Plop, de Rafael Pinedo

PlopCuando se tradujo La carretera hubo marejada fandomera al son de «¿es para tanto?». A un número significativo de aficionados les parecía una novela del montón, no especialmente entretenida, y el reconocimiento logrado el enésimo ejercicio de adanismo/apropiación por parte de la inteligentsia cultural, equivalente al que acompañó a Nunca me abandones unos años antes y al que seguramente veamos cuando se traduzca Machines Like Me. Más allá de consideraciones personales, la cuestión me atrae sobremanera porque en esa novela McCarthy consuma un aspecto esencial de la ciencia ficción no siempre cuidado: una propuesta estética donde fondo y forma queden íntimamente ligados. La manera en que McCarthy relata el viaje de ese padre y ese hijo, lo que cuenta y muestra, lo que calla y fuerza a imaginar, la cadencia del texto, el efecto de no acotar unos diálogos mínimos, afila la narración del fin del mundo hasta auparla a la categoría de colosal quebrantahuesos. Habiendo escrito esto aquí, sobra decir que me ocurre lo mismo con Plop.

Bastan tres o cuatro capítulos para apreciar la excelsa simbiosis entre fondo y forma en la novela más apreciada de Rafael Pinedo. Desde su primera palabra el autor de Frío y Subte apuesta por una construcción estética que trabaja cada oración hasta ajustarla a un texto lacónico prácticamente desprovisto de adjetivos y adverbios, de frases certeras y verbos elocuentes al describir el sentido de las acciones. Ese discurso reducido a la mínima expresión, que carga las palabras con una polisemia trazada con escuadra y cartabón, donde las relaciones sexuales consentidas o no se mencionan siempre a través del verbo «usar», permite hacerse una idea de la carga detrás de la composición. El estilo se ajusta como un guante a un escenario postapocalíptico donde el mundo natural murió sin posibilidad de resurrección, el lodo, la chatarra y las aguas tóxicas se han convertido en la base del biotopo, y la carencia de empatía y la obediencia ciega son imprescindibles para la supervivencia.

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Sigilo, de Ismael Martínez Biurrun

SigiloEl formato puesto en marcha por Runas para publicar novelas breves me despierta sentimientos encontrados. Me resulta incomprensible para títulos como Agentes de Dreamland o Cada corazón, un umbral. Historias mínimas de lectura más o menos autónoma, en origen editadas en electrónico con un coste muy asequible, parte del sentido de ese formato. La naturaleza episódica de cada una, el precio marcado por una edición en tapa dura en un mercado en comparación más pequeño, me llevan a preguntarme por qué no agruparlas con alguna continuación en un libro más sustancioso. Por contra, también me parece ajustado para obras como Sigilo, una historia independiente de 50000 palabras que, por su extensión, hallaría difícil acomodo en otro volumen rollo colección o antología de relatos. Además, en un espacio de competencia tan supeditada a la relación espacio/beneficio como las estanterías de una librería, depara una visibilidad de la cual carecería en bolsillo, a un precio más reducido.

Sea como fuere, Sigilo supone el regreso de Martínez Biurrun a la historia de fantasmas (heterodoxa). El terreno donde emplazó la magnífica Rojo alma, negro sombra; un lugar ideal para escarbar en el pasado de unos personajes y rendir cuentas con sus miserias, pero marcando las distancias con aquella desde el momento que la perspectiva es aquí radicalmente diferente. Su composición formulaica (encadena tres planos narrativos, presenta cada uno de forma independiente, los vincula, dota a dos de toques de thriller en algún caso un poco forzados…) consuma un relato de suspense directo y contundente sin por ello sacrificar la elegancia intrínseca del autor de Mujer abrazada a un cuervo y El escondite de Grisha.

