Homo Tenuis, de Francisco Jota-Pérez

Homo tenuisTrabajar con adolescentes te expone a una continua doctrina del shock. Frases hechas, música, lecturas, series de televisión, uso de la tecnología, neologismos… El lapso generacional es el pan de cada día. Uno de los momentos más extraños del curso pasado me golpeó cuando escuché a un grupo de primero de la ESO hablar del Slender Man y los creepypastas; ficciones de terror que pululan por foros de internet, se copian, modifican y pegan sin descanso, creciendo y alterándose como si viviéramos en Pripyat bajo la invisible acción radiactiva de Chernobyl.

Lo más chocante fue comprobar lo extendido del asunto. Pocos chavales desconocían la figura del Slender Man a través de alguna de sus múltiples manifestaciones: vídeos de internet, aparición en videojuegos, fotografías… Meses más tarde pude ver el documental sobre esta criatura estrenado en la HBO y me sacudió la dimensión real por el cual llegó a los medios de comunicación: la insólita historia detrás del apuñalamiento de una adolescente en EE.UU. por parte de dos compañeras. La emisión de ese documental fue precedido de la publicación por parte de Gas Mask de Homo Tenuis, de Francisco Jota-Pérez, con un mismo punto de partida y un formato muy cuidado. Sobre todo por una maquetación que ha afilado su personalidad gracias a unas ilustraciones y fotografías en blanco y negro, y un fantástico uso de las tramas. Posee una textura de fanzine underground en perfecta simbiosis con la hiperstición, el concepto sobre el cual gravita su contenido.

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Dentro del laberinto friki, de Cristina Martínez

Dentro del laberinto frikiIntentar poner un poco de orden en el caos de la subcultura, y en todas las ramas que se derivan de ella, es una tarea al alcance de muy pocos. Hay que tener un conocimiento profundo de la materia, sí, pero también una comprensión cabal de un fenómeno que va más allá de sus mitos, y que, con presencia en parcelas artísticas y culturales muy diferentes, está siempre en perpetuo cambio. La indisimulada presión social sobre el colectivo friki tampoco es fácil de soslayar. Pero la ensayista Cristina Martínez, especialista en la cultura de masas de nuestro tiempo (aunque no sólo de nuestro tiempo), ha conseguido lo que parecía imposible: escribir un ensayo que estructure, vertebre, dé forma e ilumine una masa social tan idiosincrásica, tan escurridiza, como el fandom y lo que desde hace años se conoce como ‘cultura friki’. Ha demostrado ser una excelente conocedora de las distintas tendencias y mutaciones tanto del frikismo internacional como del nacional, y saber pensarlas y contextualizarlas para su mejor entendimiento. Su libro es un análisis de lo friki, un repaso histórico y un intento constructivo –y logrado– de entender un creciente fenómeno social.

Lo primero que veremos al leer Dentro del laberinto es que la mirada de la autora es limpia: no hay condescendencia ni tolerancia voluntariosa, tampoco hay glorificación acrítica ni, desde luego, desprecio o clasismo cultural alguno. (A todos los clasistas culturales, por otra parte, les recomendaría perderse entre las páginas de Dentro del laberinto friki. Una mirada sociológica a la cultura friki en España, y, después, entre las páginas de Neoculto, un libro colectivo de 2012 sobre el nuevo cine de culto). Valiente, Martínez nos regala su propia definición de algo tan difícil de constreñir como el fandom (página 24), y un detenimiento particular para cada aspecto concreto del frikismo.

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La era del espíritu baldío, de Damián Cordones

El grupo pop avant-garde formado por globos oculares con cuerpo humano más famoso de todos los tiempos, The Residents, publicó a mediados de los años setenta su clásico The Third Reich´n`Roll, un disco en el que se proponía una lista de éxitos del pop que sonaría en el Reich de los Mil Años, lista formada por versiones de standards del acervo de la música popular norteamericana pero como retransmitidas desde el infierno a través un transistor de esos que llevamos los señores mayores para oír el Carrusel Deportivo durante el paseo de los domingos. El resultado es una sátira de la tiranía radiomusical, la música pop vista como ese puto ruidillo de fondo que suena a todas horas por todas partes, que banaliza y quita valor al acto de escuchar música. Pero, y tratándose de mí siempre hay un pero, al llevar este concepto a un extremo en el que la forma se ajusta al fondo como un guante de terciopelo forjado en hierro, el resultado es un pelín árido de escuchar, más cercano al arte conceptual que a la inmediatez de la música popular. Y me viene de perlas traer este disco a colación, porque la lectura de La era del espíritu baldío me ha recordado a la experiencia de escuchar el sarcástico elepé del grupo de chalados de San Francisco; la traslación implacable al papel de una serie de conceptos dificilillos y nada simpáticos, básicamente la disolución de nuestra realidad consensuada y los pilares que la sostienen como es nuestra propia identidad, la imposibilidad de entender un mundo del que los descubrimientos científicos arrojan una imagen cada vez más abstracta y refractaria a la percepción humana y el apocalipsis no como punto final, sino como transición hacia una nueva realidad totalmente ajena e incomprensible para los seres humanos que la habitan.

