La España vacía, de Sergio del Molino

La España vacíaEn las últimas semanas parece haber alcanzado su clímax el interés por lo que Sergio del Molino etiqueta como La España vacía. Esa parte de nuestro país con una densidad de población tan baja como elevada resulta la edad media de sus habitantes. El éxodo hacia las ciudades dejó multitud de pueblos abandonados, los centros urbanos (y los servicios) se suelen encontrar a más de una hora por carreteras sinuosas y cualquier tentativa de mantener un tejido productivo estable desemboca en un sonoro fracaso. Sin embargo, a diferencia de otros libros como Los últimos, de Paco Cerdá, los numerosos artículos que se han podido ver en la prensa o el programa dedicado por Salvados a su agonía, La España vacía se aleja de cualquier voluntad de dar la palabra a sus habitantes o indagar en la naturaleza sociológica del asunto. El viaje en las páginas de este ensayo se plantea en otros términos. Del Molino busca las raíces de las percepciones dominantes sobre esta porción de España en el imaginario colectivo mientras explora su convivencia con la experiencia de visitar sus rincones. Esta tensión entre lo esperado y lo observado, donde las contradicciones se transforman en parte esencial de la descripción, es una de las guías del discurso junto al acercamiento subjetivo. El autor utiliza un variado arsenal de vivencias (viajes, conexiones familiares, anécdotas personales…) para enhebrar una argumentación donde él y su visión son esenciales en la descripción de un lugar entre la realidad y la ficción cuya consistencia se afianza con el transcurrir de las páginas.

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Sobre Incrustados, de Ian Watson, y por qué merece la pena reemplazar nuestro ejemplar de Empotrados

Incrustados y otros delirios racionalistasA pesar de las arrugas y las canas, todavía encuentro su encanto al zambullirme en una novela previa a la década de los 80. Allá cuando los libros de más 250 páginas eran una excepción, las presentaciones jamás se dilataban, los desarrollos entraban con rapidez en vereda y no existían los continuarás. Quizás muchos personajes pecaban de un cierto descuido, pero se apreciaba una espontaneidad que echo en falta en gran parte de la ciencia ficción actual, en ocasiones demasiado apegada al metrónomo, los bloques y patrones aprendidos en talleres de escritura. Esta sensación se ha reforzado tras leer Incrustados, conocida en España como Empotrados y buque insignia de Watsonianas. El proyecto de la editorial Gigamesh cuyo objetivo es recuperar la obra de Ian Watson en castellano.

Incrustados se encuentra en las tres listas de títulos fundamentales de ciencia ficción más conocidas en España: la de David Pringle, la de Miquel Barceló y la coordinada por Julián Díez. Como explicaba Alfonso García en su completa reseña, es una de las novelas esenciales sobre el problema de la comunicación con un enfoque muy diferente a las escritas anterior… y posteriormente. Frente a Babel-17, Los lenguajes de Pao o Lengua Materna, libros desarrollados alrededor de la hipótesis Sapir-Whorf, de nuevo boga tras el impacto de La llegada, Watson plantó su argumento sobre el innatismo postulado por Chomski y el concepto de la incrustación. Esa manera que tenemos de incorporar información relevante en el lenguaje a base de subordinadas y que, a mayor amplitud y profundidad, más dificulta la asimiliación; especialmente en el lenguaje oral cuando el cerebro no es capaz de absorber las ideas al ritmo que suelen fluir. Watson modela este sustrato mediante tres historias: unos científicos experimentan el potencial de la mente humana para tratar con la información a través de unos niños en un laboratorio; un antropólogo convive con una tribu amazónica cuyo uso de la incrustación tiene ramificaciones sociales y filosóficas; y unos alienígenas se interesan por las lenguas terrestres en un primer contacto. Cada una desde perspectivas complementarias, realimentadas entre sí a medida que Watson profundiza en su elaboración del marco de Chomski.

