Luna de lobos, de Ian McDonald

Luna de lobosConstruir un buen culebrón no es moco de pavo. Y el logro se enreda sobremanera cuando, como parte del manejo de la trama y la tensión, se convierte en un elemento esencial la muerte de varios protagonistas. Las resurrecciones imposibles, las milagrosas recuperaciones del coma, las reconstrucciones corporales gracias al transmigrificador molecular, nunca llegan a funcionar tan bien como en el más-allá-de-toda-vergüenza mundo de los superhéroes. Se hace imprescindible sustituir a unos cuantos caídos por figuras que aporten (o no) nuevas cualidades. En la mayoría de las ocasiones te das con un canto en los dientes si se consiguen sosias con mínimas variaciones de los desaparecidos. El marrón indeseado explota cuando las incorporaciones no les llegan a la suela de los zapatos a los fallecidos y te encuentras arrojado al hastío de unos guías que, incluso, te cuesta saber quiénes son si no ponen en práctica las dos o tres características que el escritor se ha encargado de fijar sobre sus maniquíes, etiquetas fundamentales para visibilizar su individualidad.

Durante demasiadas páginas este problema clava sus zarpas sobre Luna de lobos. Después del pirotécnico desenlace de Luna nueva, con la familia Corta al borde de la erradicación tras el ataque de los Harkon… McKenzie, el obligado paso al frente para tomar la alternativa de varios personajes no le sienta nada bien a la trama. Por poner el ejemplo más evidente, el alivio cómico involuntario, Lucasinho Corta, parecía ahogado entre caracteres más dominantes y una irrelevancia entendible dada su edad y su obligado rol secundario. Pues quien albergara esperanzas de que diera un paso al frente seguramente verá cómo sigue atrapado en la telaraña de la frivolidad más risible, tal y como muestra su conflicto estrella de la primera mitad de este volumen: una crisis de pareja porque tenía ganas de que le hicieran una paja (sic). No es el único.

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Contracultura, ¿dónde estás?

Cómo acabar con la contraculturaJordi Costa no es crítico de cine. Es fácil pensar que lo es, teniendo en cuenta sus disecciones, cada viernes por la mañana, en las páginas de El país, pero esas brillantes lecturas que desgrana en la prensa sólo son una pequeña parte de su contribución a la cultura crítica y al ensayismo más lúcido que se escribe en castellano. Autor, entre otras maravillas, de Películas clave del cine de animaciónde Vida mostrenca. Contracultura en el infierno posmoderno, y partícipe, a menudo destacado, en libros colectivos como CT o la cultura de la Transición o Una risa nueva, Costa ha sido una notable influencia en otros autores de la no ficción española –Jordi Carrión lo llamaba maestro en un estado de Facebook– y precursor de algunos de los mejores ensayistas de nuestro tiempo (pienso en Eloy Fernández Porta y Jorge Fernández Gonzalo). Es, además, un hipnótico prosista, afilado y sorprendente. (Atención al uso que hace aquí de la palabra “polinización”). Y, ahora, en su último libro, Costa absorbe las tareas y los talentos del historiador y el analista político para añadirlos a los suyos habituales. Entre otras cosas, ha pensado la cultura española del fin de siglo XX y del cambio al XXI en un contexto político social muy consciente, con sus macabros paralelos con el pasado.

En Cómo acabar con la Contracultura. Una historia subterránea de España, analiza Costa la cultura desplazada, podríamos decir, de la España de los años sesenta en adelante. Empieza con el nacimiento del rock sevillano en los sesenta y el cómic irreverente underground, pasando por el cine entendido “como una piedrecita en el zapato” y las primeras discotecas de Barcelona e Ibiza. ¿Qué tiene cada una de estas manifestaciones de elemento contracultural? Lo que tienen de “impugnación de los discursos dominantes precedentes”. Siempre se es contracultural, como el propio nombre indica, en oposición a algo, y, en el caso de la España en la que se abre paso la Contracultura, se es en oposición al “prejuicio cultural”, como subraya el autor con total pertinencia, pues los mismos prejuicios actúan hoy en otros aspectos de la vida cultural de este país. A través de la Contracultura nos habla a la vez de la cultura, la oficial y propagada por el Estado, y de ese Estado postfranquista –menos post que franquista– al que se opone en sus inicios. Así, establece preocupantes concomitancias con la situación de nuestro Estado actual: la Contracultura se puede entender como una ofensa al gusto extendido, oficial, de las instituciones, a ese gusto que pasaría de ser patrimonio de “la sotana y el atavío militar a la pana (social)demócrata”.