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Ejército Nuevo Modelo, de Adam Roberts

Ejército Nuevo Modelo¿Es posible la existencia de un ejército basado en una estructura horizontal? ¿Pueden los ejércitos convencionales, con su armamento avanzado y sus soldados profesionales, sucumbir ante grupos más pequeños y peor dotados pero con otra organización? ¿Cómo sería una contienda entre concepciones tan antagónicas de hacer la guerra en los aledaños de cualquiera de nuestras ciudades? Prácticamente todo Ejército Nuevo Modelo está orientada a responder estas preguntas, una búsqueda que la lleva a convertirse en una novela con tesis o, desde otra óptica, una tesis levantada sobre una novela.

Su narrador relata su enfrentamiento con lo más granado del Ejército Británico en los alrededores del área metropolitana de Londres como miembro de Pantegral, un Ejército Nuevo Modelo. Formado por unos miles de mercenarios, Pantegral ha sido contratado por el Parlamento de una Escocia Independiente para defender su nuevo Estado a través de una guerra de desgaste en el mismo núcleo de poder de su adversario. Pertrechados con armas ligeras, confían su fortaleza a una conexión en red donde cada miembro recibe y puede consultar la información de todo el teatro de operaciones en tiempo real. Sin una jerarquía al uso, con un funcionamiento plenamente democrático y la versatilidad de tomar decisiones para aplicarlas al instante, se convierten en un quebradero de cabeza para una organización más numerosa, en teoría mejor preparada pero incapaz de reaccionar ante su enemigo.

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Mañana cruzaremos el Ganges, de Ekaitz Ortega

Mañana cruzaremos el GangesNo recuerdo en boca de quien puso Ivá aquella frase de “si no hay disparos, maburro” para referirse a una película. Una de las muchas boutades que enriquecían semana tras semana las páginas de Makinavaja e Historias de la puta mili, y, para qué negarlo, una máxima que ha guiado la industria del entretenimiento desde que Anónimo dejara por escrito las andanzas del más sumerio de todos los reyes sumerios. La ahora medio olvidada distopía es otro campo donde esta afirmación ha alcanzado su máxima expresión. Basta recordar cómo el thriller y la acción han fagocitado una mayoría cualificada de narraciones etiquetadas así, como si dejar al descubierto los mecanismos políticos, económicos, culturales de una sociedad no fuera atractivo suficiente y necesitara de una trama llena de peripecia para arrear a los lectores los proverbiales puñetazos en el estómago. Con ese protagonista corriendo por su vida delante de las tropas del régimen, a tiro limpio y, a ser posible, con una memoria cuántico-cristalina en el bolsillo repleta de información destinada a hacer caer la tiranía. En este contexto de distopía rebajada dos-por-el-precio-de-uno, Mañana cruzaremos el Ganges apuesta por recuperar los sostenes clásicos de estas historias a medida que su narradora, Eva Warren, desnuda las facetas más tenebrosas de su hasta entonces apacible cotidianidad. Y lo aborda gracias a un desarrollo donde gran parte de esa tarea de andamiaje ocurre de manera tácita. No sólo se cuenta a sí misma y su entorno mediante descripciones pormenorizadas de sus acciones y pensamientos; en su labor de despiece son esenciales las renuncias u omisiones adosadas a su relato.

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Ursula K. Le Guin, In Memoriam

Ursula K. Le Guin

En cuanto los grandes iconos de la cultura popular han entrado en la senectud, las redes sociales se han convertido en un gigantesco velatorio. En su interior, es inevitable tomar conciencia de la dimensión de nombres concretos cuando las menciones, y las palabras, se acumulan. Entre sus seguidores, sus pares, los medios de comunicación, las empresas que difunden su obra… La muerte el 22 de Enero de Ursula Kroeber Le Guin ha deparado una de las explosiones de tristeza y admiración más extendidas y sostenidas desde que llegué a esto de internet. Pocas veces las palabras de elogio y recuerdo me han resultado tan justificadas. Frente al inevitable positivismo y la (ocasional) exageración consustanciales a toda añoranza, me ha quedado la sensación que con Le Guin el riesgo ha sido justo el contrario. Escasos autores de géneros tenidos por menores durante tantas décadas alcanzaron tal grado de reconocimiento sin contar con grandes adaptaciones en los mercados audiovisuales o una visibilidad en campos como el de la divulgación histórica, científica, tecnológica… Esta apreciación le llegó en exclusiva por su desempeño en la ficción escrita. En vida.

