El circo del Dr. Lao, de Charles G. Finney

El circo del Dr. Lao

El circo del Dr. Lao

Dándonos una vuelta rápida por las librerías podríamos llegar a la conclusión de que por fin disfrutamos de algo parecido a la normalización del mercado editorial de género fantástico. Al menos esa es la sensación que da la variedad de lo publicado en este momento –otra cosa es, ay, que se venda–. No sólo recibimos puntualmente las últimas novedades e hypes anglosajones, o lo más selecto del fantástico europeo incluido el del terruño, sino que además se están recuperando clásicos ocultos del género al-margen-de-dragones-y-elfos que uno pensaba que quedarían para siempre en el limbo de los inéditos o nunca reeditados: Entrebrumas, La nube púrpura, Riddley Walker, El tapiz del Sinaí y ahora ésta reedición de El circo del Dr. Lao –ya publicada hace muchos años por Bruguera–, la extraña y divertida novela corta de Charles G. Finney escrita durante los años de la gran depresión norteamericana.

En un caluroso y polvoriento mes de agosto llega a la insignificante ciudad de Abalone, Arizona, el circo del Dr. Lao. El acontecimiento despierta el interés de los habitantes del villorrio, microcosmos de policías ignorantes, funcionarios grises, abogados pedantes, inspectores de emigración, matrimonios de provincias, maestras reprimidas, fontaneros en paro y demás paisanaje. Todos se disponen a visitar el circo, pero sus expectativas de recuperar emociones vividas en la infancia se ven pronto defraudadas. Éste no es un espectáculo corriente: no hay payasos, ni acróbatas, ni malabaristas, ni elefantes amaestrados. En vez de eso se exhiben criaturas mitológicas supervivientes de una edad antigua y mágica: el famoso filósofo Apolonio de Tiana, adivinador y poderosísimo mago, un anciano sátiro, una Medusa, la Quimera, un huevo de Roc, una Serpiente Marina, un maravilloso Perro Verde, la Esfinge, y un oso. O un ruso. Incluso dispone de un picarón espectáculo de peepshow donde los adultos más atrevidos podrán ser testigos de cómo un gran dios africano recibe en sacrificio a una atractiva mujer noruega.

El rasgo fundamental de El circo del Dr. Lao es que carece de una estructura argumental al uso. Su desarrollo se asemejaría más a visitar un sideshow, una de esas ferias de fenómenos popularizadas por P.T. Barnum al estilo de la famosa película La parada de los monstruos. Asistiremos a una sucesión de escenas breves que narran el encuentro de los habitantes de Abalone con las mágicas criaturas exhibidas. Viñetas en las que Finney maneja con soltura diferentes registros narrativos que abarcan desde lo evocador y poético cuando el Dr. Lao nos presenta a los fenómenos, hasta el retrato satírico y la escena humorística que suele corresponder a la reacción del abalonés de turno ante lo contemplado. Es como si, con el circo, penetrara en la ordinaria realidad de Abalone la edad de la fábula, el mito y la sensualidad, representada por esos seres mitológicos cargados de simbolismo pero ya viejos y cansados, arrinconados por la mentalidad moderna, racional y materialista que ha acabado por convertir a los dioses del hogar en relojes de cuco.

The Circus Of Dr. Lao

The Circus Of Dr. Lao

Esta estructura se desarrolla también en sentido inverso, o mejor aún, como un reflejo deformado, espejo de la extrañeza que también desprenden los habitantes de Abalone cuando son enfrentados a los seres mitológicos del circo. No es difícil imaginarse a Finney, corrector de un diario de Arizona en el momento de escribir la novela, echándose unas risas a costa de sus vecinos. En la línea de un Bierce –pero sin su poso de misantropía– o un Bradbury menos trágico y melancólico, Finney ridiculiza la ignorancia satisfecha de sí misma, la cortedad de miras, el aburrimiento, la rutina y la mediocridad de su entorno local que a la vez es universal. En definitiva, satirizar esa muerte en vida que le predice crudamente Apolonio a una incrédula señora Cassan. Desde el punto de vista del circo, estos seres de Abalone son aún más extraños que las criaturas mitológicas, más monstruosos en su estulta vulgaridad. Vulgaridad impermeable a las maravillas del circo, que se sucederán ante la indiferencia, casi aburrimiento, de la mayoría de los habitantes del pueblo.

Pero, a pesar de todo, sí hay personajes en la novela que quedan afectados por la magia del circo, encuentros donde chisporrotea la potente corriente eléctrica que anima la obra; su desenfadada celebración de la vida. La maestra Birdsong, cuya sexualidad reprimida está punto de ser liberada por un sátiro, aprenderá a fumar, beber y ligar y «el circo le dio algo en que pensar cuando se aburría escuchando a sus alumnos maltratar la gramática». En la reveladora conversación entre la cruel serpiente marina y el corrector de pruebas del diario local –alter ego del propio Finney–, éste no puede evitar sentir envidia por la salvaje libertad, la embriagadora sensación de estar vivo que emana de la criatura. Y quizá durante esa conversación el corrector decidió escribir la novela sobre un circo mágico que cambió su vida, que podría cambiar la nuestra. Porque ésa es la afirmación vital de El circo del Dr. Lao, huir de la mediocridad y la rutina, transformar una existencia gris y convertirse en serpiente marina, devolver a una preciosa sirena al mar y dejarla en libertad, atravesar océanos nadando entre nautilos y tiburones hasta encontrarnos con la persona amada. La victoria final de la lujuria y la vida, el puro y salvaje, casi dionisíaco, deleite de estar vivo.

El volumen se cierra con un Catálogo donde se enumeran todos los elementos que han aparecido en la novela, personas, animales, cosas y hasta una serie de incongruencias argumentales, con una breve descripción humorística de cada una que recuerda, otra vez, al Diccionario del Diablo de Bierce. Una postmodernísima decisión que impregna la obra de cierto aura de artefacto mágico; la literatura como encantamiento capaz de cambiar vidas. Mención aparte merece la cuidada edición –y excelente traducción de Mariano Jurado, premio andaluz de traducción por esta obra–, que viene acompañada incluso por las surrealistas ilustraciones de Boris Artzybasheff, que aparecían en la primera edición original de la novela.

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