El dios asesinado en el servicio de caballeros, de Sergio S. Morán

El dios asesinado en el servicio de caballeros<< Tienes el cadáver de un dios en el maletero >>

La frase, escrita de manera temblorosa en el brazo izquierdo de la protagonista, marca el inicio de una de las últimas novedades del sello de fantasía y ciencia ficción de Penguin Random House en castellano, Fantascy. En dicha sentencia se averiguan de antemano las tres principales características que se pueden encontrar a lo largo de su lectura: casos criminales a investigar, seres mitológicos desbocados e, implícitamente, el humor que impregna cada una de las situaciones de la obra.

El dios asesinado en el servicio de caballeros supone el estreno literario de Sergio S. Morán, exitoso guionista y autor completo de los webcómics de humor El Vosque y Eh, Tío, respectivamente. Y lo cierto es que para nada me ha recordado a una primera obra, gracias a su hábil unión de fantasía urbana muy internacional y alejada de tópicos castellanos, así como a un sentido del humor que, aunque a alguien le pueda parecer por momentos excesivo en cantidad, me ha resultado muy interesante en diversos momentos a costa de sacrificar el encasillamiento de la novela en un género concreto. El nombre de algunos de sus capítulos me servirán a continuación para repasar mis impresiones sobre el libro.

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Cuentos de lo extraño, de Robert Aickman

516tljxAabLHace algunos años descubrí a Robert Aickman gracias al blog de M. John Harrison, donde el gran escritor inglés afirmaba que “The Swords” era su cuento grotesco favorito. El cuento grotesco favorito de John Harrison tiene que ser la leche de grotesco, pensé, así que no tardé en hacerme con la antología donde aparece dicha historia; Cold Hand in Mine. Aparte del muy pertubador “The Swords”, el mejor cuento jamás escrito sobre perder la virginidad a cambio de dinero en una sórdida pensión de Palencia, recuerdo otros relatos estupendos como esa obra maestra del, no se me ocurre otra definición, gótico-absurdo que es “The Hospice” (imagínense que “La caída de la Casa Usher” acabase con el narrador esperando el autobús), o el excepcional coming of age vampírico, “Pages from a Young Girl´s Journal”.

En dicho volumen descubrí en Aickman a un cuentista en la tradición del fantástico anglosajón que tanto le gustaba a Borges, donde se podían reconocer influencias de Henry James o Arthur Machen, de estilo elegante y sutil, peculiar imaginación y, sobre todo, narrador fascinado por el misterio, sabedor de que es éste y no la explicación, lo que perdura. En general y con alguna excepción, se trataba de relatos ambiguos cuyo rasgo más característico era la detallada y oblicua construcción de los conflictos psicológicos de los personajes, cuyas vidas cotidianas y vulgares se enredaban en lo absurdo, lo fantástico y lo inquietante como si fuesen protagonistas de kitchen sink dramas góticos. Personajes que, como indica certeramente Andrés Ibáñez en el prólogo de este Cuentos de lo extraño, citando The Enciclopedy of Fantasy de John Clute y John Grant; “no son capaces de entender al fantasma con el que se enfrentan debido a que dicho fantasma… es una manifestación, un retrato psíquico, de su incapacidad para comprender sus propias vidas”. Relatos, además, cuyo estilo terso y engañosamente sencillo es una trampa para los lectores, que confiados en transitar por caminos conocidos, acabamos perdidos en el corazón de un bosque oscuro y amenazador.

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La maldición de Lono, de Hunter S. Thompson

La maldición de LonoEn los últimos años hemos sufrido el aumento de columnistas que, con cierto aire descarado y bastante demagogia, aportan afilados comentarios con el propósito de aumentar las visitas de sus blogs y secciones en los periódicos. Normalmente enumeran como referencia a los grandes clásicos españoles, ¿quién no quiere ser Larra?, pero resulta evidente que el influjo mayoritario proviene de Hunter S. Thompson.