A diferencia de la mayoría de los escritores de ciencia ficción de su generación, cuyo bautismo tuvo lugar en las revistas y pequeñas editoriales de los 50, Le Guin tardó en publicar su primer texto. Como cuenta Julie Philips en este extenso artículo para The New Yorker, tras terminar la Universidad se volcó en la escritura de cuatro novelas que quedaron inéditas, incapaces de contentar a un mundo editorial a la búsqueda de temas, voces y patrones narrativos realistas a los que nunca tuvo interés en plegarse. Entre ese material no publicado comenzaban a tomar forma una serie de relatos y una novela situados en Orsinia, un imaginario país Europeo sobre el cual representaría pequeñas estampas vitales donde ya se intuían su preocupación por los mecanismos de cambio social o la represión desde las estructuras establecidas. Las ansias de libertad y dignidad.

Encontraría la ventana de oportunidad para llegar al público ya entrada la década de los 60. Su aliento imaginativo halló acomodo en el burbujeante panorama de la ciencia ficción en plena transición hacia la new wave. Una pequeña revolución que abrió las puertas a un género renovado que, según palabras de la propia Le Guin

the change tended toward an increase in the number of writers and readers, the breadth of subject, the depth of treatment, the sophistication of language and technique, and the political and literary consciousness of the writing. The sixties in science fiction were an exciting period for both established and new writers and readers. All the doors seemed to be opening

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La hemorragia de Constanza, de Damián Cordones

Siempre que encaro una colección de relatos, me surge la misma pregunta: ¿voy a encontrar vínculos más allá de la necesidad de un editor o del propio autor de ver reunida una parte de su ficción breve? La búsqueda de esas líneas que unan los puntos es a la vez un pequeño placer y una potencial fuente de frustración. Por el reto a tu comprensión, por cómo te expone ante tus limitaciones o el inevitable ridículo de terminar señalando conexiones que sólo figuran en tu cabeza. Para qué negarlo, la encrucijada donde me ha dejado La hemorragia de Constanza, de Damián Cordones. Según reza el texto de cubierta trasera, la primera colección de relatos del autor de La era del espíritu baldío.

La primero de las cuatro piezas que recoge, del mismo título de la colección, merece una detenida lectura; permite observar cómo construye Cordones su narrativa breve. Parte de una semilla argumental que puede antojarse una mera anécdota: un hombre entrado en años visita a una antigua pareja postrada en una cama. Con ambos enfrentando el tramo final de sus vidas, y ella en un estado vulnerable, fantasea con la posibilidad de recuperar ese viejo amor. Las primeras páginas cuentan la llegada del hombre a la casa, el tránsito por el pasillo hasta la habitación de la enferma, sin extenderse demasiado. Cordones se sirve de esta secuencia mundana y algunos pensamientos del personaje para levantar un ambiente incómodo que, lejos de amansarse con el esperado reencuentro, no detiene su crecimiento. No sólo por el motivo más evidente: la mujer está conectada a una máquina que extrae de ella un fluido abyecto. Se aprecia el peso de la relación con su doctor, observador silente del diálogo.

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Nick y el Glimmung, de Philip K. Dick

Nick y el GlimmungMuchos de los lectores sabrán que antes de dedicarse por completo a la ciencia ficción, Philip K. Dick escribió otras novelas que no llegó a publicar. Novelas realistas, deprimentes y alguna con cierto interés. Pero seguramente pocos sabían hasta hace poco que en 1968 también trató de publicar una novela juvenil: Nick y el Glimmung.

Esta breve novela de Philip K. Dick fue escrita en uno de sus periodos más lúcidos, en los años de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Ubik o Gestarescala. Sobre todo, se pueden encontrar algunos puntos de conexión con esta última. Si alguien se pregunta el interés de Nick y el Glimmung más allá de conocer otra obra de Dick, la verdad es que es una novela entretenida con algunos momentos divertidos y el característico final de un autor que en demasiadas ocasiones parecía no prever el desenlace y lo cerraba como podía. Pero es innegable que tiene mayor interés para quien esté familiarizado con la obra del autor californiano.

Su premisa es sencilla. En una Tierra “extremadamente superpoblada” se prohíbe tener mascotas. Cuando descubren que la familia de Nick vive con su gato Horace, quieren llevárselo, por lo que deciden emigrar con la mascota al Planeta del Labrador. Tras viajar en nave espacial, encuentran un planeta boscoso con un hábitat ligeramente hostil donde varias especies interactuarán con ellos de distintas formas: habrá quienes sean claramente molestos, otros más cariñosos y algunos tratarán de hacer negocio con la familia humana. Para añadir mayor dimensión, hay especies que mantienen una antiquísima guerra entre ellos.

