Conan de Cimmeria, de Robert E. Howard

Conan de Cimmeria

Conan de Cimmeria

¿QUIÉN es Conan? ¿QUÉ es Conan? Nos encontramos con que, ya en pleno 2007, un personaje de fantasía heroica creado en el año 1932 para una revista de aventuras pulp se ha establecido, sobre todo, como un icono popular de referencias tebeísticas y cinematográficas. Un personaje estereotipado que casi todo el mundo sabe nombrar o ha oído nombrar alguna vez. Pero, ¿se conoce realmente a Conan el ladrón, al rey, al amante, al asesino…? Para miles de personas, Conan es el de los cómics; para otros centenares de miles más, el del cine. Ambos el mismo y ambos diferentes. Esta popularización ha hecho mucho por implantar una imagen definida del bárbaro entre el público general, pero ha dejado en la sombra otro Conan; el primero, el Conan de los relatos que originalmente concibió su creador, el joven Robert E. Howard.

Tras anteriores ediciones del material literario debidas a Bruguera, Forum y Martínez Roca, donde lo escrito por Howard se complementa y remezcla con aportaciones de continuadores de su obra, Timun Mas coge el relevo y vuelve a los orígenes de la fantasía heroica para deleitar al lector con una edición que pretende ser a todas luces la definitiva: recopilación cronológica de todo el material genuinamente howardiano en formato de lujo cuidadísimo y repleto de detalles. Un gozo, en definitiva, para el lector dispuesto a invertir un dinero en semejante delicattessen. Conan de Cimmeria recoge en este volumen I un poema, trece cuentos y variados textos complementarios: sinopsis, borradores y primeras versiones que salieron de la mano de Howard y han sido convenientemente recuperadas para la ocasión. Un menú de lo más exquisito que –sin querer desmerecer algunas de las aportaciones posteriores– podremos disfrutar como es de rigor.

Todo el sabor original, con su fuerza e intensidad, está a nuestro alcance. Y es que la más evidente característica del narrador tejano es su tremenda capacidad para dotar de garra e inmediatez a sus escenas. Tanto las descriptivas como, está claro, las de acción, poseen un poderío inusitado que no solo viene como anillo al dedo al tipo de historias, revistas y público al que estaban destinadas, sino que hacen adivinar en el joven escritor unas enormes cualidades en bruto que desgraciadamente no tuvieron consolidación debido a su prematura muerte. Este don para la velocidad de ideas se convierte en un arma de doble filo: el mayor defecto que le podemos achacar es que su desbocada imaginación destilaba más ideas de las que después llegaba a desarrollar. Así, muchos argumentos quedan a la altura de mera insinuación en bastantes de sus historias. Pero no debemos pensar por esto que el universo creado alrededor de la bronceada figura del cimmerio es endeble o anecdótico. Más bien al contrario.

Robert E. Howard

Robert E. Howard

La geografía ideada por Howard no es un simple juego de ilusiones que quede en un segundo plano. Forma parte esencial de las tramas y se disfruta como un elemento con su propia importancia dentro del esquema. La nacionalidad de los personajes, sus cultos e idiosincrasia son parte fundamental en cada aventura. Bien es cierto que muchas de sus historias están montadas sobre el andamiaje del éxito popular: chicas guapas y en peligro constante, monstruos, misterios sobrenaturales y esa figura poderosa del héroe con pecho de hierro. Pero no es menos cierto que quiso y supo ir labrando en esa fugaz literatura de quiosco una obra de carácter más personal. A golpe de espada, Howard fue tejiendo un fantástico tapiz donde justificar una obra de mayor envergadura que la evidente al primer vistazo. Y aunque el nombre de Conan es, como apuntaba al inicio, el que reverbera en la mente popular, todo un mundo se esconde bajo el manto bordado con escenas de épicas batallas, escaramuzas de barcos piratas, intrigas cortesanas, seres venidos de otras dimensiones, bandidos nómadas y un sinfín de detalles que conforman uno de los descubrimientos más importantes de la literatura fantástica: la Era Hiboria. Y nada mejor para asegurarse de ello que –recomiendo– comenzar esta obra con la lectura del impagable y absorbente texto titulado “La Edad Hiboria”, donde Howard rescribe –o escribe– el periodo de vida en la Tierra, entre Prehistoria e Historia, que no es más que ese fantástico tablero sobre el que mueve a sus personajes.