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Todos los pájaros del cielo, de Charlie Jane Anders

Todos los pájaros del cieloCharlie Jane Anders consiguió con su primera novela, Todos los pájaros del cielo, hacerse con dos de los premios literarios de género más importantes el mundo: Locus y Nebula. La historia, que va desgranando la relación de sus protagonistas —una bruja y un científico— desde la infancia hasta la edad adulta, parte de una premisa arriesgada, porque se mueve a caballo entre dos géneros —ciencia ficción y fantasía— en principio antagónicos, a pesar de esa frase de eslogan, “la ciencia y la magia pueden ser las dos caras de una misma moneda”, que reza la contraportada del libro. Y aunque el resultado, en mi opinión, esté más cerca del cuento de hadas que de ninguna otra cosa (por mucho que haya entre sus páginas inteligencias artificiales, tablets hiperevolucionadas y máquinas generadoras de agujero de gusano), el experimento es un éxito debido sobre todo al carisma de sus personajes, el ritmo ágil y una cierta socarronería que parece impregnarlo todo, como si Anders, en el fondo, no esperara que el lector se tomara su obra completamente en serio.

La novela arranca con la presentación de dos niños, Patricia y Laurence, que tienen muchas cosas en común: ambos están inadaptados en el colegio, son incomprendidos por sus familias y tienen capacidades extraordinarias: ella puede hablar con los animales y él consigue construir una máquina del tiempo que le permite viajar dos segundos hacia el futuro. Entre ambos no tarda en surgir una bonita amistad (y soy consciente de lo desgastado que suena ese adjetivo, “bonita”, para calificar una amistad, pero la relación de camaradería que mantienen los dos es realmente cautivadora) que se mantendrá con sus más, sus menos y sus paréntesis, a lo largo de sus vidas.

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Aguas profundas, selección de José María Nebreda

Aguas profundasEl verano pasado me zambullí (guiño, guiño) en Mares tenebrosos, la afamada antología editada por José María Nebreda para Valdemar. Por su selección de autores, la diversidad de narraciones, su calidad, un muestrario de relatos de terror y misterio en el mar imprescindible. En esta línea, Aguas profundas era una apuesta arriesgada. Al continuar la senda marcada por aquel libro, las comparaciones iban a ser inevitables.¿Estaría la galería de nombres a la altura? ¿Conseguiría Nebreda mantener las señas de identidad, variando el menú lo suficiente como para insuflar frescura en su propuesta? ¿Sería capaz de encontrar un nuevo “Al otro lado de la montaña“?

El primer “relato”, una columna del semanal del grupo Vocento escrita por Pérez Reverte, supone una pequeña bofetada en la mejilla. Vale, el creador del Capitán Alatriste habla sobre una supuesta experiencia con un barco fantasma mientras se encontraba en la costa de Tarifa, y la conecta con su bagaje personal sobre este tópico. Un texto anecdótico, que podría haber pasado como una presentación del volumen con mínimos retoques, se incluye como parte esencial en un puesto de privilegio. Me parece una decisión poco afortunada en una antología donde la atmósfera, la descripción de los escenarios, las emociones de los personajes, la pequeñez del hombre frente a la inmensidad del océano, marcan el paso de las páginas. Más cuando, puestos a alejarse del “clasicismo”, se incluyen un par de textos notables que podrían haber ocupado su lugar; sendos cuentos de escritores españoles impresos por primera vez en este libro.