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19 cámaras, de Jon Arretxe

19 cámarasTouré vive en el Barrio San Francisco de Bilbao. Inmigrante de Burkina Faso, intenta ganarse el pan como vidente y mago. Sin embargo tiene más éxito con los pequeños encargos de sus clientes y amigos, mayormente dentro de la ley. Una mujer, Charo, lo contrata para que siga a su marido y a su cuadrilla mientras se van de putas por la zona de alterne del bocho. Inician una relación sexual a cambio de la cual Touré recibe un dinerito y, gracias a la poderosa voz que gasta, lo coloca en un coro. Simultáneamente conoce a Cristina, una prostituta recién llegada al San Francisco.

Éste es más o menos el punto de arranque de 19 cámaras, la primera novela de una serie protagonizada por Touré. Arretxe se viste de su voz para observar desde la perspectiva de un inmigrante los recovecos más lóbregos de nuestra sociedad. De ahí lo interesante del vínculo con las dos mujeres, con puntos de partida similares y desarrollos opuestos que ayudan a establecer el tono humano de la historia. De ser un medio para sus fines, contrapone la explotación de la primera frente a la amistad desinteresada de la segunda.

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Parable of the Sower, de Octavia Butler

Parable of the SowerLa primera noticia que tuve de Parable of the Sower fue cuando su secuela, Parable of the Talents, ganó el premio Nebula de 1998. Hace casi 20 años. Mientras otros libros premiados, anterior y posteriormente, han sido recuperados (todo hay que decirlo, con un impacto marginal), esta novela ha continuado inédita en España. Para explicarlo existen todo tipo de razones, algunas hasta razonables. La propia concepción como una serie cuyo tercer volumen jamás terminó de cobrar forma es un argumento de peso. Además la única obra de su autora previamente publicada en España, los tres libros de Xenogénesis, apenas gozaron del favor del público. De su mano aparecen otros motivos menos defendibles que nos han terminado de hurtar una novela fundamental en la carrera de Octavia Butler e imprescindible para entender la diversidad de la ciencia ficción estadounidense de finales del siglo XX, mucho más que un puñado de señores blancos con barba obsesionados con la verosimilitud científica de sus historias, Connie Willis y Lois McMaster Bujold.

Parable of the Sower es el diario de Lauren Olamina, una adolescente de una barriada de Los Ángeles (Robledo) donde una docena de familias mantienen una comunidad más o menos estable. La crisis económica, la desigualdad creciente, la apatía de las fuerzas del orden y unos servicios públicos inaccesibles para los más desfavorecidos han convertido California, y gran parte de EE.UU., en el escenario de la precuela de Mad Max. Apenas la pertenencia a un grupo permite escapar a la violencia desatada en unas calles donde las agresiones, las violaciones, los asesinatos y los incendios indiscriminados son moneda de curso común.

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Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez

Los peligros de fumar en la camaTras el éxito en España de Las cosas que perdimos en el fuego es entendible el deseo de Anagrama por capitalizarlo de alguna manera; poner al alcance de sus lectores otro libro de Mariana Enríquez mientras su recuerdo se mantiene encendido. Pero como los procesos creativos no atienden a estas necesidades, la editorial ha vuelto sus ojos hacia Los peligros de fumar en la cama; una colección de relatos publicada en Argentina en 2009. En el caso de que se haya leído Las cosas que perdimos en el fuego, esta detalle me parece de la máxima relevancia: puede marcar su lectura de forma decisiva. Aunque Los peligros de fumar en la cama abre de nuevo las puertas a una realidad igual de insidiosa, puede hacerse decepcionante si no se recalibra cualquier expectativa generada.

Así sus tres primeros cuentos, “El desentierro de angelita”, “La virgen de la tosquera” y “El carrito”, me han despertado sensaciones encontradas. Contienen detalles atractivos (el tono macabro del primero; la manera de reflejar el capricho adolescente del segundo y la comunidad maldita del tercero) pero andan cortos de intensidad dramática, sus atmósferas son un tanto insustanciales y sus conclusiones no aciertan a reconducir la impresión. Mejor funciona “El aljibe”, la cuarta historia. Resulta inquietante cómo las mujeres adultas de una familia proyectan sobre su joven protagonista todo un arsenal de limitaciones, frustraciones y miedos. Sin embargo se hace realmente turbador cuando toda esa mierda deviene en parte imprescindible de su esencia. El potencial ilimitado inherente a la infancia queda coartado y destruido hasta el punto de impedirle una vida normal. Igualmente Enríquez hace uso muy hábil de la figura del narrador. Se retrotrae hacia un momento concreto del pasado e introduce la atmósfera a través de una descripción donde las memorias de la infancia se exponen de modo impresionista para desarrollar las consecuencias de manera más prolija cuando el personaje central cobra conciencia, junto al lector, de lo ocurrido.