Mención aparte, para terminar, merecen las ilustraciones de Mark Schultz que tanto en láminas a color como dibujos en blanco y negro magnifican todos los textos. Recogiendo la tradición y las formas de los ilustradores clásicos –creo que el propio Schultz ya está a un paso de poder ser considerado uno de ellos– y aportando un toque dinámico muy personal, el artista consigue reflejar a la perfección el espíritu mágico y a la vez extremadamente físico de las aventuras de Conan, embelleciendo el resultado final de una edición que queda para la Historia. No está de más recordar que posteriormente esta obra ha llegado a las librerías en un formato más económico, dividida en dos y con menos lujo en los materiales, que no en los contenidos.

Los cuentos, comentados

Se abre la obra con “Cimmeria”, un sentido y severo poema dedicado a la tierra natal del bárbaro. Una forma excelente de abrir las puertas a todo lo que viene a continuación y la constatación de que el espíritu del autor estaba en consonancia permanente con una idealización primitiva de la naturaleza humana.

“El Fénix en la espada”, la primera historia de Conan escrita por Howard, es una reelaboración de un relato anterior protagonizado por otro de sus personajes estrella: el carismático rey Kull de Valusia. Aquella aventura se titulaba “By this Axe I Rule!” Y en ésta, el cimmerio ya es rey de Aquilonia. Así, se da fe de que las aventuras del bárbaro fueron relatadas por Howard sin seguir un orden cronológico. A medida que la personalidad del cimmerio se imponía a la de su creador, diferentes sucesos en diferentes etapas de su existencia eran imaginados por el tejano y trasladados al papel. En “El Fénix en la espada”, Conan soporta más que saborea las responsabilidades del que sostiene cetro y corona. El pueblo aquilonio, de opinión veleidosa –como todos los pueblos– desconfía de un bárbaro que poco antes los ha librado de la tiranía de Numedides. Un grupo de nobles, ayudados por el brujo Toth Amón, conspira para asesinar al rey en su propio lecho. Un sueño premonitorio y una espada salvan la cabeza de Conan. En este relato ya se aprecian claramente las cualidades del Howard narrador: brío en la descripción de escenas violentas, concisión certera en la ambientación, personajes dibujados con fuertes pinceladas…

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“La hija del gigante helado” es uno de los cuentos más hermosos de Howard. En él nos retrotraemos a la juventud del cimmerio y nos sumergimos enseguida en los estertores de una batalla entre los gigantescos hombres del norte, aesires y vanires. Sobre una llanura nevada y teñida de rojo, dos guerreros quedan en pie, Conan y un pelirrojo vanir. El cimmerio le da muerte y, exhausto, contempla la llegada de una blanca y delicada muchacha semidesnuda en el furor de la ventisca. Dotado de un hálito ciertamente poético este relato, que actúa básicamente como una ensoñación, se convierte en uno de los episodios más místicos en la vida del bárbaro.

Con el Conan ladrón nos topamos en “El dios del cuenco”. En la ciudadela de Numedides, Conan se interna en el Templo de Kallian Publico, lleno de riquezas y obras de arte, solo para ser descubierto y acusado de la muerte del comerciante, con cuyo cadáver tropieza. Pero en el lujoso templo, a medianoche, un horror antiguo ha quedado en libertad… Un relato excelente, con justas dosis de misterios y acción; una pincelada de terror sugerido en sus compases finales, escrito con gran capacidad de atrapar al lector. Sin tratarse de un episodio decisivo en la vida del cimmerio, sí es un estupendo cuento que nos hace pasar un pequeño rato de tensión.