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Quien teme a la muerte, de Nnedi Okorafor

Quien teme a la muerteLa primacía de EE.UU. y Gran Bretaña en el mercado de las traducciones contrasta con la diversidad en la ciencia ficción y fantasía contemporáneas. Se puede confeccionar un listado muy extenso con los escritores nacidos dentro de sus fronteras y una nítida inquietud por sus raíces culturales, puestas de manifiesto a través de escenarios, argumentos, miradas rebosantes de esa personalidad. Los relatos de Ken Liu y sus novelas de la Dinastía del Diente de León; Aliette de Boddard y sus historias de Xuya; las raíces yorubas de Tade Thomson, parte esencial de Rosalera, son apenas tres ejemplos de una constelación en crecimiento. La editorial Crononauta ha contribuido a esta nueva ola con varias obras de Nnedi Okorafor, escritora nacida en EE.UU. de padres nigerianos, con una clara preocupación por explorar su vínculo con aquel país y, por extensión, los conflictos a los que se ven expuestas las mujeres del África subsahariana. Si no me falla la memoria, en España la conocimos gracias a «Araña, la artista» y en el último año y medio nos han llegado las dos novelas cortas de Binti y Quien tema a la muerte, premio mundial de fantasía a la mejor novela en 2011, recién traducida por Carla Bataller Estruch en una cuidada edición anticipada por la impactante ilustración de cubierta de Joey Hi-Fi.

Onyesonwu, quien teme a la muerte, es una joven nacida después de que su madre, de la etnia okeke, fuera violada por un nuru. El acto, una gota en el océano de una limpieza étnica desoladora, aumenta su crueldad en el caso de haber un embarazo. Las madres y sus bebés, mestizos ewus, son vistos como parias; su propia gente los somete a un desprecio atroz porque se ven como portadores de la violencia de la cual fueron engendrados. Esto lleva a Najeeba, la madre de Onye, a abandonar su comunidad y criar a su hija en el desierto. Este exilio autoimpuesto concluye cuando encuentra en Jwahir un lugar donde rehacer su vida, una población alejada de la zona de influencia nuru y atada a unas costumbres que había dejado de lado. El apego a la tradición se manifiesta cuando a los once años, contra el deseo de su madre y su nueva pareja, Onye se suma a un rito de paso cotidiano que incluye la mutilación genial. Este suceso traumático que limita el ejercicio de su sexualidad desde el despertar de la pubertad, llega aparejado con las primeras evidencias de que Onye es también una eshu; un ser con habilidades mágicas conectadas con las de su padre biológico. Una herencia que la marcará durante su adolescencia y su paso a la edad adulta.

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De sombras y bestias, de Mariela González y Daniel Matas

De sombras y bestiasSoy un recién llegado a los mundos de Fumito Ueda y el Team Ico; entré en ellos a través de The Last Guardian, a bote pronto el juego que más me ha emocionado de la presente generación de consolas. El vínculo entre el jugador y la criatura con la que interactúa en esta aventura, una simbiosis alentada y, en alguna ocasión, puesta a prueba por la propia narrativa, constituye una experiencia digna de ser vivida. Especialmente si se desea probar una mecánica en las antípodas de la mayoría de videojuegos que pueblan unas estanterías dominadas por las macroproducciones de mundos abiertos, la acción, el rol o los simuladores deportivos. Aparte de la remasterización de Shadow of the Colossus, que tengo a medio jugar, necesitaba saber qué había detrás de un diseño tan singular. Así llegué a este libro escrito por Mariela González y Daniel Matas, editado por Héroes de papel.

Como es habitual en este sello especializado en libros sobre videojuegos, De sombras y bestias es un producto cuidado. No sólo en el formato, en el que destacan la tapa dura (a mi modo de ver innecesaria; la lectura en rústica hubiera sido más cómoda), una maquetación que personaliza el diseño de cada capítulo y abundante material gráfico de complemento, con fotografías en color de diverso material relacionado con las producciones del Team Ico. El contenido también sobresale por el esmero en su redacción y la ambición en el estudio.