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The Time of my Life, de Hadley Freeman

The Time of my LifeEntender por qué se explota la nostalgia por la cultura popular de los 70 y los 80 no es física avanzada. Quienes vivimos nuestra infancia y/o adolescencia durante aquellos años formamos una de las bases más extensas de la pirámide de consumo y, desde múltiples flancos, nos aprietan con la añoranza de aquel periodo. La necesidad de retomar el contacto con la juventud perdida es el caldo de cultivo perfecto para todo tipo de artículos destinados a parasitar fantasías insatisfechas o alimentar el deseo de retornar a esa Arcadia perdida. Entre la inagotable cornucopia de productos comienzan a proliferar estudios más o menos convincentes con el propósito de validar aquellos años. Recalibran las películas, novelas, cómics con los que se crió una generación y buscan la manera de situarlos a la par, sino por encima, del material que nutrió a las generaciones anteriores o posteriores. Esa es la idea inicial de The Time of my Life, un ensayo de Hadley Freeman sobre el mundo del cine comercial estadounidense de los 80.

En cada uno de sus diez capítulos Freeman analiza una película icónica y la repasa centrándose en una idea central; el motivo por el cual considera que debe ser tenida como una obra única. La causa que la hace no sólo merecedora a su rescate sino que la convierte en paradigma de un enfoque extendido durante los años 80 en las producciones de Hollywood, ahora desaparecido. En esa mirada participa de lo que Carl Wilson defendía al final de Música de mierda: escribir desde la propia narrativa personal. Freeman vio la mayor parte de las películas de las que habla durante su adolescencia a finales de esa década o comienzos de los 90. Su vínculo con esas historias, personajes y creadores es evidente y así se preocupa de exponerlo página sí, página también.

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El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, y El hombre en el castillo, según Frank Spotnitz

El mapa

Los dos volúmenes dedicados por Cátedra a sendas novelas de Philip K. Dick son un ejemplo de cómo se debe recuperar un clásico de la ciencia ficción. Nuevas traducciones, un formato agradable, estudios que alumbran las facetas más atractivas del título en cuestión, el autor, la época en que fueron creadas… Y algún contenido extra. En el caso de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Julián Díez acompañaba su magnífico ensayo de una enumeración con las diferentes adaptaciones al cine de la obra de Dick; un listado imprescindible para reafirmar su posición como escritor de ciencia ficción más influyente en la actualidad. Su figura ha trascendido sus narraciones y se ha ramificado hasta niveles que bien merecerían un estudio detallado. No obstante, tras mi reciente relectura de El hombre en el castillo, aprovechando el estreno de la segunda temporada de su adaptación a la televisión, también me ha llevado a la pregunta de hasta qué punto ese ascendiente se corresponde con lo que dejó por escrito, con lo que los guionistas entendieron y plasmaron después en las películas, con lo que pudieron verse obligados a potenciar o reducir para adecuarlo a las exigencias de la pantalla (dejando otras caras ocultas)… Un suculento debate al cual la producción de Amazon se presta desde múltiples vertientes.

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El día antes de la revolución, de Ursula K. Le Guin, con ilustraciones de Arnal Ballester

El día antes de la revoluciónDe la docena y media de relatos que formaban Las doce moradas del viento dos se han convertido en los más conocidos y valorados de Ursula K. Le Guin: “Los que se marchan de Omelas” y “El día antes de la revolución”. De hecho el primero se ha aupado hasta una posición indiscutible entre los mejores cuentos de ciencia ficción, una narración estudiada y discutida desde múltiples perspectivas tanto por su escritura como las lecturas que propicia. Mientras, el segundo se ha visto parcialmente eclipsado por ese éxito y el de Los desposeídos, la novela donde Le Guin plasmó la utopía basada en el pensamiento de la protagonista del relato: Laia Asieo Odo. Un desequilibrio injusto tal y como da fe la excelente edición ilustrada por Arnal Ballester para Nórdica Libros.