Sexto Piso ha publicado con La maldición de Lono otra muestra de lo que fue Hunter S. Thompson. Hasta su anuncio no conocía su existencia y reconozco que desde ese momento he ansiado leerla. El volumen es una pequeña joya en su edición, un libro comodísimo de leer, bien ideado y maquetado tomando en cuenta que mezcla reportaje, extractos de otras obras, correspondencia personal del autor y alguna fotografía. Lo mismo se puede decir de la traducción de Jesús Gómez Gutiérrez: impecable y sin desmerecer al estilo del autor.

El maestro del periodismo gonzo fue una persona excesiva, tal y como se puede comprobar en cada página del autor: en todos los reportajes su carácter y visión resultan ineludibles e invasivos. No habla de lo que ve, sino de cómo lo vive; y sobre todo, no busca ningún mensaje ni finalidad. Llega un momento en el que sólo quiere solucionar los problemas creados por él mismo.

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Siete casas vacías, de Samanta Schweblin

Siete casas vacíasEs fácil dejarse llevar por el entusiasmo cuando una autora escribe un relato como Distancia de rescate. Un texto donde forma y fondo van indisolublemente unidos a la hora de construir una obra de misterio excelentemente asentada sobre ambos. De ahí la curiosidad por comprobar la pericia de Samanta Schweblin en historias más breves lejos del terreno del fantástico como las de Siete casas vacías; una colección de relatos galardonada con el IV Premio de Narrativa Breve Ribera de Duero y publicada por Páginas de espuma.

Ya el primer relato, “Nada de todo esto”, es una buena piedra de toque que nos pone sobre la pista del registro desarrollado por Schweblin en las seis piezas siguientes. Introduce a una madre y a su hija mientras recorren los suburbios acomodados de una ciudad para ver las casas y experimentar, de alguna manera, un modo de vida para ellas vedado. Parecen moverse desde la distancia, sólo por casas vacías, hasta que la madre comete un “error” y termina entrando en una habitada. Una transgresión a partir de la cual la rareza de la situación se revuelve sobre sí misma, llevando la narración hacia un terreno incómodo, con un aire insano que entra en resonancia con las expectativas del lector.

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La misión del Bufón, de Robin Hobb

La misión del BufónLos libros de Robin Hobb pueden resultar intimidantes para quien no está acostumbrado a acercarse a la fantasía heroica que copa los top de ventas. Salvo su opera prima, Aprendiz de asesino, superan irremediablemente las 700 páginas. Esta inclinación por las novelas extensas es una consecuencia de su marchamo personal como narradora y su gusto por relatos donde destacan la ausencia de elipsis y la atención prestada a los pequeños detalles, descritos casi siempre con la minuciosidad reservada a los momentos importantes. Características que pueden poner a prueba la perseverancia de los lectores más templados, tal y como se comprueba durante las 200 primeras páginas de La misión del Bufón.

La novela retoma las desventuras de Traspié Hidalgo Vatídico tras la última entrega de El VatídicoLa búsqueda del asesino, y funciona como inicio de una nueva trilogía situada tres lustros más tarde. Ante este salto, quizás lo más sensato hubiera sido continuar la narración como si se tratara de un volumen más de la autobiografía de Traspié. Sin embargo Hobb se obliga a otorgar carta de naturaleza a los nuevos lectores llegados a su obra. Así, de una manera un tanto fallida, convierte su primer cuarto en un pseudo nuevo comienzo e imbuye al lector en el personaje mediante su vida cotidiana en un lugar apartado de los Seis Ducados; una granja donde emplea sus días haciendo la casa, cuidando a las gallinas, bajando al pueblo a vender los huevos y cazando con su lobo, Ojos de noche. Labores mundanas sobre las que planea la sombra de todo lo vivido a lo largo de su infancia y adolescencia.

