Series

2010

2010

Al contrario de lo que se suele afirmar, las continuaciones y requetecontinuaciones no son un fenómeno moderno dentro de la ciencia ficción, y ni siquiera original del género. Me temo que siempre que una creación ha cautivado la imaginación popular, su responsable ha sido asaeteado por demandas para prolongarla en alguna medida. Un género tan venerable como la épica tiene su origen en ese comprensible deseo de «saber más», empezando por el propio Homero, y hasta este siglo encontramos amigos de las series y continuaciones tan respetables como Cervantes, Shakespeare o Dumas.

Como literatura popular, la ciencia ficción usa las series como uno de sus principales ganchos desde su mismo nacimiento. Verne no se salvó del todo de la tentación –véase los dúos 20.000 leguas de viaje submarinoLa isla misteriosa y Robur el conquistadorDueño del mundo–, de la que sí escapó H.G. Wells. Pero después llegaron Edgar Rice Burroughs con sus series de Marte y Venus o E.E. “Doc” Smith con sus Lensmen y su Alondra del espacio y consagraron la popularidad de los seriales de ciencia ficción.

Con todo, hasta los años setenta, las series eran una excepción en el género. Generalmente respondían a planes concretos: eran Historias del Futuro en las que se utilizaba un marco común para el desarrollo de relatos independientes –véase el caso de Robert A. Heinlein–, sólo rara vez con un fin último –caso de las Fundaciones–, o bien aventuras breves de personajes que eran utilizados ocasionalmente por sus autores sin ningún propósito final –como la Patrulla del Tiempo de Poul Anderson o las historias de Retief, el diplomático, de Keith Laumer, con excepciones parciales como Los príncipes demonio de Jack Vance–. Casi siempre se trataba de historias cortas independientes que después eran reunidas en un volumen.

Herejes de Dune

Herejes de Dune

La obra que rompió esa situación fue Dune. Un par de años después de su exitosa publicación, con Hugo y Nébula incluidos, aparecía El mesías de Dune. Unos seis años más tarde, se completaba la trilogía –que, según Frank Herbert, era su propósito original– con Hijos de Dune. Las dos últimas novelas, de una calidad obviamente inferior a la original, fueron igualmente éxitos de ventas que hicieron que Herbert, un escritor mediocre hasta Dune, accediera por una cifra que hoy equivaldría a los 200 millones de pesetas a escribir una cuarta parte, Dios Emperador de Dune, que dio el pistoletazo de salida a la carrera por las continuaciones: al poco llegaron 2010, de Clarke o Los límites de la Fundación, de Asimov, también a cambio de cifras millonarias. Esta última novela, además, ganó el Hugo, con lo que la práctica de continuar los éxitos quedó totalmente bendecida y consagrada.

Simultáneamente, el éxito arrollador de El Señor de los Anillos creaba en el género hermano de la fantasía el concepto de «trilogía» como tratamiento literario ideal para un despliegue verdaderamente contundente de imaginación… cosa casi nunca cumplida. Stephen R. Donaldson y sus Crónicas de Thomas Convenat el Incrédulo fueron los motores de esta nueva forma de entender la extensión literaria. Los buenos réditos económicos tanto de las continuaciones como de las series predeterminadas han llegado hasta hoy, cuando diferentes autores –como David Wingrove con Chung-Kuo u Orson Scott Card con la serie de Alvin Maker– han anunciado el principio de uno de sus trabajos como el comienzo de una heptalogía sin despeinarse.

¿Por qué al aficionado medio parecen gustarle tanto las continuaciones y las series mientras para otros resultan tan decepcionantes? Creo que el lector corriente del género, además de ese lógico placer por reencontrarse con personajes y situaciones que le resultaron gratas, también se ve recompensado por el hecho de no tener que llevar a cabo el esfuerzo suplementario de creatividad mental que supone enfrentarse a una obra fantástica desde cero. Es decir: cuando un lector da comienzo a una obra de nuestros géneros, desconoce muchos detalles del entorno narrativo que le son completamente ajenos, lo que supone que deba hacer un esfuerzo por adaptarse a las reglas del juego planteadas por el autor. Ese hecho se amortigua en buena parte de las series, ya que los autores –especialmente los más adocenados– se acomodan en unos planteamientos presentados originalmente –y por lo general rutinarios– que el lector conoce y asume.

