Víbora, de Andrzej Sapkowski

VíboraAndrzej Sapkowski es el autor de una de las mejores sagas de fantasía de todos los tiempos, o eso dicen, porque un servidor, que no es un ávido lector de esa fantasía que podríamos llamar «de capa y espada», de «héroes y gestas», «épica», no la ha leído, y si me he animado con esta Víbora es porque se presenta como una rareza dentro de la producción del polaco.

Víbora es una novela pegada a la realidad (aunque la cubierta del libro, precisa y paradójicamente por la literalidad con que ilustra una escena de la novela, pueda hacernos pensar lo contrario). En ella Sapkowski retrata someramente las desventuras y tropelías de un pelotón ruso allá por los años ochenta (del siglo pasado), cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas invadió Afganistán. Cierto que es una realidad trufada de misterios, de esos subterfugios de lo incognoscible, de lo irretratable, que se ovillan en los resquicios de la historia, tan antiguos, si no más, como el propio homo sapiens. Pero incluso esa parte misteriosa, esa fantasmagoría liminar, se plasma en primera instancia de forma realista gracias al uso que hacen nuestros protagonistas de ciertas sustancias que tan a mano se tienen por esas tierras y que tan irresistibles resultan en las circunstancias extremas de la guerra.

Sapkowski no se anda por las ramas y arremete contra el lector desde la primera página; tras una poética descripción del Hindukush, nos hunde la cabeza en el polvo de las trincheras, situándonos sin miramiento alguno en el epicentro de la crudeza y la supina estupidez de todo conflicto bélico. La sensación es la de estar perdido, confuso, sin asideros, apabullado ante la crueldad cinética de las ráfagas de los Kalashnikov, sensación que Sapkowski traduce (produce) magistralmente en la página con unos diálogos fulminantes y una lluvia de acrónimos. Esta técnica de inmersión sin anestesia me recordó a la más que digna (lástima de último episodio) miniserie de la HBO, Generation Kill, en la que se invita al espectador a codearse con un pelotón de la 1ª División de Marines de los Estados Unidos de América en la guerra de Irak, acá por el primer decenio del presente siglo.

Y así será como nos iremos familiarizando con el pelotón y sobre todo con el alférez Levart, sin mucha explicación, sin concesión alguna. «Apáñatelas como puedas con estos tipos», parece querer decirnos Sapkowski, «con su cerrada jerga, sus (aparentemente) extraños comportamientos y su (aparente) falta de ética». Pero funciona a las mil maravillas y la prosa directa, con el toque justo de lirismo y procacidad, nos acerca a unos personajes que uno nunca está muy seguro de cuántas páginas nos van a durar. Entre el séquito de secundarios me llamó especialmente la atención Lomonosov, una especie de sabio naturalista que suelta citas en latín y que sabe prácticamente de todo. Llegado el momento no tendrá inconveniente en refrescarnos la memoria y darnos alguna que otra lección de historia; no pude evitar imaginármelo como un alter ego del autor.

Ya bien entrados en la novela se nos revelarán algunos detalles sobre la biografía de Levart, sobre cómo siendo aún muy joven descubrió sus habilidades precognitivas y acabó en las redes de la laberíntica medicina de lo mental. Por fortuna para él (no sé si para nosotros lectores, porque la historia de Levart «el enajenado» habría dado para todo un novelón), aprendió a controlar su don, o más bien a caparlo, y escapó más o menos ileso de las garras del Minotauro-psiquiátrico.

Entre los tejemanejes y escaramuzas militares y el relato de los antecedentes de algunos personajes, iremos devorando páginas y llegaremos al primero de varios encuentros con la legendaria víbora del título, que nos transportarán (por arte de birlibirloque opiáceo) a otras épocas y a otros conflictos en el mismo escenario (Alejandro Magno, guerras anglo-afganas), hasta que finalmente lo fantasmagórico y lo real confluyan en un cruento desenlace que hará hincapié en el carácter indómito de esta región.

Y eso es todo. Y uno se queda con ganas de más. Uno recuerda otras lecturas bélicas como Trampa 22, Matadero 5 o el Céline de Viaje al fin de la noche y se pregunta si Víbora sobreviviría a una comparación con ellas, se lo pregunta porque es en esa liga en la que juega Sapkowski, no nos engañemos.

Dicen los que sí han leído a Sapkowski que, comparada con la mayoría de sus otras novelas, Víbora es una obra menor. Así que, si me preguntan si voy a animarme, en el futuro, con las aventuras del brujo ese de la melena blanca, contestaría que sí, que me he quedado con hambre, que Sapkowski tiene prosa para dar y tomar y para hacer que el lector irredento que es uno se anime casi con cualquier cosa.

Víbora (Alamut, Colección Artifex, 2013)
Żmija (2009)
Traducción: José María Faraldo
Rústica. 211pp. 19,95€
Ficha en la web de la editorial

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