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Distintas formas de mirar el agua, de Julio Llamazares

Distintas formas de mirar el aguaHay secuencias tan grabadas a fuego en el recuerdo durante la infancia que siguen volviendo décadas más tarde en los momentos más insospechados. Una de las imágenes de telediario que periódicamente regresa a mi memoria es el desahucio de Riaño. Con el paso de los años no sabría decir qué parte es “real” y cuál una recreación, pero aún recuerdo a la Guardia Civil protegiendo las excavadoras que, una a una, iban destruyendo las casas para evitar el regreso de sus habitantes en las semanas previas a la inundación del valle. Las cuatro o cinco veces que he pasado por Nuevo Riaño, el pueblo construido a la vera del pantano, han servido para potenciar unos recuerdos alimentados por situaciones análogas ocurridas en otros lugares como los alrededores del embalse de Yesa (Ruestas, Esco, Tiermas) o los intentos por ahora fallidos en Vega de Pas y Ayerbe. De ahí que cuando Julio Llamazares publicó su penúltimo libro, centrado en este éxodo forzado, resultara inevitable llegar a él.

La forma impuesta a Distintas formas de mirar el agua condiciona su lectura. Una familia acude al embalse del Porma, en el norte de la provincia de León, a llevar las cenizas de Domingo, el patriarca. Es la manera de satisfacer su última voluntad: reposar en las aguas que anegaron las casas del pequeño pueblo de Ferreras, inundado al igual que otra media docena de localidades del valle. Mientras asisten a la ceremonia, Llamazares se introduce en la mente de cada uno de ellos para alumbrar sus pensamientos. Es ese contenido el que da carta de naturaleza a la obra y, por extensión, al título. La mujer del difunto, sus hijos, sus parejas, sus nietos… se suceden en los diferentes capítulos y abren la puerta a distintas perspectivas sobre su relación mutua y sus raíces en el pueblo desaparecido. Hay recuerdos significativos de los que más tiempo convivieron con Domingo y otros más circunstanciales y nebulosos de los que apenas compartieron momentos puntuales. La hábil yuxtaposición de todos ellos crea una secuencia de imágenes, sentimientos y emociones muchas veces evidente, por previsible, mientras que otras sorprenden por cómo se alejan de los lugares comunes que, en el fondo, es en gran parte una vida.

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Astronautas, de Stanislaw Lem

AstronautasA finales de los años cuarenta, Stanislaw Lem se encontraba en un momento vital complicado. Por un lado, su novela, El hospital de la transfiguración, no recibía luz verde para ser publicada por culpa de una censura que le exigía continuos cambios, y, por el otro, no se decidía a presentar su tesis de licenciatura en medicina para no acabar destinado como recluta forzoso en una guarnición militar de provincias. Así que los problemas económicos acuciaban a un atribulado Lem. Pero haciendo caso a una sugerencia de un amigo del Consejo de Escritores decide pergeñar a toda velocidad una novela de ciencia ficción, escrita con todas las concesiones posibles para pasar la censura sin problemas y que, inesperadamente, cosecharía un enorme éxito que salvaría la carrera y casi la vida de Lem; Astronautas, la novela que Impedimenta, embarcada en la sagrada misión de traducir y publicar todo Lem en castellano, ha lanzado recientemente en una cuidadísima e impecable edición.

Tal y como las circunstancias en las que fue concebida, escrita y publicada sugieren, Astronautas es una novela que ni de lejos alcanza el nivel de las posteriores obras de Lem, es más, a ratos resulta bastante ladrillo por diversas razones. Pero antes de entrar en materia cerremos rápidamente el trámite de contarles el argumento. En un futuro lejano en el que el mundo ha abrazado el socialismo y la humanidad ha derrotado a la peste, la guerra y el hambre, una sonda extraterrestre se estrella en Tunguska. En su interior los científicos descubren un aparatito que ha estado monitorizando a los seres humanos con aviesas intenciones y se determina que su origen es el planeta Venus. Así que como es mejor prevenir que curar, se envía a Venus la nave interplanetaria Cosmócrator tripulada por una expedición de científicos que determinarán el alcance y la dimensión de la amenaza venusiana y harán algo al respecto (si pueden).