En cuanto a los problemas de las series, podemos resumirlos en una serie de puntos fundamentales.

  1. Repetición del esquema. Es el problema de buena parte de las series cinematográficas y de algunas literarias como la de Las Fundaciones: cada uno de los tres últimos libros es un viaje que culmina con el descubrimiento de que hay un titiritero superior al previamente supuesto controlando el desarrollo de la historia galáctica. Un esquema de muñecas rusas que resulta finalmente farragoso. La serie Ciberpunk de George Alec Effinger era esclarecedora en este punto: ¡las tres novelas publicadas en castellano son argumentalmente idénticas! –aunque a mí me encantan, uno tiene sus debilidades…–
  2. 0194RamaII.jpgTraición a los presupuestos originales. Generalmente, se produce con una explicación exhaustiva de los misterios que quedaron por resolver en una primera parte. Arthur C. Clarke es el maestro de este tipo de práctica: véase en qué se convierten los monolitos de 2001 en 3001 o cómo las sucesivas Ramas pasan a ser casi discotecas terrestres en su otra gran serie. También es el hándicap de la serie de Pórtico –los misteriosos heechee acaban resultando más cotidianos que Matías Prats dando el telediario– o de la quinta parte del Libro del Sol Nuevo de Gene Wolfe.
  3. Mesianización. Para justificar la presencia de un protagonista libro tras libro, acaba por dotársele de un aura de superdotado o, directamente, de mesías. Esto es obvio en Dune, pero puede encontrarse con más intensidad en Ender y, con sus propias características, en el Miles Vorkosigan de Lois McMaster Bujold y el Severian de Gene Wolfe.
  4. Barroquización. El autor presume que el lector conoce al dedillo sus obras precedentes –tal vez publicadas cinco o diez años antes– y se dedica a sacar partido de detalles absolutamente olvidados salvo para los más fanáticos, o bien a complicar el argumento de forma exasperante. El ejemplo más claro es la serie de Dune, pero este espíritu se capta sobre todo en El Silmarillion.
  5. Oportunismo. Dado que un personaje o entorno tuvo éxito, calzo en él cualquier historia que se me ocurra aunque no tenga nada que ver. Aquí tenemos desde ejemplos asumidos con naturalidad por el autor, como la saga de Ender, hasta otros de origen puramente comercial, como Paz interminable de Haldeman.
  6. Ampliación abusiva del negocio. Ya no sólo valen las historias del personaje original, sino de un cuñado, la suegra o el vecino aquel que saludaba en la página 143 del tercer libro. Star Wars es especialista en estas prácticas, que también perpetra con suma habilidad Lois McMaster Bujold. En ocasiones, el negocio se amplía con la incorporación de nuevos autores que siguen esas ramas colaterales, a la manera de Dragonlance, en una práctica presente cada día más en la ciencia ficción con series como Las guerras Kzin-humanos, enlazadas con la obra de Larry Niven.
  7. Series artificiales. Dícese de libros independientes que tienen en común una cierta preocupación temática compartida como fondo y se convierten de repente en una pseudoserie por caprichos comerciales. Así, las sucesivas «trilogías» de William Gibson.
  8. Exceso de páginas puro y duro. Aunque casi todas las series comparten este problema, en algunos ejemplos salvables se convierte en un hándicap decisivo. ¿Hacían realmente falta esas 2.000 páginas de letra pequeña para la Serie de Marte de Kim Stanley Robinson?

¿Existen series que se libran de todos estos defectos? A mi entender, sí. Dos ejemplos: La Cultura de Iain Banks y Las Burbujas de Vernor Vinge. Bien es cierto que, en ambos casos, el autor utiliza un marco muy amplio de referencia para el desarrollo de las diferentes historias, que no tienen entre sí en común más que el escenario a gran escala. Con esa libertad de movimientos, tanto Banks como Vinge son capaces de utilizar nuevas dosis de imaginación en las diferentes entregas y presentar nuevos aspectos –no necesariamente incompatibles con sus obras anteriores– de la situación de partida.

Sin embargo, son excepciones. La práctica totalidad de los autores contemporáneos se han entregado a los abusos de las series, inflando ideas y paginaciones para nada. El fenómeno no parece fácilmente reversible.

Nota: Este artículo tiene ya unos años, de ahí ciertas referencias a series entonces comenzando su publicación.

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