El vídeo Jesús, de Andreas Eschbach

El vídeo Jesús

El vídeo Jesús

Una de las novelas de cf más interesantes –e inesperadas– de entre lo publicado en lo que va de siglo XXI fue, sin duda, Los tejedores de cabellos, primera obra del alemán Andreas Eschbach, talento descubierto gracias al empeño de Bibliópolis en ofrecernos lo mejor del fantástico europeo no anglosajón. Se trataba de una recopilación de cuentos hilados por una temática común que ofrecía –basándose en el tradicional concepto de Imperio Galáctico– un excelente análisis sobre el poder, quién lo ostenta, lo padece y los mecanismos que lo perpetúan. Así que con este prometedor antecedente esperaba como agua de mayo la nueva obra de Eschbach que Bibliópolis guardaba en cartera, este El vídeo Jesús.

Los trabajos de una excavación arqueológica en los alrededores de Jerusalén sacan a la luz los restos de un ser humano enterrado junto al libro de instrucciones de una cámara de vídeo que aún no ha salido al mercado. Cuando ambos hallazgos son datados como procedentes del siglo I, da comienzo la frenética búsqueda de la hipotética cámara de vídeo que podría guardar en sus tripas digitales una actuación del mismísimo Jesucristo en persona. Grabación gracias a la cual se podría despejar de una vez por todas la cuestión de la existencia histórica del Mesías.

A partir de este punto se desarrolla el clásico argumento de «la búsqueda del tesoro» a dos bandas. Por un lado seguiremos a Stephen Foxx, descubridor accidental de los restos y precoz empresario millonario que en sus ratos libres gusta de participar como currela en excavaciones arqueológicas. Gracias a su inagotable ingenio y a un par de amiguetes, es capaz de ir por delante en la caza de la buscadísima cámara sólo por darse el gusto de encontrarla primero. Y por otro lado asistiremos a los tejemanejes de su contrincante, John Kaun, promotor de la excavación y magnate venido a menos que duda entre emitir la cinta de vídeo por la cadena de noticias de su propiedad o vendérsela a la Iglesia a cambio de unos cuantos milloncejos. Para encontrar la cámara, Kaun cuenta con la ayuda de Charles Wildford-Smith el arqueólogo director de la excavación, Goutiere, un profesor francés de historia, el implacable y un poco inepto Ryan, jefe de seguridad, y Peter Einserdhardt, un apocado escritor alemán de ciencia ficción, que es el único que aporta ideas cuerdas –y acertadas– en ese improbable gabinete de crisis.

Ya desde la portada se deja claro que El vídeo Jesús es una novela de intriga de maneras bestselleras –con guiños a la ciencia ficción en su motor argumental, basado en un viaje en el tiempo–, situada en coordenadas próximas a la sección de los más vendidos de la FNAC. Las herramientas empleadas por Eschbach para llevar la trama a buen puerto son las habituales que vemos continuamente en el cine comercial o las series de televisión, las del folletín de toda la vida, vaya; continuos cambios de escenario y puntos de vista, abundancia de diálogos para suministrar información, exceso de didactismo, a veces redundante, que da esa sensación de “aprender leyendo” buscada por el lector ocasional o el abuso de cliffhangers para mantener el interés en la trama, como si se tratara de ir tirando de un pollino a base de zanahorias. Incluso aparece la ya habitual y forzada sorpresa final que redefinirá mucho de lo que hemos leído hasta entonces –y que nos dejará un poco cara de lelos–. Asimismo, el estilo que en Los tejedores de cabellos era limpio y terso, de una sencilla elegancia, aquí resulta ya directamente plano y ramplón, sacrificado todo en aras de la intriga y la fácil digestión del producto. Algunos destellos de talento se aprecian sin embargo: cierta capacidad para mantener la tensión en pasajes como el de la huida por el desierto y, sobre todo, las acertadas reflexiones sobre el peso de la tradición, la figura mítica de Cristo y el misterio de la fe.

Das Jesus Video

Das Jesus Video

Publicada originalmente a finales de los noventa, El vídeo Jesús precedió a la actual avalancha de novelas de intriga iniciada por el abrumador éxito de la inevitable El código Da Vinci y que fantasean sobre los misterios del cristianismo como buenamente pueden. Curiosamente, Eschbach se adelantó a la temática central del bestseller de Dan Brown, analizando la naturaleza de la fe, la vigencia del mensaje de Cristo y la posición del creyente moderno ante la Iglesia, retratada en estas novelas como una implacable maquinaria burocrático-mafiosa a veces un poco chusca. Pero a diferencia de El código Da Vinci, que busca la humanización de la figura mítica de Cristo apoyándose en su hipotética contrapartida histórica para proponer una nueva fe «políticamente correcta» de buen rollo, alejada de los preceptos más caducos de la Iglesia y actualizada a los tiempos que corren, Eschbach se sirve de esa cinta de vídeo que probaría definitivamente la existencia de Jesucristo para examinar los mecanismos de la fe ante el hecho de que la figura de Cristo es, por mucho que se emperren, un gran misterio.

¿Qué ocurriría si se probase la existencia –o no– de Jesucristo? ¿Habría conversiones masivas o creyentes desertando en masa? Al contrario que Dan Brown, Eschbach sí que estuvo atento en clase de catecismo y sabe bien que la existencia histórica o la hipotética dimensión humana de Jesucristo no cambiarían fundamentalmente la fe cristiana. El Jesucristo de los Evangelios es una figura mítica, un símbolo que no necesita de una contrapartida histórica para adquirir valor o verdad. Por tanto, en la novela, la cinta de vídeo acaba por revelarse como un testigo no fiable, algo así como una metáfora tecnológica de los Evangelios y es el mensaje, la mirada, como escribe Eschbach, lo que importa, lo que puede tocar las almas y cambiarlas para siempre.

Eso sí, tampoco esperen un análisis muy profundo de estas cuestiones. El vídeo Jesús no pretende ser más de lo que es; una novela de consumo que se lee tranquilamente en el autobús o el tren como quien come palomitas, una distracción agradecida si ese día no tiene uno el cuerpo –o el cerebro– muy exigente. Distracción a la que no tengo nada que objetar, sobre todo si, gracias a sus ventas, Bibliópolis nos obsequia en un futuro con las otras obras del Eschbach que nos sorprendió con aquel deslumbrante Los tejedores de cabellos.

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