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High-Rise, de Ben Wheatley y Amy Jump

High-Rise

El acontecimiento cinematográfico del 2016 que me tenía más culturalmente palote era sin duda alguna el estreno de High-Rise, la adaptación de Rascacielos de J.G. Ballard, novela culminación de la trilogía brutalista precedida por La isla de cemento y Crash. Digo acontecimiento porque los encargados de llevar Rascacielos a la pantalla grande serían el cineasta británico Ben Wheatley y su habitual guionista, Amy Jump, de quienes tengo en alta estima dos de sus películas; Kill List (2011), una extraña reelaboración en clave terrorífica del mito artúrico y el camino del héroe y, sobre todo, la magnífica, divertidísima, retorcida, inteligentísima, demoledora, graciosísima, y todos los -ísimos/as que le quieran añadir; Turistas (2012), que si no la han visto ya no sé que han estado haciendo con sus vidas.

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Challenger, de Guillem López

ChallengerPara el cretino que anida en mi interior resulta tentador acercarse a un libro como éste, con un cúmulo de valoraciones encendidas prácticamente unánimes, con ganas de comprobar cuánto hay de cierto entre tanta palabra grandilocuente y, si se tercia, marcar la diferencia. No hace falta decir cómo. Sin embargo en el caso de Challengerdespués de 100 páginas ya estaba experimentando lo mismo que ha llevado a ese puñado de lectores a apreciarlo tal y como lo han hecho y a preguntarme qué habría sido de él si en lugar de haberse publicado en una colección con una distribución muy limitada hubiera aparecido en algún sello de tamaño mediano que asegurara una mayor difusión. No, no estoy pensando en un hipermegaéxito de ventas, pero sí en algo de visibilidad para un título cuyo alcance parece reservado exclusivamente para lectores muy muy muy metidos en el mundillo.

Challenger es un fix-up de 73 relatos que transcurren el 28 de Enero de 1986 en un intervalo de unas pocas horas alrededor del accidente del Challenger, en su inmensa mayoría en el área metropolitana de Miami. Narrados prácticamente todos en tercera persona, cuentan con un personaje mediante el cuál se observa qué está viviendo en ese momento y, en la medida de lo posible, la posible conexión con alguno de las otros 72 retazos de la obra. Tal acumulación de piezas puede asustar dado su número, su breve extensión, estar en una secuencia aparentemente aleatoria y tener cada uno su propio protagonista “foco”. No hay dramatis personae, ni un mapa de la ciudad, ni una referencia a los vínculos entre ellos más allá de los que el lector acierte a encontrar en su memoria a corto plazo. Afortunadamente Guillem López los sitúa con ingenio y se hace relativamente sencillo interconectarlos.

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NOS4A2, de Joe Hill

nos4a2NOS4A2 es una novela larga, muy larga, y concentra sus rasgos más atractivos durante su primer tercio, justo a la hora de definir a sus dos personajes guía: la antiheroína Vic McQueen y su némesis Charles Manx. Manx recorre el país en su Rolls Royce Espectro en busca de niños aquejados de algún tipo de problema con sus padres. Su objetivo es “liberarlos” para conducirlos hasta Christmasland, una dimensión paralela donde espera sean felices por toda la eternidad. A su vez, Vic dispone de una bicicleta gracias a la cual puede conjurar un puente que le permite desplazarse a cualquier punto del país. Un poder que no entiende, utiliza de manera esporádica para encontrar objetos perdidos, y le causa efectos secundarios en la forma de un malestar directamente proporcional a su tiempo al otro lado del puente.

Joe Hill echa a rodar su historia como un LP triple tocado a 25 revoluciones por minuto. Tras un prólogo situado en 2008 donde presenta a Manx, sostiene NOS4A2 sobre la historia de Vic con muuuuucha calma. Esto le permite abordar su logro más notable: el relato de cómo una niña inocente se topa y convive con lo extraño, su relación con unos padres en conflicto y cómo todo ello modela su carácter. Es durante esa construcción, mientras Hill teje su carácter y sus circunstancias, cuando comienza a percibirse una atmósfera desasosegante alrededor de la pérdida de la inocencia y cómo descarrilan los sueños cuya mayor manifestación es la vida de Vic, a la que vemos madurar y padecer las secuelas de su infancia y adolescencia hasta convertirse en madre.

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