Fantasmas, de Chuck Palahniuk

Fantasmas

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Como un toro en una cacharrería; así irrumpió Chuck Palahniuk en la escena literaria con la publicación de El club de la lucha, una afilada y brutal novela que tanto podía ser interpretada como una apología del machismo, como, por el contrario, una crítica al culto a la violencia propio de la sociedad occidental. La posterior película basada en el texto, dirigida por David Seven Fincher e interpretada por Edward Norton y Brad Pitt, logró convertir a Palahniuk en un escritor de moda. Pero sus siguiente obras –Superviviente, Diario, Asfixia, Nana, Monstruos invisibles… – no llegaron, ni de lejos, a alcanzar el impacto que supuso su primera novela.

Palahniuk es un escritor excesivo, en el sentido de que su narrativa se basa en un constante ir más allá de los límites. Su prosa, sencilla y rítmica, deviene en una suerte de pugilismo que aspira a transformar cada frase en un crochet o un uppercut, como queda patente en El club de la lucha con la declaración de amor de Marla a Tyler/Jack: «Me gustaría tener un aborto contigo», uno de los diálogos más espeluznantes que jamás he leído. En gran medida, la garra de Palahniuk –y Palahniuk es un escritor con mucha garra– se basa en el exceso, pero al mismo tiempo es esa vocación de exceso lo que en ocasiones acaba lastrando sus historias. A veces, ir demasiado lejos es lo mismo que no ir a ninguna parte.

Fantasmas, el último libro de Palahniuk publicado en España, no es una novela, sino un fix up; es decir, una serie de relatos cortos unidos por una historia troncal que les da continuidad, al estilo de los Cuentos de Canterbury. Así pues, el libro se divide en tres partes diferenciadas: la historia-eje –la más larga con diferencia–, veintitrés relatos cortos y otros tantos poemas que preceden a cada cuento. Dado que los poemas están traducidos y la edición no incluye el texto inglés, me abstendré de opinar sobre ellos. Comencemos pues por el relato central, al que llamaremos “Fantasmas” –aunque no tiene nombre–, y que constituye el gran error del libro.

Narrado en un estilo que oscila entre el humor negro, el absurdo y el grand guignol, “Fantasmas” cuenta la historia de un grupo de escritores noveles que, liderados por un anciano, se encierra durante tres meses en un teatro abandonado para redactar, cada uno de ellos, su obra maestra. Al poco el anciano muere, se acaba la comida y el grupo se entrega a una desquiciada carrera de atrocidades, que van desde la automutilación hasta el canibalismo, pasando por el asesinato, la zoofilia y la tortura. Y eso es todo. La tesis –lo que la gente está dispuesta a hacer por el éxito y la fama– queda clara desde el principio. A partir de ahí, la trama intenta avanzar acumulando barbaridades, pero lo cierto es que se estanca al cabo de pocas páginas, porque el exceso es tan desmedido que actúa más como anestésico que como revulsivo. Después de presenciar cómo los personajes se amputan los dedos, se matan entre sí o se comen viva a una chica, al lector acaba importándole un bledo lo que suceda. El relato no inquieta: irrita. Y, lo que es peor, aburre mortalmente. Reconozco que, en su momento, tuve que suspender durante unas semanas la lectura del libro, porque esa historia axial, pese a estar escrita con la mejor prosa de Palahniuk, me pareció sencillamente cargante.

Ésa es la cruz del libro; la cara la encontramos en el resto de los relatos, sensiblemente más breves –y quizá por ello mejores– que “Fantasmas”. Como en toda antología, la calidad varía de unos cuentos a otros, pero el nivel medio resulta más que notable. El primer relato del volumen, y también el más conocido, es “Tripas”, durante cuyas lecturas públicas, según cuentan, se produjeron numerosos desvanecimientos. ¿Es para tanto?… pues si te desagradan –como a mí– las vísceras al aire, sí. Auto-sexo duro y gore en estado puro.

El resto de los relatos discurren por el humor absurdo (“Reflexoputa”, “Al ritmo de los perros”), el realismo sucio (“Posproducción”, “Sala de espera”), la fantasía clásica (“La caja de las pesadillas”), el terror (“Crepúsculo civil”), el humor negro (“Publicidad encubierta”) o el surrealismo (“Vacaciones en el arroyo”, “Sonado a golpes”). Hay también una serie de cuentos inclasificables que, trastocando los papeles de verdugo y víctima, proponen una suerte de metáforas sobre el horror cotidiano. Ejemplos de esto los encontramos en “Éxodo”, que trata sobre la pederastia y la violación infantil, pero mostrando como víctima a un muñeco usado para las prácticas de primeros auxilios, o en “Decir cosas amargas”, que habla sobre la violencia de género presentando como verdugos a un grupo de mujeres maltratadas. Podría decirse, en definitiva, que estos veintitrés cuentos componen una especie de fresco fauvista sobre las pesadillas del siglo XXI.

En resumen, ¿es Fantasmas un libro recomendable? Pues yo diría que, a pesar de esa irritante, aburrida y larga historia central, sí. De hecho, si nos olvidamos del fix up, Fantasmas es una excelente antología de relatos cortos, sólo lastrada por su –fallida– vocación de novela.

Nota: esta reseña fue publicada originalmente en La tormenta en un vaso.

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