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Fracasando por placer (III): Ciencia ficción. Selección 27, Bruguera. Enero de 1977

Selección 27

Después de Paco Porrúa y Domingo Santos, sin duda la persona más influyente en el desarrollo de la ciencia ficción en España en los setenta y los ochenta fue Carlo Frabetti. Sobre todo por los 40 volúmenes (en realidad 41, puesto que el último apareció descolgado bajo el título Extraterrestres y otros seres como número 13 de la Colección Naranja) publicados en la colección Libro Amigo de Bruguera bajo el título genérico de «Ciencia ficción. Selección», que escogían material publicado originalmente en The Magazine of Fantasy and Science Fiction. Frabetti dirigió también la primera colección Nova y los primeros volúmenes de la edición de Forum de Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine, además de colaborar con Nueva Dimensión de manera frecuente, ser uno de los guionistas del mítico programa La bola de cristal (sí, uno de los padres de «¡Viva el Mal! ¡Viva el Capital!», un adoctrinamiento tan efectivo que 33 años después tenemos a Vox en el Congreso), y un cuentista no muy prolífico pero bastante interesante.

La única vez que le he visto me lo encontré en un ascensor en la Semana Negra de Gijón. Se puede decir muchas cosas de ese evento, pero una positiva sin duda es que es campo abonado para trabar conversaciones casuales. Lo intenté, pero el hombre no me dio bola; me pareció que le estaba molestando con cosas que le resultaban lejanas y poco gratas. Es bien cierto que Frabetti fue uno de los enfants terribles de la época, con ese posicionamiento político de extrema izquierda nada oculto, y escasa paciencia para con el aficionado medio tirando a obtuso que debía ser moneda corriente aquellos años. O, dicho de otra forma, puede que quedara aún más harto que yo de todo esto. De manera significativa, en su página de Wikipedia ni se menciona su relación con el género, sólo sus logros como escritor de novela juvenil y su condición de matemático, por la que ha aparecido en numerosos medios presentando pasatiempos y reflexiones ingeniosas.

La verdad es que si hay un tipo de la historia del género en España al que me gustaría entrevistar, aparte del misterioso Enrique Lázaro, sin duda es él. Porque lo que hizo me gusta y me influyó; y porque en gran medida también soy incapaz de explicármelo. Entiendo los criterios que guiaban a Nueva Dimensión, más o menos, y desde luego los gustos que marcaban las decisiones de Santos y Porrúa. Pero ¿cómo hacía Frabetti las antologías «Ciencia ficción»? Tenía a su disposición cientos de números de una revista extraordinaria, quizá la mejor, y entonces ¿por qué publicaba relatos malos de autores desconocidos con tanta frecuencia? ¿Formaban parte de sus gustos, tenía acceso a una cantidad limitada de material original, les cobraban más por reeditar a unos escritores que a otros? En resumen, ¿cuál era el criterio editorial?

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The Long Tomorrow, de Leigh Brackett

The Long TomorrowAparte de Sigue el viento libre, de Leigh Brackett se pueden encontrar traducciones de La espada de Rhiannon, la trilogía de Skaith y algún otro título de su producción más pulp. Mientras, continúa inédita la que se considera su mejor novela de ciencia ficción, The Long Tomorrow, incluida en la colección SF Masterworks y finalista del premio Hugo en 1956; el año que lo ganó una de las obras más flojas de Robert Heinlein. Es necesario recordar, por delante de El fin de la eternidad, lo que atestigua la popularidad del autor de Tropas del espacio por aquel entonces. Y no tengo dudas en añadir que, además de la novela de Asimov, The Long Tomorrow también la supera en todos los aspectos narrativos salvo en esa fluidez (casi siempre) proverbial en Heinlein.