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Maestros del Doom, de David Kushner

Maestros del DoomRecuerdo el momento en que terminé el primer episodio del Wolfenstein 3D. Tras golpearme con la invitación a comprar el paquete completo para jugar a otros episodios (WTF!!!!), volví a empezarlo aumentando el nivel de dificultad. En esta ocasión me costó bastante más llegar hasta el final, aunque el desenlace fue el mismo. Tras releer el mensaje de marras (¿Dónde puñetas consigo eso?), volví a comenzarlo, esta vez en el temible “I am Death incarnate!“. Debe ser el único juego que, después de sudar y desesperarme hasta cotas épicas, he logrado terminar en el nivel “legendario”… tras haberlo hecho ya dos veces en el plazo de un par semanas. Así de fuerte me dio en 1993 aquel título que llevaba la experiencia en un escenario tridimensional a un nuevo nivel. Un par de años más tarde descubrí en casa de un amigo el Doom y me pusieron al día sobre quiénes eran los creadores de ambos: John Romero y John Carmack. Los Maestros del Doom.

La programación de videojuegos para ordenadores personales ha cambiado mucho desde aquellos inicios artesanales de chavales llenos de ilusión aprendiendo los secretos del código máquina en soledad o en colaboración con otro par de zumbados en el cuarto de sus casas, y poniendo a la venta sus productos un poco de la misma manera. Aunque actualmente existe una escena indie potente, de pequeños estudios a imagen y semejanza de los programadores de aquellos juegos de 8 bits, desde hace lustros el cotarro de la expectación lo mueven macroproyectos en los que decenas, sino cientos de personas se involucran con presupuestos de producción cinematográfica. Hace unos días, en Canino publicaban un artículo sobre cómo el paso del juego en 2D al 3D pudo ser el gran responsable de ese cambio de paradigma. Escrito en el año 2003, en Maestros del Doom David Kushner despliega los entresijos de la cooperación entre los dos grandes nombres detrás de Commander Keen, Quake o los mencionados Wolfenstein 3D y Doom. Y una de sus claves es mostrar ese tránsito en una empresa que además de promover el salto sobrevivió al cuello de botella entre ambas estructuras.

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A las puertas de la nada, de Corinne Duyvis

A las puertas de la nadaEn el reciente festival Celsius, además de los nombres esperados (Kameron Hurley, Blake Crouch, Elia Barceló, Becky Chambers…) ha habido una escritora que ha conseguido destacar sobre la media: Corinne Duyvis. Por lo que cuentan los asistentes, quien mejor ha aprovechado la caja de resonancia de presentaciones, mesas redondas y sesiones de firmas. Su participación estuvo sincronizada con la llegada de su primera traducción al castellano: A las puertas de la nada. Una obra juvenil cuya narradora es el gran hallazgo de una novela que, a priori, apuntaba a ser otra historia de “cometa hacia La Tierra y se salva el 0,1%”.

Denise y su madre abandonan su casa para llegar al refugio donde se van a guarecer hasta que escampen las rocas y los maremotos tras la inminente colisión. Su hermana Iris no ha regresado de un viaje fuera del país y no tiene sentido esperarla ni un minuto más. En el trayecto se topan con una familia en problemas y deciden socorrerla, llevándola a su destino. Para su sorpresa, no se trata de un refugio convencional sino de la Nassau, una de las naves generacionales construidas en los años previos cuyo despegue se ha pospuesto hasta después del impacto. En esta secuencia de acontecimientos fortuitos se despliegan los dos grandes “conflictos” guía de A las puertas de la nada. ¿Será capaz Denise de hallar a su hermana en un entorno donde todo está orientado a conseguir poner la Nassau a punto? Y, de paso, ¿lograrán ella y su madre ser incluidas en la tripulación?