“La Torre del Elefante” es generalmente uno de los cuentos de Howard más celebrados por crítica y público. Como el anterior, es un episodio de los tiempos en que el cimmerio tenía como principal ocupación la de desvalijar  haciendas, tumbas y torres llenas de tesoros. En Zamora se alza la espléndida y terrible Torre del Elefante, habitada por un brujo que posee un poderoso secreto. Conan, joven y osado como pocos, pretende escalar la torre y apoderarse de él. El relato contiene monstruos guardianes y algo de acción, siendo su plato fuerte el descubrimiento que el bárbaro hace en lo alto de la torre. Una ligera esencia lovecraftiana impregna la segunda mitad de la narración, donde se introducen conceptos tan solo sugeridos de forma fugaz y no desarrollados. En este sentido es una pieza tan estimulante e imaginativa como poco aprovechada.

En “La ciudadela escarlata” volvemos a encontrar a Conan como rey de Aquilonia. Aquí, los reyes de Koth y Ofir se alían para destronarlo, masacran a su ejército y cargan de cadenas al cimmerio, que es encerrado en los abismos de una ciudadela escarlata llena de horrores antinaturales. La hechicería juega en esta desventura un papel estimable, de la mano de un brujo conspirador como rival. Acero contra humo y espejos. Pero, sobre todo, se trata de un relato de luchas de poder feudal y de ejércitos en movimiento, bien cargado de escenas de batalla y descripciones magníficas de los contendientes. Un cuento sangriento, narrado sin florituras estériles, resuelto con un vigor descriptivo inusitado.

Asistimos en “La reina de la Costa Negra” a un momento álgido en la vida de nuestro protagonista. Conan, huyendo de un pleito en la ciudad portuaria de Argos, embarca por la fuerza en un navío de mercaderes que se dirige a los reinos negros del sur. Ya en alta mar son abordados por el Tigresa, el barco pirata de la temible Bêlit y sus corsarios negros. “La Reina de la Costa Negra” arde de pasión ante el carácter del salvaje cimmerio y juntos se dirigen a la búsqueda de una ciudad perdida. Si los elementos sobrenaturales no faltan tampoco en este relato, el mayor logro de Howard es la creación de un personaje tan carismático como la felina mujer pirata y la inmersión de Conan en un escenario –el de las selvas horrendas del continente negro– donde el contraste de su gigantesca figura aporta un elemento diferenciador. El relato es un prodigio de síntesis narrativa, vibrante y brillante, que no hubiera necesitado de los citados toques sobrenaturales ya que contiene magia por sí mismo.
0175ConanIII.jpgEn “Sombras de hierro a la luz de la luna” se repite uno de los axiomas howardianos: el hombre civilizado es más malvado y mucho menos de fiar que el salvaje, mucho más consciente de sus actos y apegado a la ley de la Naturaleza. Se presenta un Conan errante, unido a los despiadados bandidos kozakos que asolan las fronteras de Koth, Zamora y Turán. El relato se abre con una sorprendente y trepidante escena en la que el cimmerio, único superviviente de la banda masacrada por los hirkanios, mata a un oficial de estos y rescata a una cautiva ofirea. Después, una isla en la que se alzan unas antiguas ruinas y un grupo de piratas desencadenan la acción. Sin tratarse de un episodio especialmente relevante, sí puede decirse que está resuelto con la brillantez habitual del autor tejano y posee un muy interesante regusto a cuento de terror. “El coloso negro” se abre con una muy conseguida escena en la que un experimentado ladrón es sorprendido por la muerte dentro de unas temibles ruinas en las que se había adentrado. A partir de aquí, el relato es muy similar en su estructura a “La ciudadela escarlata”. Conan no es todavía el rey sino comandante de los ejércitos de Khoraja, puesto al que ha sido aupado gracias a una profética visión de la princesa Yasmela. Como en el cuento citado, el interés se centra en el choque de ejércitos y las vívidas descripciones de la batalla. Inevitablemente el elemento fantástico lo pone un brujo milenario y ambicioso que ha de hacer frente  al acero empuñado por el cimmerio. Sin ser uno de los grandes relatos del ciclo, su lectura se disfruta.