Esta impresión no es óbice para reconocer que leída con seis décadas a sus espaldas, entienda los motivos por los cuales The Long Tomorrow continúa (y continuará) inédita. Brackett construye un relato escaso de acción y repleto de descripciones de un mundo postholocausto nuclear primo hermano del oeste de las grandes praderas y ríos, a mitad de camino entre la historia de iniciación y el western moral (La gran prueba). Su ritmo pausado, el cuidado en el desarrollo del protagonista, su conexión con las ideas fuerza sobre las cuales se asienta el texto, la convierten en arsénico para el público de ciencia ficción contemporáneo, además de situarla en las antípodas de la producción por la cual un puñado de lectores todavía conocen (y aprecian) a Brackett en España. En su mayoría en las antípodas del mercado influencer «tengo un blog y mis notas en Goodreads empiezan en 4 estrellas».

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Crímenes del futuro, de Juan Soto Ivars

Crímenes del futuroDesde que tengo uso de blogs me he preguntado hasta qué punto la realidad política y social se ha visto reflejada en la ciencia ficción española; si ha sido una cuestión relevante en sus distintas épocas y ha emergido a través del escenario, el argumento, los temas de la narración. Hasta hace una década mis impresiones eran más bien negativas, salvo las excepciones de rigor. Tras la reseña de Factbook me dio por hacer una pequeña relación de títulos escritos al calor de la crisis económica y la eclosión del 15M. A bote pronto, el efecto de un conjunto de preocupaciones sistémicas parece evidente; ya sea desde lo apocalíptico (Cenital, Un minuto antes de la oscuridad), lo distópico (Planeta Dónald, Mañana cruzaremos el Ganges, Lágrimas en la lluvia, Nos mienten), o las gamas intermedias (Kuebiko, Muerto el sol). Los títulos de este listado proyectan rasgos de nuestro presente para abordar el agotamiento de los recursos naturales y sus consecuencias, el cuestionamiento de los valores democráticos en pos de una mayor seguridad, el temor al desencadenamiento de una nueva guerra civil o la fragilidad del estado del bienestar. Crímenes del futuro se suma a esta alineación mediante tres historias ligeramente interconectadas donde se manifiestan ecos de esta España camino del primer cuarto del Siglo XXI.

Juan Soto Ivars apuesta por un futuro próximo primo hermano del imaginado por Miguel Martín Echarri en Muerto el sol. El decrecimiento, gestionado desde la desregulación, ha llevado al país a convertirse en una rima de la España de finales del XIX y gran parte del XX. Al menos así la reconozco en un entorno rural gobernado por caciques que, a modo de nuevos señores feudales, mantienen bajo control a unos campesinos cuya mayor aspiración es que sus hijos abandonen las escuelas y acudan a echarles una mano a los cultivos. De este contexto emerge Julia, una niña cuyo talento anima a empujarla en sus estudios. De aprobar un examen estatal, accedería a una beca y podría acudir a la Universidad. En Madrid.

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Quedan los huesos, de Jesmyn Ward

Quedan los huesosEl National Book Award de EE.UU. lleva dos años premiando historias con sólidas raíces fantásticas. A El ferrocarril subterráneo, bastante comentado en el territorio fandom, le sucedió en 2018 La canción de los vivos y los muertos, prácticamente inadvertida en la fandomsfera. Esta novela de Jesmyn Ward publicada por Sexto Piso es especialmente atractiva porque regresa a un lugar narrativo, Bois Sauvage, en el cual Ward ya había situado Quedan los huesos, ganadora del mismo galardón en 2011 y editada en su momento por Siruela. No sabía nada de su existencia y, cartesiano hasta las trancas, decidí leerla antes de La canción de los vivos y los muertos. Aunque no mantienen conexión, cuenta con dos argumentos de peso a su favor: el bagaje personal de la autora en los bayous del Mississippi donde se encuentra el Bois Sauvage y relatar el embate del Katrina sobre las comunidades afroamericanas.