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Piercing, de Ryu Murakami

PiercingAnte todo, no confundir a Ryu Murakami con Haruki Mukami. Éste último, por alguna razón del todo inaprensible para mí, es un superventas con un preocupante lado cursi y blandengue. Ryu Murakami, sin ser tampoco, ni mucho menos, un escritor imprescindible, nada tiene que ver con el anterior.

Empezando por sus temas. Piercing es una novela que parece un poco un inventario, una ordenada sucesión de escalas en el descenso a los infiernos del protagonista, Kawashima Masayuki.

Se nos dice, casi desde el principio, que el tal Kawashima debería estar más que contento con la vida. Tiene un buen trabajo, una mujer que le quiere, acaba de ser padre. La mujer, Yoko, además de quererle, le apoya y le comprende, y se dedica a hacer pan casero porque da clases de cocina en casa. El olor a pan recién hecho permanece, quizá de forma abusiva, como un símbolo del hogar que le fue hurtado a Kawashima en su infancia, y que ahora ha recuperado gracias a esa mujer y a esa hija.

Entendemos que tener una familia tiene una gran importancia para él, puesto que pronto sabremos que, abandonados él y su hermano por su padre, Kawashima quedó en manos de su madre, una mujer desquiciada. A los cuatro años empezó a pegarle, a infligirle toda clase de humillaciones y malos tratos.

Pero, un momento, así no es como empieza la novela; Piercing tiene uno de los arranques más desasosegantes que he leído en los últimos tiempos. Es de noche y Kawashima no puede dormir. Está parado ante la cuna donde duerme el bebé de cuatro meses. Pudiera parecer que se trata de uno de esos padres abnegados que se levantan a velar el sueño de sus retoños. Nada más lejos de la realidad. Kawashima, con un punzón de hielo en el bolsillo, sueña con apuñalar con él a la hija. “Cogiendo el punzón ligeramente para temblar lo menos posible, colocó la punta junto a la mejilla de la niña”.

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La ciudad y la ciudad, de China Miéville

La ciudad y la ciudadEste es uno de esos libros en los que anhelo la fortuna de quienes llegaron a él sin tener la más remota idea de su contenido. No por la mandanga esa de las expectativas y las insatisfacciones ante las ilusiones creadas. De verdad de la buena, envidio haberme acercado libre de las ideas previas provenientes de textos de cubierta trasera, reseñas, el tráiler de su adaptación a la tele… Mataría por haber podido descubrir cómo su autor introduce determinados conceptos a través del estilo. Cómo mientras el inspector Tyador Borlú relata sus pesquisas iniciales para resolver un asesinato en la ciudad centroeuropea de Besźel, aparta la mirada y “desvé” las callejuelas, los viandantes, los vehículos de Ul Qoma; la ciudad superpuesta sobre Besźel y cuyo entrelazamiento lo es todo en la novela.

Aun no siendo un McGuffin sensu stricto, desentrañar ese crimen planteado en su primer capítulo durante muchas páginas apenas parece una excusa para desplegar y desarrollar el escenario de La ciudad y la ciudad. La coexistencia de sus ciudadanos en los mismos espacios sin interactuar mutuamente; los mecanismos burocráticos que favorecen la colaboración de Besźel con Ul Quoma; los insólitos yacimientos arqueológicos donde se explora el pasado antes y después del entrelazamiento; las relaciones internacionales de ambas urbes; el pavor a la Brecha, la organización que persigue las irrupciones desde una de las ciudades en la otra… apenas son una parte de las facetas tratadas mientras Borlú cuestiona a los testigos y sospechosos y se da de bruces con los condicionantes de un sistema entre lo absurdo y lo racional.