De todas las Odos posibles, para contar El día antes de la revolución Le Guin se detiene en una al final de su vida. Avejentada, convaleciente tras haber sufrido una embolia, enfrentada a un presente con el que ya no puede lidiar y unos recuerdos que le acechan desde cada rincón. Un narrador omnisciente la sigue una mañana desde su despertar y deja al descubierto retazos de pensamientos y sensaciones. Imágenes de su cuerpo para afirmar sus estados físico y psicológico; brevísimos apuntes de su filosofía y su lucha por llevarla a la práctica; fugaces recuerdos de su estancia en prisión, uno de los nexos con las pérdidas sufridas en una vida entregada a conseguir un sistema social más justo; su visión de la comuna donde vive junto a otros anarquistas y se siente un poco un vestigio. Gracias a esta construcción con trazas de flujo de la conciencia, se integran en paralelo las diferentes caras del personaje. Su encaje, la amplitud alcanzada por este retrato con una economía narrativa incuestionable, se convierte en uno de los grandes valores de El día antes de la revolución. Pero no es esta la faceta que más me atrae.

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El caminante, de Jirō Taniguchi

Leí por primera vez El caminante en un sitio harto improbable; la revista El Víbora de principios de los noventa, publicado creo recordar que por capricho de Josep María Berenguer, editor de la Cúpula, a quien le hacía gracia el contraste. El caminante apareció de forma incompleta durante cuatro números, junto a las entonces series estrella de la revista, como el ultraviolento Ángel el indeseable, de Iron o las Pequeñas viciosas de Santiago Segura y Jose Antonio Calvo, más desubicado que un monje zen en la mansión Playboy. Pero aquellas cuatro historias me produjeron una profunda impresión, no por su carácter casi alienígena si lo comparábamos con el resto de las historietas con las que compartía páginas, sino por sus valores propios que son muchos y muy valiosos. Porque si la literatura u otras artes narrativas nos proporcionan herramientas que nos permiten reflexionar sobre nuestras experiencias, nuestra identidad y nuestro lugar en el mundo, El caminante hará que este proceso te convierta en mejor persona.

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Jirō Taniguchi, in Memoriam

Jirō Taniguchi

Leer cómics en provincias en aquellos tiempos previos a internet, desconectado de la mayor parte de revistas y fanzines, sin librerías especializadas, tenía mucho de búsqueda del tesoro. Peinar un kiosko tras otro los viernes o los sábados en una perpetua sorpresa de no saber qué te ibas a encontrar. Esta impresión se acrecentó cuando llegaron las primeras filas del desembarco manga. Sin referencias. Sin bagaje. Debía tener 18 o 19 años cuando me topé con un tebeo particularmente llamativo: un álbum firmado por dos autores japoneses. Lo estuve hojeando, no tenía mucho texto… Me dejó impactado por su dibujo, cómo secuenciaba la acción a través de una narrativa limpia donde el tiempo se ralentizaba sin, por ello, sacrificar la sensación de movimiento. Una bala golpeaba un espejo en dos viñetas mientras otra disparada simultáneamente viajaba hacia su blanco a lo largo de tres o cuatro páginas. Un asesino descerrajaba un disparo sobre el pecho de un hombre mientras la bala salida de la pistola de su víctima dilataba su trayectoria durante varias páginas, golpeaba el suelo, se deformaba… Me lo llevé para casa.

Hotel Harbour View, que así se titulaba el álbum, fue mi entrada en el mundo de Jirō Taniguchi. También fue mi primer recuerdo cuando el pasado sábado me enteré de su muerte. Una vivencia que forma parte de mi (jarl) narrativa personal y me gusta recordar por su componente de descubrimiento; de disfrute personal cuando los tebeos comprados eran escasos y los releía una y otra vez; de choque cuando llegué al resto de su obra y observé su riqueza y su alejamiento de aquella base criminal. Supongo nacida de su guionista, Natsuko Sekikawa.

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