Esch es una adolescente que quedó marcada con la muerte de su madre en su infancia, y vive bajo la influencia de esa ausencia y la pobreza en la que se ha criado. Sus hermanos mayores al menos han encontrado un asidero para afrontar el día a día. El primogénito, Skeetah, se vuelca en su pitbull, China, y en los cachorros que acaba de parir, poseído por el espíritu del cuento de la lechera; sacarlos adelante pueden suponer una venta de muchos cientos de dólares esenciales para la economía familiar. Randall, el segundo, destaca en el equipo de baloncesto del instituto y anhela una oportunidad en algún campus para atraer la atención de ojeadores universitarios. Sin embargo Esch no tiene mucho a lo que aferrarse. Abandonada junto a su hermano pequeño Junior al cuidado de un padre alcohólico, pulula por el Hoyo (la barriada donde vive, literalmente una depresión entre árboles, casas de madera desvencijadas, vehículos abandonados…) sin más propósito que satisfacer a adolescentes que se aprovechan de ella.

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La vida secreta de los bots y otros relatos

La vida secreta de los bots y otros relatosTres lustros lleva Gigamesh regalando un volumen especial por el día del libro en determinadas tiendas. Desde 2003 hemos tenido adelantos, colecciones de relatos, novelas más o menos breves y no ficción. No todo al mismo nivel, claro, pero con una nota media alta, con grandes obras de Harry Harrison, los hermanos Strugatski, Richard Matheson, John Clute, Tim Powers o Roy Lewis. Un campo de nabos sin par. Por lo que cuenta la introducción de La vida secreta de los bots y otros relatos, en los próximos años vendrán libros similares a éste. Antologías seleccionadas de los The Best Fantasy and Science Fiction of The Year, con un puñado de ficciones breves que, si bien no solucionen el mínimo caudal que se traduce, funcionen de sorbito para mitigar un poco la sed.

La jerarquía del título apunta hacia «La vida secreta de los bots» como el plato principal, premio Hugo de 2018 y, curiosamente, el que menos me ha gustado de la antología. Con unos mimbres tradicionales, Suzanne Palmer relata cómo un robot de una generación vetusta es reactivado para retornar al servicio en una desvencijada nave, la última línea de defensa de una Tierra amenazada con la destrucción por un proyectil lanzado por una especie alienígena. Mientras el bot número 9 rastrea un parásito que pone en riesgo la maquinaria, se relaciona con el resto de bots de generaciones más recientes, se adapta a su particular shock del futuro y hace lo posible por obviar a la tripulación, acogotada por su inoperancia, la trascendencia de su misión y una muerte casi segura. En este contexto, el número 9 se convierte en cicerone de un entorno cerrado que representa a un planeta en descomposición en el trámite de recibir el tiro de gracia.

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El director, de David Jiménez

El directorLa atención concitada por El director en los días previos a su lanzamiento fue abrumadora. Los breves vistazos a su contenido, su promesa de dejar al descubierto las presiones sobre la prensa de los poderes político y económico era tan elocuente como el absurdo run run creado por la elite de columnistas proveniente de El Mundo; promotores del enésimo efecto Streisand por ver su labor arrojada a los pies de los caballos. Supuestamente. Durante unos días vertieron improperios contra su antiguo compañero y director mientras aclaraban que el libro en cuestión tampoco era gran cosa, como si ambas posturas fueran conciliables. Y en cierta forma lograron lo que buscaban. Dos meses después de su publicación, El director ha superado los 40.000 ejemplares distribuidos. Y los que vendrán.

¿Qué he encontrado en mi lectura? Ajeno a estas promociones, diatribas y ataques de cuernos, me vi ante un texto bastante alejado a lo anunciado: las memorias de un año en la vida profesional de una persona que no estaba preparada para ejercer la función para la cuál se le había contratado y, entre encendido y lastrado con todo el idealismo de quien ha vivido alejado del poder, se da de bruces contra la realidad de sus dinámicas. La historia de un ejecutivo enfrentado a la crisis de su medio y, creyéndose capaz de cambiar en soledad la inercia de un entorno esclerótico, termina devorado.

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