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Antisolar, de Emilio Bueso

Para muchos de sus lectores y unos cuantos críticos, los textos de Emilio Bueso producen el mismo efecto que un puñetazo en el estómago, un directo al hígado o un gancho a la mandíbula. Con estas frases lo reflejan en sus opiniones y reseñas. Para sus incondicionales, las historias de Bueso son revolucionarias, inesperadas idas de olla, una puta locura; leerlas, dicen, es apostarse el pellejo, jugar a la ruleta rusa y exponerse a una literatura nunca vista. ¿Por qué los libros de Bueso parecen afectar a sus adeptos hasta, por decirlo de algún modo, reventarles la patata? Gran parte de ese efecto, tan contundente como viral, habría que apuntárselo a la imagen que el propio escritor ha ido potenciando en sus discursos, pero la simple propagación por simpatía no es suficiente de por sí para provocar semejante emoción en tal número de personas. Hay algo más, y a poco que se fije, un lector atento podrá encontrar la explicación acudiendo al foco de origen, en novelas como Cenital, Esta noche arderá el cielo o la muy publicitada Transcrepuscular; y de forma más evidente aún, en Antisolar, su continuación. El secreto a voces reside, precisamente, en eso mismo, en la voz narrativa, de la que hablaré al final, después de referirme a una obviedad y acometer un breve análisis.

En una serie lineal como ésta, siempre es más complicado para el critico elaborar un texto largo sobre las continuaciones que sobre el libro que la originó. La materia de la que hablar se reduce, puesto que el escenario, los personajes y la trama ya fueron presentados en el libro anterior y tratados por el reseñador en el análisis que éste dedicó al primer volumen. Le queda entonces, para no repetirse, limitar el estudio a las novedades y a la evolución de lo ya planteado, a valorar cómo se desarrolla lo que quedó en el aire. Para el escritor la restricción es parecida. Sí, ya tiene “hecha” una gran parte del trabajo, pero eso, precisamente, coloca en primer plano su capacidad imaginativa, su pericia para introducir elementos originales que se integren bien con lo anterior y consolidar y hacer avanzar la trama principal mediante un correcto desarrollo de las distintas subtramas, sean estas heredadas o nuevas. El director de cine Juan Antonio Bayona, que acaba de estrenar con éxito Jurassic World 2, decía, hace unos días: “…hay algo gratificante en estas continuaciones y es que en estos episodios es cuando la historia se vuelve más compleja. Es el nudo de la historia. Coges las repercusiones de la parte inicial y las llevas de la forma más compleja posible a la tercera”. Y sin romper la coherencia con el mundo preestablecido, o al menos con cierta continuidad en la historia, apuntaría yo.

En los volúmenes intermedios de una serie, el lector espera que se dé una cierta evolución en la historia sin que cambie del todo el fondo que le sedujo en la primera entrega. Es decir, busca esa complejización y función de puente a la que se refiere el realizador español; tanto la confirmación de los valores que le gustaron en la primera parte como el crecimiento de aquello que los conforman: el escenario, las subtramas, los personajes e incluso el mensaje, que no siempre existe. ¿Qué hay de eso en Antisolar? Digamos que el relato de aventuras se mantiene, que los personajes evolucionan un poco, que las nuevas localizaciones fascinan por igual, que hay menos profundidad de contenido, que se añade poca información a la trama principal y, sobre todo, que la voz del narrador agudiza su presencia.

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Kuebiko, de Miguel Ángel Carmona del Barco

KuebikoLa palabra japonesa Kuebiko describe la impotencia y el agotamiento físico ante episodios de violencia extendida por doquier. Este elocuente motivo explica su elección como título de una novela que sitúa en su punto de mira el drama de los refugiados. Quien valore una lectura en función de su novedad y/o capacidad de sorpresa, es probable que deba guardar distancias. Si se ha leído algún texto acerca de los horrores de la guerra en Yugoslavia, el trato a los republicanos en su exilio francés, la explotación de los inmigrantes españoles en la Alemania de los 60… es fácil hacerse una composición de lugar. Sin embargo Miguel Ángel Carmona del Barco no se limita a reescribir estos y otros capítulos negros de la historia reciente de Europa e integra ese bagaje en un conjunto de cuatro testimonios. El resultado evoca un escenario agónico donde el peso del relato se carga sobre los costes físicos y psicológicos para sus protagonistas.

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