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Sueño del Fevre, de George R. R. Martin

Sueño del FevreSueño del Fevre es una novela de George R. R. Martin antes de convertirse en GRRM, el autor de Canción de hielo y fuego, padre putativo de la celebérrima, espectacular y archiconocida serie de televisión Juego de tronos. Se trata de una de sus primeras novelas, y supone una incursión en el trabajoso y arduo género del vampirismo. Fue publicada inicialmente en 1982, y ha sido reeditada hace unas semanas por Gigamesh en su colección Omnium.

Hay géneros sobre los que cabría la tentación de afirmar que todo está dicho ya, si semejante estupidez se pudiera decir en ficción. En Sumer ya existían vampiros. La sangre es la vida, dice la ley mosaica. De todos los fluidos corporales estigmatizados por el tabú y guardados por un código de conducta que se erige para salvaguardar la civilización, la sangre es uno de los más cargados de simbolismo.

El vampiro moderno salta de la literatura al cine, convirtiéndose así en un mito de la modernidad para la nueva sociedad de masas que consume entretenimiento y estremecimiento en películas, cómics y novelas. La lista de los que han coqueteado con el no-muerto es inacabable. Lovecraft tocó el tema en varias de sus obras, y Richard Matheson imaginó un gran triunfo vampírico en Soy leyenda (1954). Stephen King lo abordó en El misterio de Salem’s Lot, y Anne Rice lo renovó con Entrevista con el vampiro (1969). El ansia (1981), de Whitley Strieber, concibió a los vampiros como una raza paralela a la humana, a la cual parasita. Los ejemplos en la literatura y el cine son incontables, y en 2005 el tema pareció haber tocado fondo con las ñoñas aventuras de las criaturas de Stephanie Meyer en la saga Crepúsculo.

Es por ello que el género aparece particularmente manoseado hoy en día, cuando ha pasado por los filtros de la llamada baja cultura, la cinematografía de serie B, la novela pulp y el folletín, y ha sido rescatado y vuelto a filtrar para resurgir, cada tanto tiempo, como una próspera moda que trasciende los límites de la ficción y se arrastra por la periferia de la realidad, con gente que declara que bebe sangre humana de verdad. Como todos los géneros, responde a su propia lógica y limitaciones, quedando confinado a una serie de elementos que se convierten en el tejido folklórico del mismo, y que es lo que se espera encontrar cuando se aborda su lectura. Para el lector, es tranquilizador saber que en el género de zombies o el de fantasmas va a hallar los mismos familiares aspectos una y otra vez. Para el autor, el reto tal vez resida en darle otra vuelta de tuerca, en encontrar un giro diferente, una nueva situación, reparar en lo que nadie ha reparado antes que él, y así contribuir a una tradición vampírica literaria de celebrar los hallazgos pasados reelaborándolos o negándolos.

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Mano dura, de Brian Aldiss

Mano duraLa muerte en verano de 2017 de Brian Aldiss me llevó a rebuscar por las estanterías de pendientes a ver los títulos que tenía disponibles. Como llegué a la ciencia ficción a finales de los 80, me encontré con los títulos más señalados publicados en colecciones desaparecidas antes de aquellos años y nunca reeditados: Barbagris y Los oscuros años luz. También los dos títulos mainstream traducidos durante aquella década: Ruinas y este Mano dura. Este último me hizo recordar la recomendación de Iván Fernández Balbuena allá por 2001 o 2002: internados británicos y sexo, mucho sexo. Un combo polémico para una historia que, como curiosidad, terminó formando parte de la lista larga del premio Man Booker de 1970 junto a otra decena de novelas el año que, por un cambio en la mecánica de selección de obras, el certamen no se celebró. Una curiosidad rollo retroHugo que se llevó a cabo hace poco más de un lustro.

Contada en primera persona, el autor de La nave estelar y El tapiz de Malacia se sustancia en los recuerdos de infancia de Horatio Stubbs, un personaje que, como el propio Aldiss, vivió su niñez y adolescencia en el período de entreguerras en Norfolk. Sin embargo, para evitar la prolijidad que podría surgir de un propósito tan general, sitúa su foco sobre algo tan concreto como su iniciación sexual y la evolución de sus apetencias. Este hijo de un empleado de banca y un ama de casa, con un hermano mayor que va abriendo camino y una hermana más pequeñas con la que compartirá bastantes ratos, pasa con pies ligeros sobre cualquier faceta ajena a estas cuestiones para poner el peso sobre el descubrimiento de su sexualidad.

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