En “Xuthal del crepúsculo” encontramos un relato meramente fantasioso en el que no faltan los ingredientes básicos con que preparar un buen entretenimiento: una bella muchacha, una ciudad perdida y un monstruo. Conan, recién salido de una sangrienta batalla y con una joven esclava entre los brazos, se adentra en el desierto. Allí la sed y el calor están a punto de terminar con ambos cuando divisan una misteriosa ciudad de torres verdes. Dentro de las murallas, una sociedad de curiosas costumbres y un horror amorfo… Un título menor, donde no se hace especial esfuerzo por urdir una trama más compleja y esto hace que no esté a la altura de otras piezas del libro.

“El estanque del negro”: Conan se enrola –de nuevo, de forma poco ortodoxa– en un barco pirata capitaneado por un zingario, Zaporavo. No tardan en arribar a una misteriosa isla perdida en la que hallan algunas extrañas construcciones e indicios de vida. Como los dos relatos anteriores, éste posee una estructura bien definida: llegada a un paraje de características poco menos que sobrenaturales, actuación de seres perversos más allá de lo humano y el detalle infalible de la presencia de una muchacha joven y bellísima presta a ser rescatada. “El estanque del negro” aporta elementos fantásticos nada desdeñables, con tintes terroríficos, pero sus pasajes más logrados están impregnados de sangre, sudor, huesos rotos y espadas melladas en la lucha. Puro Howard desatado.

“Villanos en la casa” da comienzo con un joven Conan encadenado en los calabozos de una ciudad corinthia. Allí un noble, Murilo, acude a rescatarlo con la condición de que asesine al intrigante sacerdote Nabonides. Por azar, los tres protagonistas: Conan el ladrón, el torpe Murilo y el ambicioso Nabonides se ven atrapados en la casa de este último. Son, como ellos mismos reconocen, tres villanos en la casa. Cuento bastante discreto y carente del elemento fantástico habitual; más que nada una anécdota de la juventud del cimmerio, con pocas pretensiones.

“El valle de las mujeres perdidas” resulta ser uno de los episodios más flojos de la antología. En este, Conan es jefe –su capacidad para erigirse en líder allá donde vaya es incuestionable– de la tribu bamula. Ya es conocido entre los negros como Amra, el león, tras su momento de gloria pirata a bordo del Tigresa. Rompiendo un pacto con el jefe de los bakalahs, Conan y sus guerreros atacan a esta tribu con la excusa de rescatar de su encierro a una mujer blanca. Episodio exótico, donde el bárbaro muestra una vez más su inexorable código personal de conducta, el elemento sobrenatural aparece innecesariamente encajado en una mínima trama resuelta de forma apresurada. Eso sí, la fuerza narrativa howardiana se hace notar tanto como en el resto de su obra.

“El diablo de hierro”. En esta aventura, Conan es jefe por derecho propio de los temibles bandidos kozakos. A la vista de que su poder y liderazgo se extiende por todo Turán como la pólvora, sus enemigos urden un plan para atraerlo usando como cebo a una rubia esclava, y asesinarlo. Todos los actores de la trama convergen en el fantástico escenario de unas ruinas, lugar donde un dios milenario ha encontrado el momento de volver a caminar sobre la Tierra. Sin variar demasiado uno de sus esquemas argumentales más habituales, Howard se saca de la manga otra aventura llena de acción y atmósfera conseguida. No hay sorpresas.

Un último apunte. En el inicio de cada relato se aporta una pequeña introducción que pretende instaurar un cierto orden entre ellos, dentro de la vida del bárbaro, y cubrir huecos que no es necesario cubrir. Heredado de los tiempos de Forum, se hace obsoleto cuando las intenciones de pureza de esta edición son tan claras, y es evidente que la existencia de Conan ha sido narrada por su autor sin un orden predeterminado. A golpes de espada, pudiéramos decir. Como debe ser.

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