancestral. Su pertinaz odio hacia los hombres se manifiesta en su grito predilecto: “Que le corten la cabeza”, en clara referencia a la Reina de Corazones de «Alicia en el País de las Maravillas»; por cierto, en el reino también aparece un conejo (el Conejo de las Llaves) y una Alicia muy especial (Nube de Loto).

(iii) De la mano de Ralph Winter, productor entre otras de la saga de los X-Men.

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